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Reportaje:LAS FERIAS DE ABRIL | Personajes

Los guardianes (de la tradición)

Los porteros velan por mantener la naturaleza exclusiva de las casetas

- Feria por un día. Juan Guerra -el Gran Hermanísimo-, se pasó por la Feria. También vi a Norma Duval encima de un caballo -o al revés; a mí la manzanilla me sienta de pena-, y a una señora que iba por ahí con un traje de gitana con los cuadrados de la insigne firma Burberrys. Rappel ha desaparecido en combate. De hecho, la última vez que lo vi iba combatiendo contra su mantón y el viento. Por lo demás, la minoría étnica madrileña cogió el AVE y se fue, y la Feria entró en una segunda fase en la que los reyes del pollo fueron los sevillanos pata-negra. El fin de semana tomarán el liderato espiritual de la Feria los catetos. Es decir, gente de pueblo, que no tiene caseta, que sonríen, que van por el recinto con ropa de domingo y que encima van y les llaman catetos. Las reglas del juego de la Feria, para aquí un marciano, son brutales. Las reglas del juego en todo el mundo son, de hecho, brutales. Unas sociedades lo disimulan más y otras menos. En la India, por ejemplo, miras un río y lo ves bello. De pronto, por el cauce, baja un muerto flotando, de manera que comprendes que en verdad por todos los ríos del mundo bajan cadáveres.

- La belleza y la brutalidad. La Feria es, a su vez, un río de belleza extraordinaria. No paras de ver poses humanas sencillas como un anillo, y flamencas que avanzan por el espacio abandonadas a su propio tiempo, que diría Salinas, que muerden una manzana y la manzana existe, que diría Cernuda, o en plan sexy mother fucker, que diría el artista anteriormente conocido como Prince. Toda esta belleza coexiste con una caseta en la que estuve el miércoles, repleta de políticos y empresarios con corbatas de los colores del Galatasaray, bromeando sobre recalificaciones de terrenos -una disciplina del bussines que es pura broma, pero que no hace gracia-. Y con la mirada de un señor que no sabe montar a caballo pero que monta un caballo marcando una cara especial. Ahora que lo escribo, caigo en la cuenta de que esa cara es la del guardia civil -esa institución que se fundó en el siglo pasado para que la gente con caballo pudiera ir en caballo- cuando va en moto

- Los vigilantes de la playa que hay debajo de los adoquines. Mi socia destacada en Barcelona hoy les explica algo sobre el personaje arquetípico que ha visto en la Feria de Barcelona. Por mi parte, el personaje más característico de la Feria -esa cosa bella, divertida y cruel- que les he ido explicando, es el portero, ese guardia jurado que está en la puerta de cada caseta para que no cuelen emigrantes feriantes ilegales. En la caseta Don José, un guarda jurado con mucha mili, explica que su figura y función no es injusta, que ilustra lo que es la Feria, y que la Feria 'es para el que tiene dinero, no para el trabajador'. En Los Cabales, un joven opina que pasártelo bien o mal en este trabajo depende de los socios -'si son viejetes de los que no tragan a nadie, mal rollo'-. Le apena ejercer su trabajo. No obstante, se toma su trabajo de portero en plan Blade-Runner, y cuando un Replicante le pide entrar al WC, pues le deja. En tiempos, también se colaba. Recomienda la táctica de la invasión por los rincones. Opina que la Feria siempre ha sido cerrada, 'y que el futuro es que aún sea más cerrada'. En una caseta de la calle Juan Belmonte, un portero me dice que la cosa no le parece justa, pero que es lógica desde el momento en que las casetas son privadas. Que la Feria ilustra 'que todavía hay clases', aunque 'supongo que eso se verá también en los San Fermines, que son en la calle'. Un guarda jurado de Los Flotantes, que trabaja puntualmente de portero, pero que, como la mayoría de porteros, tiene otro trabajo fijo, opina que se ha de comprender 'que los socios llevan todo un año contribuyendo'. No cree que su trabajo ilustre una especial crueldad social, sino más bien 'que la Feria se ha quedado pequeña'. Una señorita de La Jaima, en su primer y último año como guarda jurado -'tienes que aguantar muchas tonterías; te dan de comer, pero no te dejan sentar'-, cree que su oficio no es razonable. Opina que su función en una caseta es puramente de disuasión: 'La gente te ve y se echa para atrás; en realidad es fácil entrar en una caseta si te empeñas'. De hecho cuando acaba la jornada laboral, se cuela a-saco-Paco, 'aunque nunca se me ha ocurrido colarme en la caseta de la Guardia Civil'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2001