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Tribuna:

La muerte

Hace muchos años, durante el tiempo del colegio interno, los hermanos de La Salle nos llevaban los domingos por la tarde a ver una sesión de cine en una sala de la planta baja. Se consideraba esta ocasión como un premio al que no tenían derecho aquellos alumnos que hubieran terminado la semana con una papeleta azul. Los del cine se constituían, por tanto, en seres privilegiados. Aunque con una condición central: una vez acomodados en las butacas y con el programa doble en marcha nadie tenía derecho a salir de allí. Nadie, a menos que le diera un síncope, sería autorizado a franquear las paredes, porque en el cine se estaba por derecho pero también por obligación. Se iba como recibiendo un premio, pero también como recibiendo una orden. Es así como los obispos, el Papa, los del Opus Dei y cualquier ristra de ideologías construidas a la manera de los colegios de curas entienden la vida. La vida nos llega, sin discusión como un premio divino, pero enseguida, una vez en ella, no se autoriza de ningún modo a salir. De esta manera, lo que había empezado siendo un derecho se trasforma en un deber y lo que parecía un don se convierte en servidumbre. Que todavía hoy se tenga que discutir la despenalización de la eutanasia denota la oscuridad que aún se agrupa sobre la idea de la vida o los malditos espectros que suscita el miedo a la libertad. Sin embargo, un ser humano no puede considerarse dueño de su vida si no es dueño también de su muerte; tal como nosotros cuando íbamos al cine del colegio no podíamos considerarnos de ninguna manera dueños de nuestro tiempo, siempre sometido a reglamentación. Tanto el ocio como el estudio seguían allí bajo el gobierno de los curas. Es decir, seguían igual que aquí cuando penalizando la eutanasia se hace a la condición humana reo de un poder absoluto -el Cielo, el Estado- que ataja su libertad. Porque si no se deja morir a voluntad, con o sin ayuda, no se deja vivir del todo. Condenar a vivir anula el gozo de la vida. Y de la muerte. Porque ¿qué muerte más "apropiada" que la que puede elegirse? O ¿qué otra prerrogativa puede igualarse a la de quien logra disponer de antemano el exquisito encargo de hacérsela servir?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de diciembre de 2000