Reportaje:

Testimonios del gran éxodo

Han llegado con lo puesto. La ropa, los niños, la vida. Poco más podían llevarse en un viaje tan incierto. Atrás han dejado familiares, amigos y, sobre todo, un país al borde de un nuevo precipicio. Tras 22 años de guerra, los afganos huelen el caos y la violencia. Y no pueden más. 'Hasta ahora, mi familia se cambiaba de lugar para seguir viva. Es la primera vez que nos vamos de Afganistán. Es demasiado duro para seguir aguantando', se lamenta Hamida, una mujer de 57 años que parece una anciana.

Hamida acaba de huir de Afganistán con su marido, Abdelkader Q., de 60 años, y un grupo familiar que, incluidos algunos consuegros, suma 45 personas, entre ellas, una docena de niños. Los Q. (uno de los hijos pide no mencionar su apellido) llegaron a Peshawar (Pakistán) procedentes de Kabul el día 20, tras tres días de viaje y horas de incertidumbre. Hablan en casa de unos parientes, donde provisionalmente se han instalado: una habitación para las mujeres y otra para los hombres.

Las mujeres afganas que llegan 'se quitan el 'burka' y se cubren la cabeza según la costumbre local', dice el propietario de una tienda de venta de chales
Los talibán han amenazado con la ejecución inmediata a quien ose utilizar la red de oficinas de radio de la ONU y los teléfonos satélites de algunas ONG
Los que han pasado a Pakistán se han alojado con parientes, aunque hay noticias de algunos que por falta de medios se han quedado en las montañas

'Teníamos pasaportes y visados, pero la verja estaba cerrada', asegura Ghotai, una de las nueras de Hamida, en referencia al paso fronterizo de Torkham y en contradicción con lo que afirman las autoridades paquistaníes. 'Habíamos oído en la BBC y en la televisión paquistaní que con documentos se podía pasar', añade. ¿No está prohibida la televisión? 'Sí, pero teníamos una escondida en el sótano y la veíamos en secreto por las noches', explica divertida Ghotai, en medio de los gestos cómplices de sus cuñadas. Es la única vez que las mujeres esbozan una sonrisa.

Negocio de contrabandistas

Así que el martes 18, los Q., una familia que en cualquier otro país pertenecería a la clase media acomodada, se subieron a un autobús en Kabul y viajaron hasta Torkham, vía Jalalabad. 'Allí pasamos dos noches, hasta que encontramos a unos contrabandistas que prometieron ayudarnos a cruzar la frontera. Salimos el jueves a las seis de la mañana y atravesamos las montañas a pie; sólo alguno de los ancianos que está más enfermo viajó a lomos de asno', relata Ghotai, señalando a Wahidi, una de las abuelas.

'Alquilar un asno sale muy caro', interrumpe Hamida. Así que no quedó más remedio que andar y que las madres cargaran con los más pequeños. 'Fue muy duro, sobre todo cuando llegamos a un desfiladero muy estrecho; una mujer se desmayó y se le cayó el niño. Menos mal que un hombre pudo rescatarle y todo quedó en un susto', prosigue Ghotai, que debido a su inglés se ha convertido en la portavoz del grupo.

Pero las penalidades no habían terminado. Tras cinco horas de camino, y ya en territorio paquistaní, sus guías les entregaron a unos desconocidos. 'Nos encerraron a las mujeres y a los niños en una habitación y exigieron a los hombres más dinero para trasladarnos en coche a Peshawar', prosigue la mujer en medio de las interrupciones de sus cuñadas, que quieren añadir sus propias experiencias al relato.

Eran las siete de la tarde del jueves y sus nuevos guías querían que pasaran la noche allí. 'El problema son los policías de frontera paquistaníes; de noche te detectan más fácil. Aun así decidimos seguir el viaje dando un rodeo para evitar el puesto militar de Ali Masjid. Los contrabandistas nos dijeron que nos quitáramos los burkas y que los niños debían estar callados, pero era difícil evitar que lloraran. Fue el infierno'.

En total, los Q. tuvieron que desembolsar 50.000 rupias paquistaníes en su azaroso viaje, 30.000 para pagar a los contrabandistas y el resto en el autobús, la comida y los sobornos. Una rupia equivale a tres pesetas, pero para valorar la fortuna que supone esa cantidad hay que tener presente que un médico gana 800 rupias en un hospital de Kabul. Nadie habla de afganis, la depreciada moneda nacional, cuyo escaso valor obliga a contar millones para la mínima transacción.

'Cuando llegamos a Peshawar llevábamos 24 horas sin comer ni beber y con el miedo metido en el cuerpo', dice Ghutai. 'De haber conocido las dificultades, no hubiéramos venido'. La decisión la habían tomado días antes los hombres de la familia. 'La gente no hablaba de otra cosa en Kabul; todo el mundo decía que los norteamericanos iban a atacar y que la gente de Masud también preparaba una venganza por su asesinato', explican. 'Algunos hemos venido a Pakistán, pero muchos se han ido a sus pueblos'.

Las organizaciones humanitarias aún no tienen cifras precisas de cuántas personas han logrado cruzar la frontera entre Afganistán y Pakistán desde que la amenaza de un ataque de Estados Unidos desatara el pánico entre los afganos. El Gobierno paquistaní tiene contabilizados 6.000 ingresos, pero, dado que ha cerrado sus pasos, muchos están cruzando ilegalmente a través de las montañas. Las cifras varían entre 10.000 y 20.000. De momento, la mayoría de los que escapan de las ciudades se han trasladado al campo afgano, según ha constatado el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Vivir en la montaña

Los que han cruzado a Pakistán se han alojado con parientes, aunque hay noticias de algunos que se han tenido que quedar en las montañas. 'Tenemos localizadas a 161 personas al norte de Waziristan', explica Niaz Ahmad, de ACNUR en Peshawar. 'También estamos tratando de confirmar que hay un grupo en Mohmand, pero ambas son zonas tribales y los periodistas extranjeros tienen prohibida la entrada', añade. Más al sur, en la provincia de Beluchistán, ACNUR negocia con las autoridades paquistaníes para que acepten, por razones humanitarias, a las entre 5.000 y 10.000 personas atrapadas en el paso fronterizo de Chaman.

Azad, un afgano propietario de una tienda de telas en Saheen Town, tiene alguna pista. En las dos últimas semanas, al menos una veintena de nuevos clientes han comprado chalés como los que usan las paquistaníes. 'Aquí se quitan el burka y necesitan cubrirse la cabeza, según la costumbre local', explica. 'Cuentan que se han ido porque han oído que Estados Unidos va a atacar a los talibán: además, en Kabul y Jalalabad han cerrado muchas tiendas'.

Najibullah, un maestro de 42 años, acaba de volver del entierro de su padre, en Kabul. Su modesta habitación de barro se convierte en el centro de información de Danish Abad, una barriada de Peshawar. 'Sí, mucha gente tiene miedo y se está yendo, pero la vida sigue; yo me quedé sin trabajo hace cinco años y por eso me vine. Algunos de mis colegas que siguen allí apenas tienen para vivir; dependen del pan de las ONG', explica este maestro, que ahora mantiene a su familia vendiendo verduras con un carrito mientras sus hijas van a la escuela.

Un país cerrado a la prensa

Las noticias sobre lo que sucede en Afganistán se transmiten así, boca a boca, a falta de comunicaciones convencionales. El país está cerrado a los periodistas extranjeros (salvo la cadena de televisión árabe Al Yasira). Y las conexiones telefónicas con el exterior se limitan a un puñado de líneas que una empresa paquistaní tendió hasta Kandahar, Jalalabad y Kabul, a la llegada de los talibán.

'Esta mañana hemos hablado con mi hermano, que sigue en Kabul, y nos ha contado que ha habido una manifestación para que no entreguen a Osama', cuenta Mahboobah Khan. 'Primero, llamamos a alguien que tiene un número paquistaní; entonces les damos la dirección, quedamos a una hora y van a buscarle a casa. A la hora convenida, volvemos a llamar', explica. La conferencia apenas cuesta cinco rupias (15 pesetas) por minuto desde Pakistán, pero el receptor paga 10 por el servicio. 'Si nos llama él desde una cabina, le cuesta 40, además de hacer una larga cola'.

