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Tribuna:

Espantapájaros

La búsqueda del casticismo madrileño es una tarea condenada al fracaso de antemano porque en Madrid lo castizo sólo existió como realidad virtual, más creada que recreada, en los escenarios de sainete y de zarzuela, género chico en una ciudad de grandes migraciones. La recreación de un Madrid que nunca existió, integrado por chulos, modistillas y viejos verdes, persiste todavía en la retina de algunas instituciones obsoletas como el Ayuntamiento o esa asociación de comerciantes que contrató el pasado domingo a una compañía de comparsas para que, disfrazados, que no vestidos, de madrileñas y madrileños fetén, posaran ante las cámaras fotográficas de los participantes en un maratón cuya meta era capturar la imagen más representativa del carácter y del espíritu de Madrid. Las chulapas y chulapos contratados, que circulaban pretendidamente al desgaire por la plaza Mayor, no hacían más que obstaculizar la búsqueda, ya de por sí dificultosa, de esa imagen ideal, múltiple y evanescente del Madrid de hoy, que, de estar en alguna parte, se situaría a años luz de esa comparsería de ocasión.La fragancia de la naftalina suele acompañar también a la provecta cofradía de castizos que los ediles de Manzano se empeñan en resucitar cuando llegan las fechas más castizas del calendario, animándola con kermesses y concursos de chotis y de mantones de Manila. Desaparecido el último exponente de castizo fetén, don Ángel Matanzo España, de la nómina de concejales, sus antiguos compañeros han perdido el norte. En contra de lo previsto, no hay fieles que depositen redundantes coronas de flores a los pies del monumento a La Violetera y no se ha registrado en los últimos años ningún incremento notable del chotis ni en las academias de baile de salón ni mucho menos en las discotecas de moda. Ponerle chulapos al paisaje urbano de Madrid para recuperar una imagen que nunca tuvo es como soltar figurantes vestidos de torero en los alrededores de la Maestranza de Sevilla, baturros montando guardia junto al Pilar y gaiteros soplando permanentemente en la plaza del Obradoiro. Iniciativas que sólo pueden servir como atracción turística, a la medida de esos viajeros que se sienten profundamente decepcionados cuando comprueban que los nativos de Sevilla no suelen llevar trajes de luces ni batas de cola, o se lamentan por el abandono del taparrabos como indumentaria tradicional de muchas tribus africanas que prefieren los pantalones cortos y las camisetas de marcas comerciales o universidades made in USA. Los castizos madrileños no son una raza en vías de extinción, sino un subgénero teatral presuntamente folclórico cuyas funciones patrocina de vez en cuando el Ayuntamiento a beneficio de la tercera edad. El pequeño comercio tradicional madrileño, el del Rastro y la plaza Mayor, escenarios del maratón fotográfico, ése sí que está en vías de una extinción a corto plazo, de la que no se librará patrocinando esperpentos como éste.

La presencia de estos espantapájaros típicos y peripatéticos como hito obligatorio en el maratón sólo ha servido para desviar la atención y mermar la munición de las cámaras de los maratonianos. Y es una lástima, porque si queda algo del carácter de ese viejo Madrid que merezca la pena recuperar, si existe algún espíritu escondido en alguna parte, quizá se encuentre detrás de los escaparates y de los mostradores de algunos comercios tradicionales que han sobrevivido al siglo XX sin demasiados cambios desde los tiempos de aquellas Fortunata y Jacinta de don Benito Pérez Galdós, autor de una guía inmortal y sentimental del pequeño comercio madrileño.

Para no perderse en ese Madrid y para que ese Madrid no se pierda, en vez de maratones y figurones, los comerciantes asociados deberían editar una guía, gratuita y accesible, de venerables y acreditados comercios de la plaza Mayor y sus aledaños con su historia, y por qué no, con sus géneros, ofertas y precios actuales, con sus imágenes, sus planos y su dirección de Internet.

Luego, si persisten en el empeño, pueden encargar de su distribución por las esquinas a jóvenes actores en paro, disfrazados de castizos, anunciarla con música de organillo y repartir chocolate con churros entre los viandantes que se aproximen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 15 de noviembre de 2000