Crítica:Crítica
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Memorias de guerra y olvidos compartidos

A comienzos de 1937, en plena guerra civil, llegaron a manos de Franco los originales manuscritos de los diarios de Manuel Azaña correspondientes a 1932 y 1933, que habían sido robados por un funcionario del Consulado español en Ginebra. Temeroso del uso que la propaganda franquista pudiera hacer del manuscrito, el presidente de la República planteó la posibilidad de canjearlo por el escritor falangista Rafael Sánchez Mazas, detenido cuando intentaba pasar a Francia por Cataluña. La propuesta de Azaña fue considerada un despropósito por sus ministros, que encontraban absurdo que, en lugar de rescatar la vida de algún republicano en manos de los facciosos, se diera prioridad a la recuperación de unos cuadernos. El dilema fue vivido con particular angustia por el ministro de Gobernación, Julián Zugazagoitia, porque, como escribiría en sus propias memorias, Sánchez Mazas era 'mi amigo' y su suerte 'no me era indiferente'. Finalmente se decidió proponer el canje de Sánchez Mazas por el periodista socialista Federico Angulo, que se encontraba preso en la cárcel de Larrínaga, en Bilbao. Las negociaciones fracasaron (o tal vez no llegaron a establecerse) y, tres años después, como anota Zugazagoitia, Angulo había sido fusilado mientras que el escritor se sentaba en el Consejo de Ministros de Franco tras 'una peripecia que le expuso a no ser'.

GUERRA Y VICISITUDES DE LOS ESPAÑOLES

Julián Zugazagoitia Prólogo de Santos Juliá Notas de J. M. Villarías Zugazagoitia Tusquets. Barcelona, 2001 648 páginas. 3.900 pesetas

Además de dejar su testimonio, Zugazagoitia, que no sabía que pronto sería fusilado, quiso hacer de sus memorias un alegato a favor de la reconciliación

Esa peripecia es la que cuenta Javier Cercas en Soldados de Salamina: el fusilamiento fallido, la huida por el bosque, el pase a la zona franquista, su nombramiento como ministro sin cartera. Poco después de acabar sus memorias, el 27 de julio de 1940, Zugazagoitia era detenido en París por la Gestapo y entregado a las autoridades del nuevo régimen español. Juzgado en consejo de guerra, pide que comparezcan como testigos, alegando las gestiones que había hecho en su favor, los escritores Sánchez Mazas y Wenceslao Fernández Flórez. Compareció el segundo, pero no el amigo convertido en ministro. Zugazagoitia fue condenado y fusilado.

Nacido casi con el siglo en el barrio obrero de Bilbao La Vieja, hijo de un metalúrgico de UGT, concejal del PSOE y encargado de la cooperativa socialista, la biografía de Julián Zugazagoitia Mendieta se confunde con la del partido de Pablo Iglesias, al que se adhirió en su adolescencia. Director de La Lucha de Clases a los 21 años, a los 33 lo fue de El Socialista, ya en el periodo republicano. Antes había sido redactor de ese diario, donde firmaba una sección titulada Asteriscos (su paisano Sánchez Mazas firmaría años después sus artículos en Abc con tres asteriscos en lugar de su nombre). Desterrado en Santoña por la dictadura de Primo de Rivera, se inició como autor de biografías ejemplares (Meabe, Iglesias) y de novelas sociales. En una documentada introducción que justificaría por sí sola esta reedición, Santos Juliá señala como una característica del realismo narrativo de Zugazagoitia la presentación como personajes de ficción de sujetos reales escondidos tras otro nombre, y la introducción de sujetos reales, con su nombre verdadero (Indalecio Prieto), en relatos de ficción.

Aunque él siempre se consideró ante todo periodista, la guerra y las vicisitudes de su partido lo llevaron en 1937 al Consejo de Ministros como titular de Gobernación. Desde esa responsabilidad fue grande su empeño, muchas veces en inteligencia con el ministro de Justicia, el nacionalista Manuel Irujo, en humanizar la guerra, y especialmente en evitar fusilamientos mediante intercambio de prisioneros. Así lo reconocería, bien que con 40 años de retraso, en sus memorias, el cuñado del caudillo y ministro de Exteriores del régimen, Ramón Serrano Suñer, precisamente la persona que instó a las autoridades de la Francia ocupada a desplegar la redada en la que cayó Zugazagoitia.

Los meses anteriores los había pasado redactando estas memorias por encargo de una editorial argentina. Se trata de una reconstrucción, sobre la base de notas tomadas al día, de los tres años de guerra. Trabajo no de historiador, dice en el prólogo, sino para los historiadores: con material de primera mano para su elaboración posterior. Esa (teórica) limitación de horizontes no impide considerar a estas memorias -las primeras de su género en ver la luz- entre las de más interés que se hayan publicado nunca sobre la guerra civil, y tal vez el libro más emotivo sobre ese periodo.

