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MI AVENTURA | EL VIAJERO HABITUAL

Descubrir Senegal

TODAS LAS PERSONAS tenemos una larga lista de lugares a los que nos gustaría ir algún día. Senegal no estaba en la mía y nunca se me había ocurrido visitar este país, que sólo conocía por ser la llegada del tan famoso Rally París-Dakar. Navegando por Internet en búsqueda de algo diferente y, por supuesto, a buen precio me topé con la posibilidad de viajar a este desconocido lugar. En tan sólo media hora tomé la decisión. Y en una semana, el tiempo justo para ponerme las vacunas, volaba hacia Dakar.

Los que conocen Senegal lo definen como la sonrisa de África; quienes lo hacen con más profundidad dicen de él que es el país de la teranga, que en lengua wolof quiere decir 'de la hospitalidad'. Como mis conocimientos de wolof eran nulos, tomé tierra en Dakar con una cierta inquietud, matizada con un toque de espíritu aventurero.

Recorrí el país en un camión del ejército reconvertido, guiada por Demba, que me enseñó a ver la cara amable de lo que me rodeaba. Tuve la oportunidad de convivir con los peules, un pueblo nómada, y de charlar con el jefe de una aldea en su choza; de flotar en las aguas saladas del lago Rosa, una especie de mar Muerto, y de aprender la dureza del trabajo de los que vienen de arrancar la sal de sus aguas. Conocí el puente de San Luis, diseñado por Eiffel, y quedé prendada de la belleza de la isla de Fadiouth, conocida como isla de las Conchas, donde la tolerancia característica del país se extiende aquí hasta el cementerio compartido por católicos y musulmanes. Más de 1.000 kilómetros de paisaje lleno de baobabs y tamarindos, de sabana y de niños que surgían de repente en los lugares más desiertos del camino, cuando el camión se detenía.

Y como final de viaje, la isla de Gorée. Desde Dakar se toma el barco que en 20 minutos recorre los tres kilómetros que las separan. Gorée fue durante casi tres siglos punto de partida sin retorno para los esclavos negros que surtían de mano de obra las grandes haciendas de allende los mares. Un niño negro con todos sus dientes se pagaba con un espejo, mientras que a las mujeres se las valoraba en función de sus pechos y su virginidad. Un hombre debía pesar al menos 60 kilos; si no, se le cebaba.

Gorée fue declarado patrimonio universal de la humanidad en 1971. Toda la isla, y en especial la Casa de los Esclavos, rezuma una energía especial, mezcla de un dolor y una impotencia sólo acolchados por la belleza del entorno y las sonrisas de sus habitantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de diciembre de 2001