Un conspirador sin poder de seducción
Hace seis años, Bryan Singer creó un artefacto de precisión milimétrica, ritmo infernal y gran poder de atracción, Sospechosos habituales, en el que se dejaba entrever el maléfico poder de un conspirador nato, un tal Kayser Zosé, responsable de mil desmanes: un Mr. Arkadín moderno, un hombre sin rostro. Tiene gracia que ahora quien intercambiara el suyo con Nicolas Cage en Cara a cara, John Travolta, comience en Operación Swordfich mostrándose desde la primera secuencia como el Mal, un horrendo sembrador de muertes.
Tiene gracia, claro, según como se mire. Porque si de Kayser Zosé emanaba un inquietante aroma de peligro, lo que el guión de este tercer filme de Dominic Sena (Kalifornia, 60 minutos) hace con Travolta es contar desde el primer momento que es un ser terrible, privándolo de todo poder de seducción. El mal que nuestro hombre es capaz de provocar es tan diáfano como oscuro era el de Kayser... algo que, tratándose de un conspirador, resulta letal para las intenciones de seriedad de cualquier filme.
La diferencia entre Operación Swordfish y Sospechosos habituales es pues una diferencia entre obviedades: aquí todo se hace diáfano, a pesar de que no debería hacerse: ¿no es el anonimato la verdadera identidad del conspirador? Pero esto, con ser fundamental, no es lo único que separa ambos filmes.
Tufillo conservador
De hecho, elevándose incluso sobre las dispares capacidades narrativas de Singer y Sena, lo que hace la real diferencia entre ambos productos es el tufo no ya conservador, sino orgullosamente ultramontano que emana de Swordfish: que se haga de un conspirador que siembra el dolor mientras proclama, impertérrito, que la seguridad de su país está por encima de todo, que el único sentido de su vida es eliminar a los enemigos, presentes y futuros, de su manoseada forma de vida, y que la ficción no sancione su comportamiento resulta un agresivo, además de estúpido, mensaje reaccionario.
Y cabe agregar que el filme de Sena resulta también un producto fácilmente olvidable por su desaforado interés por primar lo espectacular sobre lo verosímil.
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