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Tribuna:

A ver

A ver, que alguien me explique de una maldita vez este lío imposible de las vacas locas. Y no me estoy refiriendo a toda esa farfolla seudo-científica, al rollo de los priones, de la encefalopatía espongiforme y demás precisiones complicadísimas que han llenado páginas y páginas de los periódicos. Esa avalancha de documentación sólo ha servido para confundir. No puedo evitar la sensación de que existe una información fundamental que se nos está escamoteando. Hay algo que no casa, que no concuerda.Cuando saltó el asunto, hará tres años, sonaba sin duda preocupante, porque los primeros enfermos podían ser el comienzo de una ola mortífera. Como sucedió con el sida en su momento. La cosa tenía mal aspecto, y Emma Bonino, una política estupenda a quien admiro, recomendó incluso retirar las cremas cosméticas. Obediente cual oveja majara, tiré a la basura unas cremas carísimas apenas empezadas. Ahora las he vuelto a comprar y me embadurno con ellas cada noche sin que me tiemble el pulso. Y eso que estamos atravesando una nueva ola de paranoia espongiforme. Eso es lo que quiero que me expliquen. A qué viene todo este barullo, por qué sube y baja el interés tan orquestadamente.

Porque el tiempo ha pasado y en el Reino Unido, el país más afectado, sólo ha habido un ínfimo puñadito de enfermos de Creutzfeldt Jakob. ¿No les parece raro que con tan poquísima incidencia real se esté montando un circo tan enorme? ¿Desde cuándo los gobiernos, tan agarrados ellos, están tan dispuestos a arruinarse (en España gastaremos 25.000 millones) por una prevención sanitaria no demasiado evidente? ¿O es que ignoramos algún dato esencial? Por ejemplo, tal vez los expertos esperen secretamente una explosión de casos. Pero yo más bien me temo otras causas más míseras. Imaginemos por un momento que la paranoia haya sido azuzada por los laboratorios que venden los test para las vacas, porque podrían forrarse; o por los fabricantes de piensos no orgánicos, porque podrían forrarse; o incluso por las multinacionales norteamericanas, para debilitar la economía de la Unión Europea antes del euro. ¿Y por qué? Pues ya ven, porque podrían forrarse. El dinero es más infeccioso que los priones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de diciembre de 2000