Noticias sobre regiones más remotas del país son complicadísimas de obtener. Hasta hace siete días, se contaba con la red radiofónica de la ONU y los teléfonos satélite de algunas ONG. El personal local de esas organizaciones se comunicaba a diario con los responsables, evacuados por motivos de seguridad a Pakistán al inicio de la crisis, para informarles de cómo se estaba viviendo la situación. Ahora, los talibán han amenazado con la ejecución inmediata a quien ose utilizar esos sistemas.

Los relatos procedentes de las oficinas de Herat capital, al oeste de Afganistán, tienen especial dramatismo. El personal de Oxfam, una ONG que distribuye comida, cuenta que hay quien empieza a comer hierba por falta de alimentos en el distrito de Jawand, cerca de la frontera con Turkmenistán, zona de combate entre la Alianza del Norte y los talibán. Alegan que, aunque cuentan con trigo suficiente para mantener a miles de personas durante las próximas semanas, no pueden acceder a los almacenes por el riesgo de ser alcanzados por el fuego cruzado.

En Kandahar, una ciudad del sur, centro de operaciones de los talibán, la presión sobre los empleados humanitarios se ha hecho insostenible y se han ido, como la mayoría de sus 100.000 habitantes. 'No hemos tenido incidentes concretos, pero tras la toma de las oficinas de la ONU no podemos exponernos a arriesgar a nuestra gente', explica Alex Renton, portavoz de Oxfam en Islamabad. La ciudad, según el testimonio de los últimos viajeros que han llegado a Quetta (Pakistán), se ha quedado casi vacía.

'Mi hermano es piloto de helicóptero con los talibán en Kandahar', cuenta un joven que pide el anonimato. 'A principios de la semana pasada le dijeron que se llevara a su familia a Kabul y que regresara para incorporarse a su unidad, pero hemos hablado con él y sigue en Kabul. Mientras no le digan nada, se queda allí a ver qué pasa'. Como muchos otros afganos, su trabajo para los talibán es fruto de las circunstancias. 'Mi hermano no es uno de ellos, pero ¿qué otra cosa puede hacer un piloto?', explica antes de añadir que su familia se marchó de Afganistán porque con la llegada de esa milicia cerraron las escuelas para niñas, y su padre quería que sus hijas estudiaran una carrera.

'Lo que las ONG tememos', confiesa el responsable de una organización norteamericana, 'no son los misiles o un posible bombardeo, sino la desaparición de la ley y el orden, que haya un vacío de poder'. 'Los afganos', prosigue, 'están abandonando Kabul y otras ciudades porque ya han tenido esa experiencia varias veces antes y temen los asaltos, los robos y la violencia'. Ésa ha sido también la razón por la que los cooperantes extranjeros han salido del país.

La abuela Hamida comparte esa opinión. Según ella, las noticias sobre el inminente ataque estadounidense sólo fue un factor más que ha llevado a su familia a Pakistán. 'No hay seguridad', asegura. 'En cualquier momento puede entrar alguien a tu casa y llevarse a tus hijas y los talibán reclutar a tus hijos'. Esta última posibilidad fue lo que inclinó la balanza. Sin el trabajo de los hombres no tendrían qué comer. La familia vive del taller de reparación que los hijos de Hamida montaron al ver que sus títulos de ingeniero, veterinario y economista no les valían con los talibán.

Mir Rais da testimonio de la leva masiva emprendida por los talibán. Este muchacho de 24 años estudia cuarto año de Medicina en la Universidad de Kabul. 'Cuando la situación se hizo preocupante, el domingo 16 por la mañana, los talibán vinieron a las residencias universitarias y nos invitaron a unirnos a la lucha', relata. ¿Invitaron? 'Bueno, primero invitan y después obligan, pero no me quedé para comprobarlo'. 'Los primeros en irse fueron un grupo de estudiantes paquistaníes, yo les seguí horas después', añade.

Estudiar en Kabul

'Que estudiemos allí no significa que nos guste luchar o que simpaticemos con los talibán', explica Mir. 'Mi familia vive en Pakistán desde hace algunos años, pero los afganos tenemos problemas para formarnos aquí, así que me matriculé en Kabul y vivía en una residencia'. La Universidad afgana de Peshawar está más tiempo cerrada que abierta y los centros paquistaníes resultan demasiado caros para los afganos.

