Los 'kamikazes' del siglo XXI

En los últimos 20 años se han producido más de 270 atentados suicidas en una docena de países

'¡Queridos parientes y amigos! Escribo este testamento con lágrimas en los ojos y tristeza en el corazón. Quiero deciros que os dejo y pediros vuestro perdón porque he decidido reunirme hoy con Alá, y esta cita es mucho más importante que seguir vivo en esta tierra....'. Ésta fue la última voluntad que escribió en noviembre de 1994, según el diario israelí Maariv, el terrorista palestino Hisham Hamed antes de inmolarse y matar a tres militares israelíes en Nazarim.

Tres meses más tarde, otro suicida palestino dejó esta nota en vísperas de una nueva matanza de israelíes en Beit Lid: 'Voy a vengarme de los hijos de los monos y de los cerdos, los infieles sionistas y los enemigos de la humanidad. Voy a encontrarme con mi hermano en la fe Hisham Hamed y mi maestro Fani el Abed, y con todos los mártires y santos en el Paraíso. Por favor, perdonadme'.

'He decidido reunirme hoy con Alá y esta cita es más importante que seguir vivo en esta tierra'
Más información
Un nuevo nivel de violencia
Gráfico animado:: La lista negra de EE UU

Los testimonios de estos jóvenes ilustran con precisión el carácter de mandato divino y causa sagrada del terrorismo suicida islámico, una forma del terrorismo de raíz religiosa que azota Israel desde la primera mitad de los años noventa y que, paradójicamente, nació en suelo judío en el siglo I de nuestra era con la secta de los Celotas. Heredero de aquellos sicarios judíos que apuñalaban en lugares públicos a los colaboradores de Roma fue el fundamentalista judío Baruch Goldstein, quien en febrero de 1994 irrumpió a tiros en una mezquita de Hebrón, en Cisjordania, matando a decenas de palestinos. Su motivo: protestar contra la traición del entonces primer ministro israelí, Isaac Rabin, que 'estaba desviando a Israel del patrimonio otorgado por Dios'.

Sin embargo, el terrorismo suicida moderno surgió a comienzos de los años ochenta en Líbano. Los pioneros fueron los militantes del grupo shií libanés Hezbolá (Partido de Dios), cuando en 1983 atacaron simultáneamente el cuartel general de los marines de EE UU y de la Fuerza Multinacional Francesa en Beirut y causaron más de 300 víctimas.

Únete a EL PAÍS para seguir toda la actualidad y leer sin límites.
Suscríbete

Desde entonces, el terrorismo suicida no ha dejado de expandirse, ampliándose a 12 países -de Sri Lanka a Argelia, de Croacia a Chechenia- y siendo utilizado por al menos 15 grupos terroristas diferentes. Según el Centro para el Estudio del Terrorismo y la Violencia Política de la Universidad de St. Andrews, en Escocia, entre 1980 y el año 2000 se produjeron al menos 270 ataques suicidas en todo el mundo. En este ranking de la muerte ocupan el primer lugar los Tigres de liberación tamil de Sri Lanka, que luchan por un Estado independiente en el noreste de la antigua isla de Ceilán, con 168 atentados. Los tigres tamiles ostentan, además, un macabro récord. Es el único grupo que ha logrado asesinar con atentados suicidas a dos mandatarios: el primer ministro indio Rajiv Gandhi en 1991 y el presidente Prendesa de Sri Lanka dos años más tarde. Tras ellos se situán Hezbolá, con más de cincuenta ataques suicidas, y el grupo palestino Hamás (Esperanza), con más de veinte.

Pero, más allá de estos datos, eclipsados por las escalofriantes víctimas de los atentados de Nueva York y Washington, el temor se centra en la amenaza invisible de estos terrorista suicidas y en la fuerza imparable, en esa combinación letal de fanatismo y secreto, de su forma de actuar.

Por ejemplo, el doctor Magnus Ranstorp, experto en terrorismo religioso de la Universidad de St. Andrews, en conversación con EL PAÍS, calcula que los autores de los atentados contra EE UU del pasado martes 'llevaban preparando la operación entre al menos dieciocho meses y dos años, tiempo en el que vivieron una absoluta doble identidad en países extranjeros sabiendo que eran bombas humanas'. Ranstorp recuerda que el suicida que destruyó la Embajada de EE UU en Nairobi en 1998 había residido en Kenia durante cuatro años y se había casado allí.

Para entender esta mentalidad hay que tener en cuenta que el terrorista suicida islámico no es un voluntario; es un elegido, que es entrenado y sometido a diferentes ceremonias de purificación. El éxito de la misión depende de su muerte y su recompensa es el Paraíso. Se convierte entonces en un shahid (mártir).

El Instituto Internacional de Contraterrorismo (ITC), un centro de estudio académico con vínculos con el Mossad, los servicios secretos israelíes, ha establecido este perfil del shahid: 'La mayoría procede de un estrato social bajo. Pero el de su familia mejorará tras su muerte. Es joven, entre 17 y 18 años, soltero y en paro, pero con estudios y profundamente devoto'. Son los kamikazes del siglo XXI.

Militantes de Hamás en una manifestación en Jaballia (Gaza):
Militantes de Hamás en una manifestación en Jaballia (Gaza):AP

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS