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Tribuna:LA CRÓNICA

Los 22 años de la 22 JAVIER CERCAS

Se trata de escribir sobre el 22º aniversario de la Llibreria 22, de Girona, que se celebró el viernes pasado. "¿Sobre una librería de provincias?", quizá se pregunte alguien. Pues no: ni una cosa ni la otra, o por lo menos no del todo. La 22 no puede ser de provincias porque Girona no es una provincia, sino sólo un barrio de lujo de Barcelona, y porque la provincia, que fue un invento del XIX, ya no existe: quien a estas alturas de curso no haya entendido que el único provinciano es aquel que todavía cree en la existencia del provincianismo ya no va a entender nada de nada. En cuanto a lo de que la 22 sea una librería, bueno, supongo que eso es un hecho; pero también es un hecho que la 22 es mucho más que una librería. Según cuentan, los que la fundaron lo hicieron porque Guillem Terribas se quedó sin trabajo. Eran sólo un grupo de amigos suficientemente rojos, pero acababan de armarla; el responsable del desaguisado fue, por supuesto, Terribas, que se convirtió en el alma, el cuerpo y hasta en los genitales de la librería, y que además no se conformó con ser un librero, de tal manera que, apenas fundada la 22, no había en muchos kilómetros a la redonda un solo acto vagamente relacionado con los libros o el cine en el que Terribas no metiera el bigote: Terribas -y con él la 22- habla en la radio, escribe en los periódicos, actúa en los escenarios, preside asociaciones de críticos de cine y de libreros, realiza labores de agente literario y de asesor espiritual de escritores en crisis y organiza cada año un premio de narrativa que, por lo menos en sus primeros años, contribuyó de forma nada desdeñable a la aparición de un puñado de buenos escritores en este barrio de lujo. Ya sé que no van a creerme, pero tengo testigos: yo he visto a Terribas presentando dos libros distintos en dos sitios distintos y a la misma hora. Cada viernes y cada sábado, de madrugada, la televisión local de Girona ofrece un programa de porno duro; sus patrocinadores son dos: uno, un local de señoritas llamado La Paloma Blanca; el otro -ya lo han adivinado-, la Llibreria 22."Se trata de escribir sobre una obra literaria que me guste o me parezca importante y escojo una nouvelle famosa, Carmen", se lee al principio de un texto que Jaime Gil de Biedma escribió para el libro con el que la 22 celebraba su décimo aniversario. En estos 22 años ha pasado mucha gente por la 22, pero Terribas se acuerda siempre de Jaime Gil, que en cierto momento fue un visitante asiduo de la librería. Terribas lo recuerda llegando los viernes, con una botella de champaña y dispuesto a pasar el fin de semana en Ultramort, en aquella casa en que soñaba con pasar sus últimos años como un noble arruinado, entre las ruinas de su inteligencia. Luego el poeta daba una vuelta por la ciudad y se iba a Cal Coix, una tascucha del casco antiguo regentada por un hombre sin una pierna, donde los adolescentes de la época -que nos sabíamos sus poemas como si los hubiéramos escrito y que no podíamos imaginar que aquel tipo acodado en la barra con un aire educado de albañil fuera su autor- aprendíamos a beber el vino de las tabernas. Una vez Terribas le preguntó a Jaime Gil por qué le gustaba ir allí. "Para hablar con el Coix", contestó. "Es la persona más inteligente con la que he hablado en mi vida".

Se trata de escribir sobre el 22 aniversario de la Llibreria 22 y la verdad es que no sé qué escribir y por eso hablo de Jaime Gil y del Coix, y hasta se me ocurre que podría hacerlo de Randy Ful, un ex combatiente de Vietnam, trotskista, hemingwayano y medio sonado con quien durante dos años compartí despacho en la intemperie del Medio Oeste, esperando el momento en que Randy aparecería por la facultad con un Kaláshnikov enloquecido al brazo y nos quitaría a todos de enmedio (un día me encontré a Randy empapelando los postes de luz con pasquines que llamaban a una huelga, convocada por él mismo y sólo por él secundada, contra la General Electric; otro día Randy desapareció sin dejar rastro). Yo me he pasado la vida en la Llibreria 22. Nietzsche hablaba de esa gente que necesita para vivir "el calor del establo"; si no me engaño, en la expresión no hay sólo mala leche: hay también, viniendo de Nietzsche, filósofo de intemperie, una secreta punzada de nostalgia. Lo cierto es que entrar en la 22 y sentir la gravitación de los libros y el desorden de los anaqueles y el guirigay de sus despachos es para mí sentir otra vez el calor del establo, porque muchas de las mejores cosas que me han pasado tienen que ver, de un modo u otro, con esa librería. Hace 12 años la 22 celebró su aniversario con un libro y una gran fiesta; esta vez no ha podido ser: me dicen que el viernes hubo un poco de champaña y unas pastas algo pasadas, y que luego la gente se fue a su casa. Algunos, como yo, ni siquiera se acercaron por allí. Corren malos tiempos para las pequeñas librerías: muchas desaparecerán.

Terco aliado de sus enterradores, Vargas Llosa lamentaba hace poco el hecho. No hay nada que lamentar. Somos robots elegíacos: vivimos hacia adelante, pero mirando siempre hacia atrás, con una inflexible vocación de estatuas de sal. No: no hay nada que lamentar. Tarde o temprano, la 22 desaparecerá, igual que desaparecieron Cal Coix y Jaime Gil y mi amigo Randy. No pasa nada: Guillem Terribas va a cumplir 50 años y ya no tiene la energía de antes, y hasta se ha afeitado el bigote para rejuvenecerse un poco, pero también tiene muchos más amigos que antes, y encima más rojos: le vamos a encontrar un trabajo que se van a enterar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de octubre de 2000