En su huída hacia Pakistán, Mir encontró cerrado el paso de Torkham, aunque pronto un hombre se ofreció a cruzarle a través de las montañas por 300 rupias. 'Tardamos seis horas y llegué con los pies destrozados', explica mientras muestra las huellas de las ampollas. En el camino se toparon con una veintena de personas, de las que dos tuvieron que darse la vuelta porque 'eran ancianas y una, además, asmática'.

Otros han logrado pasar, pero están exhaustos. La mujer de Mohamed Farooq está hospitalizada. 'Llegamos ayer por la tarde, y esta mañana ha ingresado porque no se tenía en pie', relataba Farooq el pasado miércoles. Este vendedor de verduras de 45 años, su mujer y tres de sus hijos salieron el lunes de su pueblo, Char Qala-e-Wazir Abad, con otras 18 familias. 'Oímos que Estados Unidos iba a bombardear a los talibán y nos entró miedo; nuestro pueblo está muy cerca de la capital y no teníamos otro sitio donde ir', afirma.

'Éramos unas sesenta personas', recuerda Farooq; 'viajamos hasta Torkham y, como no teníamos papeles, contactamos con unos contrabandistas a los que pagamos 750 rupias por persona; pasamos la noche allí y al día siguiente salimos a las seis de la mañana, anduvimos por las montañas hasta las dos y luego nos trajeron en un coche hasta aquí'. Aquí es la casa de la hermana de su mujer: una pieza de barro sin agua corriente ni apenas ventilación, donde ya había enviado con anterioridad a sus hijos mayores para que pudieran ir a la escuela.

Los relatos se repiten. Miedo, angustia, odiseas personales para cruzar la frontera, el abuso de los contrabandistas. ¿Y luego, qué? Ninguno de los entrevistados espera alivio alguno de un eventual ataque estadounidense. 'El objetivo tal vez sean los talibán, pero está claro que afectará a muchas personas que no lo son', advierte Najibullah, el maestro. 'No sé lo que pasará y no me importa quién mande después, lo importante es que tengamos paz', pide Farooq. Las mujeres de la familia Q. se hacen eco de ese deseo. ¿Y la Alianza del Norte? 'No son mejores que los talibán', coinciden todos ellos.Han llegado con lo puesto. La ropa, los niños, la vida. Poco más podían llevarse en un viaje tan incierto. Atrás han dejado familiares, amigos y, sobre todo, un país al borde de un nuevo precipicio. Tras 22 años de guerra, los afganos huelen el caos y la violencia. Y no pueden más. 'Hasta ahora, mi familia se cambiaba de lugar para seguir viva. Es la primera vez que nos vamos de Afganistán. Es demasiado duro para seguir aguantando', se lamenta Hamida, una mujer de 57 años que parece una anciana.

Hamida acaba de huir de Afganistán con su marido, Abdelkader Q., de 60 años, y un grupo familiar que, incluidos algunos consuegros, suma 45 personas, entre ellas, una docena de niños. Los Q. (uno de los hijos pide no mencionar su apellido) llegaron a Peshawar (Pakistán) procedentes de Kabul el día 20, tras tres días de viaje y horas de incertidumbre. Hablan en casa de unos parientes, donde provisionalmente se han instalado: una habitación para las mujeres y otra para los hombres.

'Teníamos pasaportes y visados, pero la verja estaba cerrada', asegura Ghotai, una de las nueras de Hamida, en referencia al paso fronterizo de Torkham y en contradicción con lo que afirman las autoridades paquistaníes. 'Habíamos oído en la BBC y en la televisión paquistaní que con documentos se podía pasar', añade. ¿No está prohibida la televisión? 'Sí, pero teníamos una escondida en el sótano y la veíamos en secreto por las noches', explica divertida Ghotai, en medio de los gestos cómplices de sus cuñadas. Es la única vez que las mujeres esbozan una sonrisa.

Negocio de contrabandistas

Así que el martes 18, los Q., una familia que en cualquier otro país pertenecería a la clase media acomodada, se subieron a un autobús en Kabul y viajaron hasta Torkham, vía Jalalabad. 'Allí pasamos dos noches, hasta que encontramos a unos contrabandistas que prometieron ayudarnos a cruzar la frontera. Salimos el jueves a las seis de la mañana y atravesamos las montañas a pie; sólo alguno de los ancianos que está más enfermo viajó a lomos de asno', relata Ghotai, señalando a Wahidi, una de las abuelas.

