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Reportaje:CONFLICTO DIPLOMÁTICO

El escollo del Sáhara

Por más que hurgan en su memoria los diplomáticos que abrieron el lunes la nota verbal que envió al Ministerio de Asuntos Exteriores el embajador marroquí, Abdesalam Baraka, antes de abandonar Madrid, no recuerdan nada parecido. La comunicación, que es en realidad escrita, anunciaba su llamada a consultas, pero no informaba de los motivos. Marruecos protestaba mediante una decisión sin precedentes en la historia de sus relaciones con España, pero no se sabía por qué. Esta ausencia de explicación es insólita en los hábitos diplomáticos.

Tres días después de que Baraka saliese de España se ha empezado a entender por qué la nota era tan escueta. Si hubiese recogido todos los motivos de queja, sería uno de los documentos más largos de la historia diplomática. En su intervención ante el Parlamento, el pasado miércoles, el ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Mohamed Benaissa, formuló nada menos que ocho reproches a España.

Benaissa recriminó a España su postura 'desenfocada y contradictoria ante nuestra causa nacional sagrada, que no coincide con la de los países de la UE'

A finales de este mes la ONU debería volver a pronunciarse sobre si desempolva el referéndum o autoriza a Baker a ahondar en su plan autonómico

Las quejas, que abarcan desde las amenazas del presidente José María Aznar tras el fracaso de la negociación pesquera hasta las críticas de la prensa española, eran todas conocidas por haber sido enunciadas en los meses anteriores. Sólo había una nueva y algo más reciente: el Sáhara. Benaissa recriminó a España su postura 'desenfocada y contradictoria ante nuestra causa nacional sagrada, que no coincide en absoluto con la de los países de la Unión Europea y con los esfuerzos desarrollados con la comunidad internacional'.

Apoyo a la ONU'

España no ha cambiado de postura, ni tampoco la UE', ha repetido desde entonces hasta la saciedad el ministro Josep Piqué. Hasta ahora, los sucesivos Gobiernos españoles habían sorteado las tensiones con Rabat a propósito del Sáhara agazapándose entre sus socios de la UE y reiterando una y otra vez que respaldaban a la ONU y a su secretario general, Kofi Annan. Pero ahora esa prudencia ya no basta.

Rabat cree que, por primera vez desde que hace 26 años se produjo la descolonización, tiene al alcance de la mano la solución al conflicto y el reconocimiento internacional de su soberanía sobre el territorio. Prueba de ello es que en la entrevista que concedió en septiembre al diario francés Le Figaro el rey Mohamed VI no dudó en afirmar: 'He solucionado la cuestión del Sáhara (...)'.

Marruecos no ha resuelto el contencioso, pero ha marcado algunos puntos desde que a finales de junio el Consejo de Seguridad de la ONU asumió en parte una propuesta de Annan y de su emisario para el Sáhara, el norteamericano James Baker, consistente en aparcar durante cinco meses el proyecto de referéndum de autodeterminación y estudiar la concesión al Sáhara de una autonomía en el marco del reino alauí.

Pese a los intentos de Baker, Argelia y el Polisario se resisten a tomar en consideración esta opción. Y el tiempo apremia. A finales de este mes Naciones Unidas debería volver a pronunciarse sobre si desempolva el referéndum, y sigue adelante con la puesta a punto del censo de votantes, o autoriza a Baker a ahondar en su plan autonómico.

En este tira y afloja diplomático, Francia ha sido el único aliado de peso de Marruecos, según fuentes diplomáticas españolas. La última vez que París se batió el cobre por Rabat fue a principios del mes pasado, cuando propuso, al margen de los trabajos de la comisión de descolonización de la ONU, modificar ligeramente la posición de la UE sobre el Sáhara para hacer más hincapié en el apoyo a la autonomía en detrimento del referéndum.

El representante español, un diplomático a las órdenes del embajador Inocencio Arias, apenas abrió la boca, mientras otros socios, Irlanda y los nórdicos, argumentaron que la postura comunitaria no debía sufrir variaciones. Francia se quedó sola. 'Los marroquíes hubiesen querido que nos alineáramos con París', reconoce un alto cargo español.

Pero esta minucia diplomática y el catálogo de fechorías españolas esgrimido por Benaissa ante el Parlamento no explican por sí solos la drástica iniciativa tomada el viernes 26 de octubre por un monarca que en la entrevista a Le Figaro se describía a sí mismo como 'impulsivo'.

En esas fechas había nervios en el palacio real por la inminente publicación en Francia de un libro, El último rey, crítico con la monarquía alauí y por lo que aparentaba ser un encontronazo entre el general Hamidu Laanigri, el jefe de los servicios secretos (DST), y Mulay Hicham, el primo hermano del soberano. El príncipe puso fin la semana pasada a dos años de enfado con Mohamed VI para pedirle su intervención en el conflicto poniendo fin al acoso al que le someten los espías.

