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Editorial:

Prudente Greenspan

El presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, acaba de confirmar ante el Comité de Presupuestos del Senado norteamericano lo que a principios de año transmitió contundentemente al reducir en medio punto los tipos de interés: que la economía estadounidense se encuentra en un proceso de desaceleración que justifica estímulos adicionales. En consecuencia, es de esperar que proceda a una nueva rebaja del precio del dinero en la próxima reunión de la Reserva Federal, el miércoles que viene.

El otro centro de atención en esa comparecencia ha sido la aquiescencia con las intenciones del nuevo presidente, George Bush, de dedicar parte del superávit público a la reducción de impuestos a lo largo de los próximos diez años. La significación de ese pronunciamiento es importante en la medida en que era conocida la preferencia de Greenspan por asignar ese excedente conforme a las propuestas de los demócratas, concediendo prioridad a la reducción de la deuda pública sobre esa 'devolución a los contribuyentes' defendida por los republicanos.

Que las consecuencias adversas de esa reducción de impuestos sean ahora menores que antes de comprobarse el descenso en el crecimiento no significa que haya concedido una importancia crucial a esa forma de estimular la actividad económica. De su comparecencia se deduce que el presidente de la Reserva Federal da la mayor prioridad a las acciones de política monetaria. Dado el elevado endeudamiento de las empresas y familias y el deterioro en el valor de algunas de las garantías de esas deudas, es más urgente reducir el coste del dinero que asignar el superávit público a una rebaja de impuestos.

La prioridad, por tanto, debería ser la suavización de esas condiciones de financiación y el alejamiento del riesgo de insolvencia de los agentes económicos.Para ello, nada es más necesario que aplicar nuevas e inmediatas rebajas en los tipos de interés. La estrategia de política económica ante la amenaza de recesión debe coordinar la reducción de impuestos anunciada y las decisiones de la Reserva Federal sobre el precio del dinero. Esa coordinación es imprescindible si se quiere evitar que un ritmo de crecimiento económico menor se transforme en un cuadro recesivo en toda regla. Los mercados financieros, pero también el conjunto de los ciudadanos norteamericanos, han dado muestras repetidas de confiar más en el veterano presidente de la Reserva Federal que en las propuestas políticas de la nueva Administración. El Congreso tiene ahora la palabra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de enero de 2001