'Alquilar un asno sale muy caro', interrumpe Hamida. Así que no quedó más remedio que andar y que las madres cargaran con los más pequeños. 'Fue muy duro, sobre todo cuando llegamos a un desfiladero muy estrecho; una mujer se desmayó y se le cayó el niño. Menos mal que un hombre pudo rescatarle y todo quedó en un susto', prosigue Ghotai, que debido a su inglés se ha convertido en la portavoz del grupo.

Pero las penalidades no habían terminado. Tras cinco horas de camino, y ya en territorio paquistaní, sus guías les entregaron a unos desconocidos. 'Nos encerraron a las mujeres y a los niños en una habitación y exigieron a los hombres más dinero para trasladarnos en coche a Peshawar', prosigue la mujer en medio de las interrupciones de sus cuñadas, que quieren añadir sus propias experiencias al relato.

Eran las siete de la tarde del jueves y sus nuevos guías querían que pasaran la noche allí. 'El problema son los policías de frontera paquistaníes; de noche te detectan más fácil. Aun así decidimos seguir el viaje dando un rodeo para evitar el puesto militar de Ali Masjid. Los contrabandistas nos dijeron que nos quitáramos los burkas y que los niños debían estar callados, pero era difícil evitar que lloraran. Fue el infierno'.

En total, los Q. tuvieron que desembolsar 50.000 rupias paquistaníes en su azaroso viaje, 30.000 para pagar a los contrabandistas y el resto en el autobús, la comida y los sobornos. Una rupia equivale a tres pesetas, pero para valorar la fortuna que supone esa cantidad hay que tener presente que un médico gana 800 rupias en un hospital de Kabul. Nadie habla de afganis, la depreciada moneda nacional, cuyo escaso valor obliga a contar millones para la mínima transacción.

'Cuando llegamos a Peshawar llevábamos 24 horas sin comer ni beber y con el miedo metido en el cuerpo', dice Ghutai. 'De haber conocido las dificultades, no hubiéramos venido'. La decisión la habían tomado días antes los hombres de la familia. 'La gente no hablaba de otra cosa en Kabul; todo el mundo decía que los norteamericanos iban a atacar y que la gente de Masud también preparaba una venganza por su asesinato', explican. 'Algunos hemos venido a Pakistán, pero muchos se han ido a sus pueblos'.

Las organizaciones humanitarias aún no tienen cifras precisas de cuántas personas han logrado cruzar la frontera entre Afganistán y Pakistán desde que la amenaza de un ataque de Estados Unidos desatara el pánico entre los afganos. El Gobierno paquistaní tiene contabilizados 6.000 ingresos, pero, dado que ha cerrado sus pasos, muchos están cruzando ilegalmente a través de las montañas. Las cifras varían entre 10.000 y 20.000. De momento, la mayoría de los que escapan de las ciudades se han trasladado al campo afgano, según ha constatado el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Vivir en la montaña

Los que han cruzado a Pakistán se han alojado con parientes, aunque hay noticias de algunos que se han tenido que quedar en las montañas. 'Tenemos localizadas a 161 personas al norte de Waziristan', explica Niaz Ahmad, de ACNUR en Peshawar. 'También estamos tratando de confirmar que hay un grupo en Mohmand, pero ambas son zonas tribales y los periodistas extranjeros tienen prohibida la entrada', añade. Más al sur, en la provincia de Beluchistán, ACNUR negocia con las autoridades paquistaníes para que acepten, por razones humanitarias, a las entre 5.000 y 10.000 personas atrapadas en el paso fronterizo de Chaman.

Azad, un afgano propietario de una tienda de telas en Saheen Town, tiene alguna pista. En las dos últimas semanas, al menos una veintena de nuevos clientes han comprado chalés como los que usan las paquistaníes. 'Aquí se quitan el burka y necesitan cubrirse la cabeza, según la costumbre local', explica. 'Cuentan que se han ido porque han oído que Estados Unidos va a atacar a los talibán: además, en Kabul y Jalalabad han cerrado muchas tiendas'.

