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Crónica:21ª y última etapa | VUELTA 2001

Casero gana por aplastamiento

Sevilla ya había perdido sus 25 segundos de ventaja en el kilómetro 26 de los 38 de la contrarreloj final en Madrid

Con frialdad, precisión y método, Ángel Casero ganó la Vuelta; con coraje, rabia e infortunio, Óscar Sevilla cedió el último día, los últimos 12 kilómetros, el maillot de líder que tan gallardamente había lucido 12 días. La Vuelta más igualada de los últimos tiempos se resolvió finalmente por aplastamiento. Tres mil kilómetros de igualdad, 12 kilómetros para marcar las distancias. Veinticinco segundos de diferencia entre los dos corredores más regulares durante 20 etapas y tres cuartos, siete llegadas en alto, dos contrarreloj llanas y pico, una cronoescalada... Cuarenta y siete segundos, casi el doble, la diferencia final a favor del valenciano, obtenidos en 12 kilómetros, en territorio urbano, en pleno Madrid, Casa de Campo, Dehesa de la Villa, paseo de la Castellana. A Casero, de 29 años, al final le sobró tiempo.

Sevilla bajaba el cerro de Garabitas. Todavía esprintaba. Aún creía en la batalla psicológica. Pensaba que Casero, el rodador implacable, acabaría cediendo al saber que él, el tímido y educado escalador manchego, tenía fuerzas, rodaba como nunca en su vida. Habían pasado 14 kilómetros. La tercera parte, más o menos, de la contrarreloj. Había perdido sólo cuatro segundos. La sexta parte de lo que podía permitirse para ganar la Vuelta interminable. Bajaba Sevilla y su bicicleta daba botes sobre la estrecha franja de asfalto, sobre las raíces de los pinos que flanquean el camino. La bicicleta botaba y, de repente, Sevilla oyó claramente un crac y su brazo derecho se cayó: el soporte del manillar de triatleta se había roto.

Curiosa ironía: un manillar de triatleta, un artilugio revolucionario por entonces, le permitió a LeMond en 1989 protagonizar la remontada más dolorosa para el ciclismo francés, aquélla que dejó sin Tour a Fignon por 8 segundos en una contrarreloj por los Campos Elíseos. Ese mismo adelanto técnico, ese alargamiento que permite al corredor conseguir una postura aerodinámica de forma cómoda, se le rompió a Sevilla cuando trataba de no ser Fignon por el paseo de la Castellana. 'Entonces me descentré', dijo; 'no podía ir cómodo. También me cabreé'. En aquellos momentos, Sevilla no sólo perdía un apoyo. También veía desteñirse, primero por las puntas, luego más arriba, el maillot amarillo. También empezó a saber que había perdido la batalla psicológica. Casero sabía lo que se hacía.

'Yo ya sabía que Sevilla iba a salir dándolo todo para desmoralizarme. Pero no piqué, la veteranía es un grado', dijo luego el ganador de la Vuelta; 'en ningún momento me estresé. Siempre supe lo que tenía que hacer. Fui frío y calculador. Nunca perdí la confianza en mí'. El que se desmoralizó, el que se hundió, el que vio sus 25 segundos tan trabajosamente logrados diluirse en nada, fue Sevilla. En el kilómetro 17, cuando los falsos llanos ascendientes, los repechos prolongados, el terreno de los rodadores de gran cilindrada, empezaba a asomar, la ventaja de Casero pasó a 11 segundos; 17 en el kilómetro 22; 26 en el 26. El fin. Casero, entonces, se vistió de amarillo de líder. A Sevilla se lo llevó el viento. En Bravo Murillo, interminables kilómetros hacia arriba, Juan Fernández, el frío, se emocionó. 'Tienes la Vuelta ganada, Ángel', dijo por la radio interna el director del Festina a su corredor; 'ahora, vete a por Roberto, pásalo, no le dejes respirar'. Casero, conducido ya por la convicción de que todo era suyo, se lanzó. Dobló a Roberto Heras, que había salido dos minutos antes y veía cómo su compañero Leipheimer le apeaba del podio. Eso no le importaba a Casero. El ganador de la Vuelta sólo pensaba en llegar a la Puerta de Alcalá. Allí, en un gesto inusual en las contrarreloj, levantó los brazos en señal de victoria. Ganó.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de octubre de 2001