Columna
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Reverencias diplomáticas

El pasado martes George Bush puso el pie en esta remota provincia del imperio. La certidumbre de que los Estados Unidos son los que nos mandan resultó visible desde el primer momento. Algún noticiero televisivo se hizo eco de un fenómeno escenográfico singular: las reverencias de Piqué, su celo en doblar el espinazo cuando acudió a recibir a Bush al aeropuerto.

Hasta tres veces obsequió Piqué al mandatario americano con reverencias impropias de un ministro de otro Estado. Al pie de la escalerilla del avión, se deshizo en gestos sumisos, muestras de pleitesía, cerriles inclinaciones de la frente ante la cegadora luz del presidente de la Unión. Las muestras de sumisión de Piqué evocaban las abluciones de los mahometanos cuando miran hacia La Meca mientras musitan oraciones en las que aluden a Alá y a su Profeta. No parece una postura especialmente gallarda, por lo que habrá que poner en cuestión el concepto de soberanía que maneja el Gobierno. El ministro Piqué, mientras fue portavoz gubernamental, ejerció una mediática docencia acerca de la soberanía nacional. Ahora hemos descubierto que se trataba de lecciones para consumo interno. El ministro, con tan alto concepto del Estado, lo tenía sólo a efectos provinciales. Basta que se le ponga delante un tejano dotado de misiles para que la dignidad constitucional salte por los aires y se amolde a reverencias chinescas.

La coreografía atroz de Piqué ante el amo extranjero dice poco de la diplomacia española, pero dice aún menos de la dignidad constitucional con que el Estado afronta estas visitas. El prestigio de la Constitución, en manos del Partido Popular, había llegado al rango de la Biblia, pero algo debe de fallar en los fondos freudianos de la soberanía cuando todo un ministro inclina la testuz ante el americano como un mayordomo con librea.

Se dirá, como es de rigor, que sólo se trata de gestos. Nada habría que objetar si en política no se hubiera puesto de moda juzgar a muchos por los gestos. Además la gestualidad, en diplomacia, ha sido siempre una delicada esgrima, un arte de muchos quilates. Ver a un ministro español enseñar la nuca al presidente de los Estados Unidos, como efecto de desmesuradas reverencias, no parece un buen indicador de empaque institucional, máxime sabiendo que el presidente de un país africano, por ejemplo, jamás hubiera sido dedicatario de semejante trato, si acaso de una palmadita en la chepa.

Las formas, en política, son tan importantes como en otras vertientes de la vida. No hay más que recordar el espectáculo que protagonizó el presidente de Castilla y León, Juan José Lucas, cuando por fin Aznar le nombró ministro. Parecía haber salido redimido de una purga estalinista, abandonar algún cargo de tercera y verse al fin proyectado al cielo de los éxitos políticos. El nuevo ministro estaba exultante, como si ser presidente de comunidad autónoma le supiera a poco. Los ciudadanos de Castilla y León no se merecían semejante explosión de júbilo en su máximo mandatario, mientras éste preparaba las maletas y partía a ocupar un ministerio.

Esta última conducta no dice mucho de la concepción del Estado de las Autonomías que manejan los actuales gobernantes. Lucas, quizás mal asesorado, no moderó sus demostraciones de júbilo ante lo que evidentemente entendía como una promoción política y personal. Pero la dignidad de su región hubiera exigido otra conducta. Parece (y también es) mucho más noble ser presidente elegido por los ciudadanos que ministro nombrado a dedo. La legitimidad democrática, como se sabe, pasa por las urnas, pero a veces el concepto centralista del Estado obnubila a las mentes más preclaras. Y a las que no lo son. De momento, la imagen de un ministro casi genuflexo ante George Bush no resulta muy satisfactoria y para verlo de ese modo tampoco es necesario considerarse muy patriota: basta con ser un ciudadano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 16 de junio de 2001.