Najibullah, un maestro de 42 años, acaba de volver del entierro de su padre, en Kabul. Su modesta habitación de barro se convierte en el centro de información de Danish Abad, una barriada de Peshawar. 'Sí, mucha gente tiene miedo y se está yendo, pero la vida sigue; yo me quedé sin trabajo hace cinco años y por eso me vine. Algunos de mis colegas que siguen allí apenas tienen para vivir; dependen del pan de las ONG', explica este maestro, que ahora mantiene a su familia vendiendo verduras con un carrito mientras sus hijas van a la escuela.

Un país cerrado a la prensa

Las noticias sobre lo que sucede en Afganistán se transmiten así, boca a boca, a falta de comunicaciones convencionales. El país está cerrado a los periodistas extranjeros (salvo la cadena de televisión árabe Al Yasira). Y las conexiones telefónicas con el exterior se limitan a un puñado de líneas que una empresa paquistaní tendió hasta Kandahar, Jalalabad y Kabul, a la llegada de los talibán.

'Esta mañana hemos hablado con mi hermano, que sigue en Kabul, y nos ha contado que ha habido una manifestación para que no entreguen a Osama', cuenta Mahboobah Khan. 'Primero, llamamos a alguien que tiene un número paquistaní; entonces les damos la dirección, quedamos a una hora y van a buscarle a casa. A la hora convenida, volvemos a llamar', explica. La conferencia apenas cuesta cinco rupias (15 pesetas) por minuto desde Pakistán, pero el receptor paga 10 por el servicio. 'Si nos llama él desde una cabina, le cuesta 40, además de hacer una larga cola'.

Noticias sobre regiones más remotas del país son complicadísimas de obtener. Hasta hace siete días, se contaba con la red radiofónica de la ONU y los teléfonos satélite de algunas ONG. El personal local de esas organizaciones se comunicaba a diario con los responsables, evacuados por motivos de seguridad a Pakistán al inicio de la crisis, para informarles de cómo se estaba viviendo la situación. Ahora, los talibán han amenazado con la ejecución inmediata a quien ose utilizar esos sistemas.

Los relatos procedentes de las oficinas de Herat capital, al oeste de Afganistán, tienen especial dramatismo. El personal de Oxfam, una ONG que distribuye comida, cuenta que hay quien empieza a comer hierba por falta de alimentos en el distrito de Jawand, cerca de la frontera con Turkmenistán, zona de combate entre la Alianza del Norte y los talibán. Alegan que, aunque cuentan con trigo suficiente para mantener a miles de personas durante las próximas semanas, no pueden acceder a los almacenes por el riesgo de ser alcanzados por el fuego cruzado.

En Kandahar, una ciudad del sur, centro de operaciones de los talibán, la presión sobre los empleados humanitarios se ha hecho insostenible y se han ido, como la mayoría de sus 100.000 habitantes. 'No hemos tenido incidentes concretos, pero tras la toma de las oficinas de la ONU no podemos exponernos a arriesgar a nuestra gente', explica Alex Renton, portavoz de Oxfam en Islamabad. La ciudad, según el testimonio de los últimos viajeros que han llegado a Quetta (Pakistán), se ha quedado casi vacía.

'Mi hermano es piloto de helicóptero con los talibán en Kandahar', cuenta un joven que pide el anonimato. 'A principios de la semana pasada le dijeron que se llevara a su familia a Kabul y que regresara para incorporarse a su unidad, pero hemos hablado con él y sigue en Kabul. Mientras no le digan nada, se queda allí a ver qué pasa'. Como muchos otros afganos, su trabajo para los talibán es fruto de las circunstancias. 'Mi hermano no es uno de ellos, pero ¿qué otra cosa puede hacer un piloto?', explica antes de añadir que su familia se marchó de Afganistán porque con la llegada de esa milicia cerraron las escuelas para niñas, y su padre quería que sus hijas estudiaran una carrera.

'Lo que las ONG tememos', confiesa el responsable de una organización norteamericana, 'no son los misiles o un posible bombardeo, sino la desaparición de la ley y el orden, que haya un vacío de poder'. 'Los afganos', prosigue, 'están abandonando Kabul y otras ciudades porque ya han tenido esa experiencia varias veces antes y temen los asaltos, los robos y la violencia'. Ésa ha sido también la razón por la que los cooperantes extranjeros han salido del país.