La falta de pretensiones favorece la exactitud, pero no se trata de un mero inventario de hechos, a lo Fraga, sino de la narración de un testigo o de alguien que conoce y ha oído en directo la narración de los protagonistas. La impotencia del socialismo, por efecto de sus divisiones internas, para detener la dinámica que conduciría a la guerra civil es el punto de partida del relato y elemento central de su desarrollo. La negativa del PSOE a integrarse en el primer Gobierno del Frente Popular, el menosprecio por la fuerza del centro y la derecha (pese a que habían tenido más votos, aunque menos escaños, que el Frente Popular, como ha demostrado Josep Maria Colomer), la ceguera dogmática del sector radical (Largo Caballero, Araquistain), la ruptura final entre Prieto y Negrín -buscar una mediación para terminar la guerra o prolongarla hasta que se iniciase la Segunda Mundial- son problemas políticos que Zugazagoitia vivió en primera fila, como director de El Socialista hasta mayo de 1937, como ministro de la Gobernación hasta abril de 1938 y como secretario general de Defensa en el último año de guerra.

Pero las memorias recogen también la percepción personal de episodios como el asesinato de Calvo Sotelo, impresionante relato; la caída de Bilbao, vista desde un Gobierno en el que cinco ministros eran diputados por esa ciudad, y la casi inmediata rendición de los batallones nacionalistas en Santoña; los dilemas morales de Prieto ante la posibilidad de bombardear a los asistentes en Pamplona -entre ellos, Franco- al funeral de Mola; el asesinato de Andreu Nin, a propósito de cuyos autores anota su opinión de que 'los más crueles coinciden en ser los más cobardes'; la angustia de José Prat ante la perspectiva de ser nombrado ministro de Justicia, del que dependían los expedientes de pena de muerte.

Además de dejar su testimonio, Zugazagoitia, que no podía saber que pronto sería fusilado, quiso hacer de sus memorias un alegato a favor de la reconciliación. Algo insólito en 1940 y desde el lado de los vencidos. En su prólogo cita la advertencia de Unamuno en las Constituyentes: 'Llegará un día en que nos asesinemos con la quijada de un asno', y aboga por interrumpir ese destino cainita, evitando transmitir a las generaciones siguientes 'un legado de odio'. De acuerdo con ese propósito, el libro evita el tono militante -él lo había sido en grado sumo-, y también el aire mezquino y rencoroso de los ajustes de cuentas. No se justifica, pero tampoco disimula los errores propios. Había escrito comentarios y artículos editoriales muy radicales, de acuerdo con la línea del partido, tras la victoria de las derechas en 1933, pero desde El Socialista, primero, y desde el Gobierno, más tarde, siempre pidió respeto para la vida de los del otro campo y condenó los crímenes del propio. Y abogó más que nadie por la recomposición de la unidad socialista. De todo ello deja constancia en sus memorias este 'vasco taciturno', como lo llamó Azaña. Él prefería verse, según dejó escrito, como 'un hombre moral'. Y ésa es la imagen que se trasparenta en este libro.

Vacíos y vicisitudes

DESDE HACE como un año, ya tiene calle en Bilbao Tomás Meabe, lo que prueba el talante liberal de su actual alcalde, pero todavía espera ese reconocimiento su seguidor más fiel, el periodista, escritor y político socialista Julián Zugazagoitia, cuya memoria sólo muy recientemente está siendo rescatada del olvido. Todavía en 1976, en el prólogo a la reimpresión por Akal de su biografía de Pablo Iglesias, Juan Pablo Fusi confesaba que no le había sido posible averiguar la fecha de nacimiento del autor. Más audaz, Ricardo de la Cierva había indicado la de 1893, con una desviación de seis años. La edición que aparece ahora incluye, además del prólogo de Santos Juliá, el de Roberto Mesa para la segunda edición de la obra, publicada en 1968 por la Librairie Espagnole, de París. La primera apareció en 1940, en Buenos Aires, con el sello de ediciones La Vanguardia y bajo el título de Historia de la guerra en España. Estaba previsto que la obra se publicara también en Francia, pero el original fue secuestrado, junto con su autor, por la Gestapo en julio de 1940. Hay otra edición de Crítica (Barcelona, 1977), con prólogo de Francisco Bustelo. En la que ahora publica Tusquets se incluye un apéndice de J. M. Villarías Zugazagoitia, sobrino-nieto del escritor bilbaíno y autor de una tesis sobre su obra literaria, con breves apuntes biográficos de muchos de los personajes citados en la obra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 26 de octubre de 2001.

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