Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

El castellano en Cataluña

Hace unos días, en una jornada sobre redefinición del catalanismo dije -tal vez con mayor contundencia que las veinte veces anteriores- que estoy convencido de que el castellano está en Cataluña para quedarse. Quiero decir que, de cara al futuro, la presencia del castellano en Cataluña no es un accidente de la historia, un hecho coyuntural, sino que de aquí cinco, seis y siete generaciones habrá, como mínimo, catalanes que se comuniquen entre ellos en castellano, escritores catalanes en castellano y probablemente medios de comunicación en castellano. Y que esto se producirá sea cual sea el estatus político que tenga Cataluña: pasaría evidentemente en un Estado de precarias autonomías como el actual, en un difícilmente imaginable Estado plurinacional y plurilingüístico e incluso en la hipótesis -que personalmente no me desagrada- de una Cataluña independiente, con bandera en las Naciones Unidas y en la Unión Europea. El castellano está en Cataluña para quedarse.

Sea cual sea el estatus político de Cataluña, de aquí a cinco, seis y siete generaciones habrá, como mínimo, catalanes que se comuniquen en castellano, escritores catalanes en castellano y probablemente medios de comunicación en castellano

En mi opinión, este horizonte específico para Cataluña se inscribe en otro más amplio en el que existirán cada vez menos espacios monolingües. Las migraciones por un lado, las tecnologías de la información por el otro y, sobre todo, las dos cosas combinadas dibujarán, a mi modo de ver, unas realidades nuevas. Por un lado, existirán comunidades lingüísticas, culturales, religiosas extraterritoriales, unidas por redes virtuales, pero no por ello menos sólidas.

Ya existen ahora. Baste ver las antenas parabólicas que miran hacia Marruecos en muchas casas catalanas o el cine que se consume en las comunidades londinenses de origen paquistaní. En paralelo, como es lógico, dentro de los territorios se producirán realidades lingüísticas, culturales y religiosas discontinuas, y lo que más importará serán las reglas generales del juego en cada territorio, cuál es la lengua -por poner un ejemplo- del espacio público, de la proyección social. Y ahí debe centrar la lengua catalana su combate de futuro.

La afirmación que realizaba sobre el futuro del castellano en Cataluña la hacía desde el nacionalismo catalán. Yo creo que el nacionalismo catalán del futuro debe, por una parte, asumir y aprovechar en lo que pueda esta segura persistencia del castellano. Y, además y sobre todo, el nacionalismo lingüístico catalán debe crear las condiciones para que el catalán esté aquí también para siempre como una lengua viva. Las condiciones que, desde la perspectiva y los objetivos políticos del nacionalismo lingüístico, tengan garantizada como mínimo la supervivencia y como máximo la prioridad social.

Y aquí sí que ya no es indiferente el estatus futuro de Cataluña. La independencia, pongamos por caso, no significaría la desaparición del castellano. Pero un mayor poder político y unas políticas favorables son imprescindibles para el mantenimiento del catalán.

No sólo el poder político. El nacionalismo, que debe crear las condiciones para la pervivencia del catalán, debe generar otros mecanismos y otras situaciones, en las que no siempre hemos conseguido avanzar lo que debiéramos. Debe conseguir que toda la población conozca el catalán, igual que el castellano. Éste ha sido el principal objetivo de los últimos años, y era lógico. Debe velar por el uso social. Pero debe velar también por el prestigio. Prestigio social, naturalmente: que el catalán sea visto como un instrumento necesario de promoción social. Pero también prestigio cultural. Y aquí hay un trabajo muy importante que hacer. Pero todo eso al lado de un castellano que continuará siendo fuerte, que tendrá como referencia una cultura importante y prestigiosa y que no es un accidente pasajero de la historia catalana.

Curiosamente, esta afirmación -el castellano está en Cataluña para quedarse- ha sido entendida por algunos como una especie de deserción del nacionalismo por mi parte, como un cambio de filas. Así me lo han comentado algunas personas, incluso de una forma personalmente dolorosa. Me ha sorprendido. Yo creía estar haciendo una afirmación radicalmente nacionalista. Porque el primer objetivo del nacionalista debe ser entender la nación real. Pero tal vez estos reproches ocultaban otra diferencia: no una discusión sobre qué es más o menos nacionalista, sino sobre cómo es la nación. Más exactamente, sobre cuántos y quiénes componen / componemos la nación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de diciembre de 2001