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COLUMNA

Identifíquese

Hay una fiesta en Fuenterrabía protagonizada sólo por hombres. Se llama Alarde y consiste en desfilar por la ciudad, disfrazado y con trabuquillo, alardeando. Cada año, grupos de mujeres arman un cisco porque no las dejan alardear. También el Círculo del Liceo ha entrado al trapo y los socios se pelean para decidir si dejan, o no, entrar a las mujeres a formar parte de la sociedad. Ambos casos, lejos de manifestar la misoginia o el sexismo de los varones, indican algo más profundo e inquietante.

Lo más sensato que exponen los segregacionistas es que tan sólo desean 'preservar una identidad mantenida a lo largo de 150 años de historia' (La Vanguardia, 2 de febrero). Igual dicen los vascos del Alarde. La palabra clave es 'identidad'.

La identidad, que siempre fue una fatalidad, ellos la ven como una salvación. Este término significa 'que una persona o cosa sea la misma que se supone o se busca' (Casares), pero hoy parece un valor en peligro. Algo que nos momifica, una condena que viene del pasado, simula hoy ser una puerta de futuro. Pero mi identidad no la decido yo mismo, sino el prójimo. Son los otros quienes nos identifican. Identificarse uno mismo es una perogrullada y cosa del todo inútil. De modo que quienes defienden una identidad están, en realidad, tratando de convencer a los otros y por eso, fatalmente, deben excluirlos. Los defensores de identidades suelen ser gente conservadora que teme por sus privilegios, aunque éstos sean tan infantiles como desfilar con faja, taleguilla y abarcas. Y defienden su deseo de distinción amparados en la historia, como si ésta tuviera primacía moral sobre el presente.

Las exclusiones de Fuenterrabía o del Círculo barcelonés son, a mi entender, coherentes con el carácter de sus protagonistas. Para imponer una identidad que les distinga, están obligados a excluir a alguien. Les ha tocado a las mujeres como en otros lugares les toca a los negros, a los judíos, a los españoles, o a los pobres. Para que un círculo sea identificable, ha de estar cerrado. Así que cualquier excusa es buena con tal de excluir a alguien. Y cuantos más, mejor. Aunque sea a costa de hacer el ridículo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de febrero de 2001