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COLUMNA

Un gradiente insoportable

El recurso a la física recreativa resulta en ocasiones muy ilustrativo. Por eso la conveniencia de volver aquí con brevedad sobre el concepto de gradiente. En física se entiende por gradiente la razón aritmética entre la diferencia que registra la medida de una determinada variable en dos puntos cualesquiera y la distancia existente entre ellos. De forma que en el numerador figura la diferencia de valores que presenta la variable dada en cada uno de esos dos puntos y en el denominador la distancia que los separa. De ahí que el gradiente entre dos puntos fijos, a distancia constante, aumenta al hacerlo la diferencia que registran los valores alcanzados en ellos por la variable en cuestión. Por eso también, si sobre un plano se unen los puntos donde una variable alcanza valores iguales y se repite el ejercicio para intervalos constantes, se obtienen unas curvas concéntricas y el aumento del gradiente coincide con las zonas donde los segmentos de esas curvas se encuentran a mayor proximidad.

Así sucede con las curvas de nivel que dan idea del relieve de un área geográfica. Allí donde los segmentos pertenecientes a distintas curvas guardan máxima proximidad se registra el mayor gradiente de nivel, o, si se prefiere, la mayor pendiente; en una palabra, aparecen los abismos. Si pasamos a la meteorología del gradiente de temperatura, dan idea las curvas isotermas, como del gradiente de presión lo hace el mapa de las isobaras con el que tan familiarizados están los espectadores de televisión. En electricidad, el gradiente de potencial medido en voltios anticipa por dónde saltará la chispa, y así sucesivamente. Claro que, a los efectos de esta columna, lo interesante es cómo el concepto del gradiente puede también aplicarse a las magnitudes demográficas, a los indicativos de prosperidad como la renta por habitante, a los índices de alfabetización o a los de la sanidad e higiene pública. Pero, después de lo anterior, conviene recordar enseguida que la naturaleza, además de horror al vacío, o, si se prefiere, como primera consecuencia del horror al vacío, tiene también horror al gradiente.

Llegados aquí, antes de ocuparnos del insoportable gradiente hispano-marroquí a que hace referencia el título que ampara esta columna, se impone con toda urgencia añadir algunas precisiones elementales sobre la noción de frontera política. Hay que distinguir la frontera como línea inextensa y de naturaleza bicolor donde entran en contacto dos países limítrofes, mediante una curva de superficie cero, de aquella otra frontera atemperada por la existencia de una tierra de nadie o por unas aguas fluviales o marítimas más o menos compartidas. De todo ello se ha hablado en Rabat, donde acaba de celebrarse un seminario bajo el título de Marruecos, en la frontera de la UE promovido por la Asociación de Periodistas Europeos y el Sindicato Nacional de la Prensa Marroquí. Allí se ha pasado revista al actual momento del Gobierno de alternancia que encabeza Abderrahman el Yusufi. Además, con su participación y la de otras primeras figuras de las diferentes formaciones políticas de su país y del nuestro, se han analizado las relaciones, las diferencias y los rencores que nos separan. El clima creado quiso huir de formalismos estériles y favoreció muchas aportaciones inteligentes y esclarecedoras sobre la naturaleza de la transición cumplida en España y sobre el proceso lleno de peculiares zozobras en que se halla incurso Marruecos. Por eso el embajador en Rabat, Jorge Dezcallar, prefirió, durante la clausura, atenerse a un sobrio reconocimiento de la realidad para decir que de Marruecos nos separa una frontera distinta y sensible porque del lado de allá se dan tres elementos específicos: el arabismo, el islamismo y el tercermundismo, los dos primeros además en crecimiento. Otra cuestión es por qué España se ha despegado económicamente tanto de su vecino del sur como para que en ninguna otra frontera del mundo se dé una diferencia de renta per cápita como la de aquí, que alcanza la proporción de 14 a 1 y que constituye un insoportable gradiente de pobreza-prosperidad. O si el islam está o no condenado a antagonizarse con el desarrollo cuando pudo ser punta de lanza de la modernidad como apuntó Felipe González. Continuará.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de marzo de 2001