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COLUMNA

Fantasma

Antonia entraba cada día a las ocho de la mañana en una de las Torres Gemelas, donde permanecía hasta las cinco de la tarde haciendo números. Sigue viva porque el 11 de septiembre no funcionó el despertador. Todos los días, desde entonces, al levantarse de la cama, se desdobla en dos partes idénticas, aunque una de ellas invisible, y con este cuerpo inmaterial baja a la calle, toma el metro, se apea en la estación de siempre y entra en la torre en la que trabajaba, que ahora es también un espectro frente al que los turistas intentan sacarse las primeras fotos. Cuando enciende el ordenador, el chispazo inicial le recuerda la calidad de un fuego fatuo.

Continúa haciendo números, aunque ahora le salen todos negativos, y a media mañana va al cuarto de baño, donde coincide con los fantasmas de la gente que murió de verdad el día del atentado. Normalmente no hablan del asunto, aunque hay una chica de 20 años que se pasa el tiempo diciendo 'fue horrible, fue horrible' mientras se arranca de la cara pedazos de cristal. Antonia le dice que ya pasó todo, le da un beso y luego sale al pasillo, donde se cruza con hombres y mujeres, unos muertos y otros vivos, pero todos impalpables, entre los que ella intenta distinguir a uno que vio arrojarse al vacío por la televisión mientras digería la perplejidad de continuar viva. Contó los segundos que tardaba en caer y lleva clavado cada uno de esos segundos en los ojos. No está muy segura, pero cree que es un hombre con el que coincidía en el ascensor y que en invierno llevaba un sombrero de fieltro muy parecido al que usaba su padre.

Hay quien, al desaparecer, deja una cicatriz y quien deja un fantasma. Las Torres Gemelas han dejado un fantasma que se eleva sobre una cicatriz. Cada noche, cuando me meto en la cama en Madrid, que es la hora a la que Antonia sale de trabajar en Nueva York, cierro los ojos e imagino a su espíritu volviendo a casa en metro. Su cuerpo le espera en el salón, contemplando obsesivamente la imagen de las Torres ardiendo. Cuando entra en él, Antonia se levanta, apaga la tele y se van a la cama su fantasma y ella tras tomarse un yogur. Suena el teléfono, pero no lo cogen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 5 de octubre de 2001