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Tribuna:

Sangre y Navidad

No sé si Federico García Lorca estaría pensando en la Navidad cuando escribió en Estados Unidos, seguramente en su pequeño cuarto de la Universidad de Columbia, su poema Nueva York (oficina y denuncia); pero es muy posible que así fuera, puesto que, al fin y al cabo, el texto abre la sección quinta del libro y precede a una serie de poemas de título y contenido incuestionables: Navidad en el Hudson, Nacimiento de Cristo, Crucifixión, Cementerio judío y Grito hacia Roma; además, Nueva York (oficina y denuncia) se publicó en España, en la Revista de Occidente, en enero de 1931 -nada más acabarse, por tanto, las fiestas- y como anticipo del libro futuro Poeta en Nueva York, la obra maestra que Lorca nunca vería publicada, puesto que los repulsivos pistoleros de Franco se encargaron de que así fuese; de modo que sus primeros lectores se lo echaron a los ojos cuando aún estaban digiriendo su cena de Nochevieja y su comida del Día de Reyes. Esto es lo que escribe Lorca en el inicio de su poema: "Debajo de las multiplicaciones / hay una gota de sangre de pato; / debajo de las divisiones / hay una gota de sangre de marinero; / debajo de las sumas, un río de sangre tierna". Créanme, lo último que quiero es estropearles su banquete de Nochebuena, pero si no les dijera que, para mí, estos versos son una de las descripciones más exactas que jamás se han hecho de la Navidad, les mentiría.Poeta en Nueva York es muchas cosas, pero entre ellas no puede negarse que es un duro alegato contra el capitalismo salvaje, contra los mecanismos de un mundo que ya en 1929 y 1930, cuando Lorca escribió la mayor parte de la obra, se regía por las leyes del mercado, adoraba al dios del dinero y era movido por el oleaje inflexible de la oferta y la demanda. Si el consumismo y la publicidad que le sirve de combustible ya manejan una gran parte del planeta a su antojo durante todo el año, al llegar la Navidad su reino se ensancha, su poder se vuelve infinito. Y si el poder absoluto corrompe absolutamente, imagínense lo que podría decirse del poder infinito. Estos días, los periódicos alertan sobre algunos riesgos de esa máquina insaciable que es el consumo y que en estas fechas, utilizando como coartada la religión, la familia o conceptos tan abstractos pero difíciles de discutir como los de bondad, felicidad o amor, se desborda por el ansia de vender y comprar que se apodera de gran parte de las personas. En uno de esos artículos que pretenden servir de alerta, Alfredo Merino daba en El Mundo una serie de datos estremecedores: mientras cada pocos segundos un niño muere de hambre en la Tierra, en nuestro país gastaremos, en los próximos veinte días, más de tres billones de pesetas, lo que supone más de cien mil por cada persona adulta; si nos fijamos en productos concretos, algunos de ellos avalados por el prestigio absurdo que les da esa mezcla de glotonería, presunción y jactancia que se apodera de muchos en Navidad, el kilo de angulas, por ejemplo, ya supera las 90.000 pesetas en el mercado y se redondeará hasta las 100.000 según se acerquen los días principales; el consumo desaforado de langostinos está poniendo a esos animales en peligro de extinción, como lo están los esturiones a causa de la demanda de caviar.

Ya sé que esto no es el San Petersburgo de comienzos del siglo pasado y que, naturalmente, aquí no todo el mundo puede permitirse comer angulas, caviar y langostinos, pero los ejemplos dados valen como síntoma y se pueden adaptar a las posibilidades, mayores o menores, de cada uno. ¿De verdad son necesarios los esfuerzos, a veces increíbles, que hacen muchas personas por abarrotar a los suyos de comida y regalos? ¿De verdad los alardes y exageraciones que se cometen en estas fiestas son compatibles con el espíritu solidario y altruista que se supone que deberían tener? ¿Y si nos propusiéramos ser más solidarios a lo largo de estas dos semanas? Piénsenlo, pregúntense si es justo y sigan leyendo el poema de Lorca: "No es el infierno, es la calle. / No es la muerte, es la tienda de frutas. / Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles / en la patita de ese gato quebrada por un automóvil, / y yo oigo el canto de la lombriz en el corazón de muchas niñas. / Óxido, fermento, tierra estremecida". Debajo de las multiplicaciones, hay una gota de sangre de niño africano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 21 de diciembre de 2000