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CARTAS AL DIRECTOR

Amor de padres

Yo tuve una infancia muy feliz, tan feliz que no sabía siquiera qué era el ozono hasta que no lo estudié en la clase de ciencias naturales, pero por aquella época estaba todavía inmaculado y entero. Mi infancia se rodeó por un amor extremo a la naturaleza, lecciones aprendidas de mis padres. Mi padre iba a su trabajo en bicicleta, lloviera, nevara o hiciera viento. Tenía coche, pero lo usábamos tan sólo en aquellos momentos en que no se podía evitar. El primer coche de mi padre murió con 15 años.Todo un récord para un vehículo al cual no le falló el corazón, sino la chapa. La verdad es que han hecho todo lo posible para dejarnos un mundo mejor. El amor de padres no se demuestra con un beso y un abrazo, eso es fácil. El amor de padres debería ser un compromiso de cuidar el entorno para dejárselo a sus hijos en herencia. El aprendizaje es fundamental, tanto que yo, a mis 36 años, tengo coche, no tengo hijos, pero sí un recuerdo de lo que está bien y lo que está mal. Mi coche lleva aparcado delante de mi casa desde las navidades pasadas, y aunque quisiera deshacerme de él no podría, ya que lo uso para mis vacaciones y las de mis animales, perro y gato, para no tener que abandonarlos o dejarlos en una residencia. Es un compromiso más.

Cuando paseo por las calles de Madrid, entre pitidos y tubos de escape en malas condiciones, miro primero al cielo, gris, sucio, y después miro a1 ocupante y pienso: será padre, será madre, y si lo son, seguramente serán de la opinión de que no hay nada tan grande como el amor que se siente por los hijos. Si es así, creo que va siendo hora de demostrarlo con el intento de dejarles un entorno mejor, enseñando a esos hijos que serán también adultos que el coche es un arma tan letal como el tabaco o las drogas, ya que al cabo del año puede provocar tantos problemas y muertes como ese cóctel de vicios.

Los padres son el espejo donde se reflejan los hijos. Si éstos ven que sus progenitores cogen el coche de forma gratuita, ellos lo harán también en el futuro. Y así llegaremos al justo momento, como ocurre ya en otras ciudades, que parezcamos clones paseando con mascarillas por las calles, habrá hospitales en cada esquina especializados en enfermedades pulmonares y alérgicas, así como secciones de oncología dedicadas sólo y exclusivamente al cáncer de piel.

Dejemos a un lado la aceleración y velocidad con que llevamos nuestra vida, y pensemos, sentados y rodeados de nuestra familia que la naturaleza siempre pasa cuentas aunque parezca un ser inanimado; la naturaleza es precisamente la que por ahora nos está dejando vivir en este planeta Tierra. Y no olvidemos que a veces se le llama madre.

Sí, mi infancia fue muy feliz, mis compañeros de juegos no padecían jamás de alergia, entre ellos no conocí a ningún asmático, no había inundaciones y las estaciones llegaban, una tras otra: invierno, primavera, verano y otoño. Pero poco a poco mi vocabulario cambió, tuve que aprender lo que era la lluvia ácida, el efecto invernadero, el agujero de ozono, factor protector 30 para el sol. Tuve que dejar mi afición a la bicicleta cuando llegué a Madrid.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de diciembre de 2000