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El misterio de los caballos calcinados

El padre de un rejoneador contrató sicarios para matar a los animales de un competidor, pero se confundieron y quemaron los de Domecq

Si nadie tenía nada contra los Domecq, ¿quién y por qué prendió fuego a sus caballos? El teniente se hacía una y otra vez la misma pregunta, sabedor de que no hay asunto más difícil de resolver que un crimen sin móvil. Sobre la mesa de su despacho, barajadas como un mazo de cartas, estaban las fotografías de los seis caballos muertos y los cuatro heridos el sábado 2 de junio a las afueras de Madrid.

Aquella noche, amparados en la oscuridad de un bar de carretera, unos desconocidos se acercaron al remolque de los hermanos Antonio y Luis Domecq, que regresaban a Jerez después de haber rejoneado esa misma tarde en Madrid, y arrojaron dos botellas incendiarias.

El estruendo hizo salir a todos los clientes del bar, situado en el kilómetro 57 de la carretera de Andalucía, y lo que contemplaron y escucharon no se les olvidará nunca. Las llamas se escapaban por las claraboyas del camión de los caballos, que relinchaban como locos en su interior. Aunque enseguida los mozos abrieron el portón, sólo dos de los 12 animales consiguieron escapar sin quemaduras de importancia.

Uno murió en el acto -el artefacto incendiario le cayó entre las patas-, otros cinco fueron muriendo los días siguientes entre dolores sin remedio y cuatro más quedaron gravemente heridos, inútiles para el rejoneo, desfigurada su estampa.

El teniente de la Guardia Civil se pasó tres meses reflexionando sobre la falta de móvil -si nadie tenía nada contra los Domecq...- y barajando los retratos de los caballos hasta que entendió que en la pregunta estaba la respuesta: nadie tenía nada contra los Domecq.

Y entonces, ¿a quién buscaban los sicarios?

El mundo del toro es circular como una plaza, todos se conocen de tanto verse festejo tras festejo, unos sentados enfrente de los otros. Quizás sólo por eso, o por algo más, Álvaro Domecq -tío de los rejoneadores atacados y uno de los patriarcas de la familia de Jerez- hizo una escueta declaración que ahora cobra sentido: "No sabemos quién ha podido hacernos una cosa así. Debe tratarse de una equivocación".

El teniente tomó nota. La investigación empezó a correr en cuanto, junto a las fotografías de los caballos, se empezó a barajar la hipótesis de que el atentado podía haber sido una equivocación. Fue entonces -finales del mes de agosto- cuando alguien recordó que, días antes del atentado, una pareja de la Guardia Civil había detenido e identificado a dos individuos que merodeaban por los alrededores de la finca que el rejoneador Sergio Galán posee en Tarancón, provincia de Cuenca:

-Alto. ¿Qué están haciendo ustedes por aquí?

-Buscamos trabajo en la finca. Nosotros entendemos de caballos.

-De caballos... Venga la documentación.

Aquel incidente sin importancia se convirtió en la pieza principal de la investigación. El teniente mandó buscar a aquellos dos jóvenes y les interrogó largamente. Uno de ellos, H. A. Z. G., de 17 años y nacionalidad colombiana, era un prenda de cuidado. Y su madre, también. La mujer, de 33 años, era vieja conocida en los ambientes de la prostitución y la droga, visitadora frecuente de distintos penales.

El teniente, atado a su pista como a un clavo ardiendo, preguntó a la mujer por sus amistades. Y entonces fue cuando salió el nombre de un tal Callejón, padre de un joven rejoneador de Madrid.

-Sí, -dice por fin el teniente- ahí estaba la clave. La mujer y su hijo habían sido contratados para atentar contra los caballos de Sergio Galán. Ya lo intentaron cuando fueron sorprendidos junto a la finca de Tarancón, pero no alcanzaron su objetivo porque los caballos estaban ese día en Badajoz. Así que el móvil no parece ser otro que eliminar competencia. Dejar libre el camino de un rejoneador matando o dejando inútiles los caballos de otro. Lo que ya está muy claro es que no iban a por los Domecq.

Explicar la equivocación no es tan difícil. La tarde del 2 de junio se toreaba en la plaza de Las Ventas una corrida de abono. El tendido estaba lleno. Y allí abajo, sobre el ruedo, los hermanos Domecq y... Sergio Galán. Los asesinos de caballos esperaron a que terminara el festejo y luego, apostados en la puerta del coso, siguieron al camión de los Domecq creyendo que era el de Galán.

Ahora, una vez resuelto el misterio del crimen sin móvil, al teniente de la Guardia Civil y a sus compañeros aún les queda una duda. ¿Cómo pudieron los delincuentes a sueldo cometer un error tan garrafal, siguiendo durante más de una hora al camión equivocado?

A lo mejor la respuesta se llama Jabato. Ése era el nombre de uno de los malogrados caballos de los Domecq. Y así, Jabato, se llama también un anglo árabe de Sergio Galán. Los delincuentes, aquella noche, siguieron y mataron al caballo equivocado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de noviembre de 2001