La abuela Hamida comparte esa opinión. Según ella, las noticias sobre el inminente ataque estadounidense sólo fue un factor más que ha llevado a su familia a Pakistán. 'No hay seguridad', asegura. 'En cualquier momento puede entrar alguien a tu casa y llevarse a tus hijas y los talibán reclutar a tus hijos'. Esta última posibilidad fue lo que inclinó la balanza. Sin el trabajo de los hombres no tendrían qué comer. La familia vive del taller de reparación que los hijos de Hamida montaron al ver que sus títulos de ingeniero, veterinario y economista no les valían con los talibán.

Mir Rais da testimonio de la leva masiva emprendida por los talibán. Este muchacho de 24 años estudia cuarto año de Medicina en la Universidad de Kabul. 'Cuando la situación se hizo preocupante, el domingo 16 por la mañana, los talibán vinieron a las residencias universitarias y nos invitaron a unirnos a la lucha', relata. ¿Invitaron? 'Bueno, primero invitan y después obligan, pero no me quedé para comprobarlo'. 'Los primeros en irse fueron un grupo de estudiantes paquistaníes, yo les seguí horas después', añade.

Estudiar en Kabul

'Que estudiemos allí no significa que nos guste luchar o que simpaticemos con los talibán', explica Mir. 'Mi familia vive en Pakistán desde hace algunos años, pero los afganos tenemos problemas para formarnos aquí, así que me matriculé en Kabul y vivía en una residencia'. La Universidad afgana de Peshawar está más tiempo cerrada que abierta y los centros paquistaníes resultan demasiado caros para los afganos.

En su huída hacia Pakistán, Mir encontró cerrado el paso de Torkham, aunque pronto un hombre se ofreció a cruzarle a través de las montañas por 300 rupias. 'Tardamos seis horas y llegué con los pies destrozados', explica mientras muestra las huellas de las ampollas. En el camino se toparon con una veintena de personas, de las que dos tuvieron que darse la vuelta porque 'eran ancianas y una, además, asmática'.

Otros han logrado pasar, pero están exhaustos. La mujer de Mohamed Farooq está hospitalizada. 'Llegamos ayer por la tarde, y esta mañana ha ingresado porque no se tenía en pie', relataba Farooq el pasado miércoles. Este vendedor de verduras de 45 años, su mujer y tres de sus hijos salieron el lunes de su pueblo, Char Qala-e-Wazir Abad, con otras 18 familias. 'Oímos que Estados Unidos iba a bombardear a los talibán y nos entró miedo; nuestro pueblo está muy cerca de la capital y no teníamos otro sitio donde ir', afirma.

'Éramos unas sesenta personas', recuerda Farooq; 'viajamos hasta Torkham y, como no teníamos papeles, contactamos con unos contrabandistas a los que pagamos 750 rupias por persona; pasamos la noche allí y al día siguiente salimos a las seis de la mañana, anduvimos por las montañas hasta las dos y luego nos trajeron en un coche hasta aquí'. Aquí es la casa de la hermana de su mujer: una pieza de barro sin agua corriente ni apenas ventilación, donde ya había enviado con anterioridad a sus hijos mayores para que pudieran ir a la escuela.

Los relatos se repiten. Miedo, angustia, odiseas personales para cruzar la frontera, el abuso de los contrabandistas. ¿Y luego, qué? Ninguno de los entrevistados espera alivio alguno de un eventual ataque estadounidense. 'El objetivo tal vez sean los talibán, pero está claro que afectará a muchas personas que no lo son', advierte Najibullah, el maestro. 'No sé lo que pasará y no me importa quién mande después, lo importante es que tengamos paz', pide Farooq. Las mujeres de la familia Q. se hacen eco de ese deseo. ¿Y la Alianza del Norte? 'No son mejores que los talibán', coinciden todos ellos.

Sobre la firma

Ángeles Espinosa

Corresponsal para los países ribereños del golfo Pérsico, ahora desde Dubái y antes desde Teherán. Especializada en el mundo árabe e islámico. Ha escrito El tiempo de las mujeres, El Reino del Desierto y Días de Guerra. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense (Madrid) y Máster en Relaciones Internacionales por SAIS (Washington DC).

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