Más allá de estos episodios, el régimen marroquí, como el de otros tantos países musulmanes moderados, vive en una situación incómoda desde el 11 de septiembre. Rabat expresa su respaldo diplomático a Estados Unidos, mientras un 90% de los marroquíes rechaza, según un sondeo, los bombardeos sobre Afganistán, y un 91% considera al presidente George Bush un hombre 'malo'.

Manifestación prohibida

El conjunto de los movimientos islamistas ha solicitado además en dos ocasiones poder manifestarse en la capital contra la 'agresión' norteamericana, pero les ha sido denegado el permiso. El Ministerio del Interior le sugirió congregarse en algún local cerrado y evitar así dar visibilidad a la protesta. Hasta ahora han acatado la prohibición, pero está por ver si respetarán una tercera interdicción. En España algunos se preguntan si el régimen marroquí no habrá querido distraer la atención de la opinión pública desencadenando una guerra diplomática con su vecino del Norte. Caso de ser así, han acertado, porque la guerra en Afganistán alterna ahora en las portadas de los periódicos con la disputa con España.

Hace diez años, durante la guerra del Golfo, una marea humana de islamistas acompañados por militantes de izquierdas inundó las calles de Rabat para protestar contra el ataque a Irak. Desfilaron con el beneplácito de Hassan II y de su todopoderoso ministro del Interior, Driss Basri.

No hubo incidentes, a pesar de que Marruecos había enviado entonces a un contingente militar a la península Arábiga para apoyar a Estados Unidos. La monarquía alauí debía entonces sentirse lo suficientemente fuerte para permitir este tipo de manifestaciones.

El sospechoso papel del 'lobby' francés

JOSEP PIQUÉ, el ministro español de Asuntos Exteriores, cogió el lunes por el brazo a su homólogo francés, Hubert Vedrine, y le pidió que Francia ayudase a apaciguar los ánimos en Rabat. Durante un breve aparte, al margen de una reunión comunitaria en Luxemburgo, Piqué le transmitió su sospecha de que el embajador francés en Rabat, Michel de Bonnecorse, podía echar algo de leña al fuego del contencioso hispano-marroquí. Pelearse con España lleva aparejado en Marruecos estrechar lazos con Francia. De Bonnecorse es un diplomático amigo del presidente Jacques Chirac, y su sucesora al frente de la embajada, Catherine Colonna, la actual portavoz del jefe del Estado francés, será presumiblemente su sucesora al frente de la representación diplomática. En la entrevista concedida por Mohamed VI en septiembre al diario parisino Le Figaro no fueron tanto las críticas a España lo que más molestó a la diplomacia española, sino los elogios a Francia que el monarca expresaba justo después de haber arremetido contra las autoridades españolas. Tras resaltar que las mafias españolas que trafican con emigrantes son 'más ricas que las marroquíes', el soberano destacaba la gran 'afinidad cultural, social y humana' entre Marruecos y Francia. '(...) cuento con Francia para que sea nuestro abogado ante la Unión Europea', concluía. Aquella entrevista fue retocada antes de ser publicada, según fuentes periodísticas, por André Azulay, un consejero real que ha vivido 25 años en París y posee además, junto con la marroquí, la nacionalidad francesa. Algunos de sus interlocutores españoles le consideran como el principal valedor de los intereses franceses en palacio y el cabeza de fila del lobby profrancés. Él lo niega e insiste en que sólo trabaja para un país: Marruecos. 'Francia teme ser excluida de Marruecos por España y, más aún, por EE UU', escribe el periodista del diario Le Monde Jean-Pierre Tuquoi en su libro El último rey, publicado en París el miércoles. 'Madrid tiene a su favor la cercanía geográfica, y EE UU, el poderío económico y la atracción que ejerce su modelo (...)'. Pese a ser el segundo socio de Marruecos, España está aún lejos de Francia por su peso económico y, sobre todo, político en el reino marroquí. Las élites de Casablanca y Rabat sólo tienen ojos para París, y a veces no son del todo conscientes del enorme cambio que ha experimentado España en los últimos 25 años. Paralalemente, sin embargo, la apuesta de los operadores económicos españoles por Marruecos ha sido también limitada, en absoluto comparable a la que han hecho estos últimos años en América Latina. Si se exceptúa Telefónica, sólo las pequeñas y medianas empresas, y no las multinacionales españolas, han invertido al otro lado del Estrecho. El comercio, en cambio, va viento en popa, sobre todo para España, que logra un gran superávit.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de noviembre de 2001

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