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Tribuna:REDEFINIR CATALUÑA

Las virtudes de la moción

¿Vamos a hablar claro? No nos fiábamos un pelo de esta moción tan largamente anunciada, tan débilmente argumentada y tan parecida a una de esas ideas autogestionarias que de vez en cuando le nacen a Maragall para regocijo de pocos y desconcierto de muchos. A pesar de ser partidaria de la genialidad en política, mucho más fiable que la pura perfección de la mediocridad, es cierto que Pasqual, de vez en cuando, nos da un susto. Y esto se parecía muy mucho a un susto, con un añadido inquietante: era un susto larvado en meses de dudas razonables. Por ello lo que ha pasado resulta doblemente gratificante: a la mucha gasolina política utilizada hay que añadir la recuperada tranquilidad del alma. Ni susto, ni metafísica, ni retórica publicitaria, ni parque de atracciones, ni nada parecido a la política virtual que a menudo es la política. La moción de censura ha sido alto voltaje parlamentario, y no por ninguna dialéctica jabalí utilizada, sino por la tormenta de ideas que ha inundado la tranquila balsa catalana. Como si Cataluña existiera de vez en cuando. O mejor aún, como si nuestro Parlament recordara que Cataluña aún existe. En el decálogo de virtudes de esta iniciativa que señalaré en mi artículo subrayo, pues, la primera: Maragall ha conseguido, con su moción, devolver la política a la política.

'Artur Mas ha crecido como líder interior -se ha consolidado entre los suyos-, mientras que Pasqual Maragall ha crecido sencillamente como líder'

Pero hay más, y de ahí mi público regocijo, rescatado del baúl de los recuerdos casi de milagro. Preguntado el susodicho por una servidora sobre el motivo central de esta moción, me dijo: 'Esto va para abajo, se está deteriorando por momentos y algún día Cataluña me habría recriminado no haber intentado parar el deterioro'. Segunda virtud: la moción nacía de una preocupación real y profunda -preocupación de político- por la situación de empobrecimiento cultural, económico y social que significa este lento y agónico final de régimen. Y se notó. Se notó con contundencia que la causa era ésa y que por ello no había tiempo de perderse en artilugios retóricos ni en complacientes esgrimas dialécticos muy al uso. En eso cayó, creo, Artur Mas. En eso no cayó, creo, Maragall. Por decirlo con gramática nostrada, el candidato va anar per feina y su único objetivo fue nítido: demostrar que estaba preparado para gobernar y que lo suyo no era más de lo mismo. La tercera virtud nace, pues, de esa evidencia que ni sus críticos más acérrimos -los de estómago pagado- se atreven a cuestionar: Maragall ha demostrado tener Cataluña en la cabeza. Es decir, ha pasado de ser un político a ser un estadista. Si convenimos todos que hasta ahora sólo Pujol poseía en propiedad tal calificativo, es evidente que, con la moción, Maragall ha crecido. No así Artur Mas, que ha demostrado lo que ya sabíamos, que es un buen opositor -el suyo fue un discurso de oposición-, pero dista mucho de llegar a la categoría de gobernante. ¿Han crecido los dos? Quizá, pero en dirección distinta. Mas ha crecido como líder interior -se ha consolidado entre los suyos-, mientras que Maragall ha crecido sencillamente como líder. Nunca más serán de recibo los lugares comunes del marujeo político, estilo 'no sabe de qué habla', 'fa volar coloms', 'siempre está aburrido'. El día 17, en el Parlament, el Maragall que parlamentó estrujó Cataluña entre las manos, diseccionó sus problemas, atisbó sus soluciones, se comprometió. Y lo que significa una cuarta y sonora virtud: abrió el Parlament a la gente, lo inundó de comarcas, ciudadanos, problemas. La Cataluña metafísica, hecha de mucha bandera, mucho símbolo y poca territorialidad, desapareció de un plumazo bajo la carga de un proyecto que sonaba serio y sonaba distinto.

¿Es ésta la quinta virtud? Sin duda para mí es la más relevante: en ese discurso había otra Cataluña, otro gobierno para otra Cataluña. A pesar de la displicencia de no atacar a Pujol e incluso de subrayar sus méritos, lo cierto es que Maragall no pareció el relevo del pujolismo (como parecen otros, especialmente los que, de tanta equidistancia, no sabemos si suben o bajan...), sino que dibujó claramente una nueva cultura política. Hasta una nueva gramática política, lo cual es de nota. Hay quien ha dicho que Maragall pujoleó y seguramente en términos de estilo es cierto. El tono, el anecdotario, hasta las formas... Pero los conceptos que latían bajo ese pujoleo formal eran tan antitéticos del pujolismo que su comparación me parece una impertinencia. Para muestra un botón: 'Se habla mucho de la nación en mayúscula, pero no se trabaja para las minúsculas. Sin embargo, sin la nación en minúscula que funcione, Cataluña no es una nación'. ¿Quieren más calado? ¿Quieren menos pujolismo?

Y mucho más, como la virtud escénica que también significó: ese Pujol, ese, ya jubilado, cercano a la oreja de Mas pero rotundamente fuera de plano... O ese mismísimo Mas girando alrededor de un Maragall que no le hacía ni caso... O ese Carod tan esclavo de sus malabarismos que casi se cae de lado... Pero ¿de qué lado? Dependerá de quien pueda ofrecerle consejería... Aunque de todas las virtudes la que demuestra más inteligencia estratégica es el hecho de que Maragall consiguió ser quien marcara el ritmo, el discurso, el tiempo. Hizo de presidente o, lo que es lo mismo, demostró que puede hacer de presidente. ¿Lo haría bien o mal? Lo haría, y lo haría distinto, lo cual es una doble garantía.

Una última virtud, para mí de mucha importancia: Maragall hizo un discurso catalanista. Es decir, comprometió su acción y su persona a un compromiso con Cataluña rotundo, tanto que nadie se atrevió a atacarle por ese flanco. Como mucho el latiguillo de Mas sobre el PSOE, vacunado con sólo recordar los pactos convergentes. Pero lo cierto es que en este país de guardianes de la fe que protegen el santo grial cuatribarrado de botiflers, renegados y traidores varios, Maragall siempre ha padecido una demonización demoledora y sectaria. No digo que no continúen otorgando carnets de buen o mal catalán, y que al lindo de Pasqual le continúe tocando el lado malo, lo que digo es que ello será más injusto, más maniqueo y más perverso que nunca. Su compromiso con el futuro de Cataluña está escrito al dedillo y es francamente inapelable. Además, y rescatando la vieja cuestión, ¿cómo se sirve más a Cataluña: usando la bandera para limpiar todos los barrizales o dejando la bandera tranquila y dedicándose a los ciudadanos? El día en que entendamos que la catalanidad pasa por hablar menos de Cataluña y trabajar más por los catalanes..., ese día enterraremos la Edad Media para entrar de lleno en la modernidad.

Pero la Edad Media continúa con sus cosillas y sus gobiernos. De manera que no nos confundamos: lo vivido esta semana no ha sido la realidad. Sólo ha sido una incursión momentánea en una modernidad que podría llegar si se gana a pulso.

Pilar Rahola es escritora. pilarrahola@hotmail.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de octubre de 2001