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Tribuna:

Carta a un amigo palestino

Querido amigo:En primer lugar, espero que estés bien y que no le haya pasado nada a nadie de tu familia durante las últimas semanas.

Qué extraño y triste resulta que no hayamos hablado por teléfono desde que estalló la violencia, pues hasta ahora, después de cualquier acontecimiento, alegre o triste -han sido muchos los que ha habido durante el proceso de paz-, siempre hablábamos o incluso nos encontrábamos. Y ahora: un rotundo silencio. Tal vez debido al estupor que ambos hemos sentido en estos momentos, un estupor que no nos deja reaccionar y que nos quita fuerza para seguir creyendo; un estupor que quizá nos hace pensar que tal vez nos hayamos equivocado. Puede que el brote de esperanza que veíamos fuera sólo fruto de nuestra imaginación. Quizá la idea de la paz entre los dos pueblos fuera únicamente una ilusión ingenua que surgió de dos "buenas personas" cansadas de guerras, pero que no querían ser conscientes del volcán de odio que se despertaba a sus pies.

¿Es posible que no nos atrevamos a llamarnos porque, en algún lugar del corazón anida el miedo a que el otro, el moderado, el sensato, harto de creer en una posible reconciliación, se haya dejado arrastrar por la ola de odio que nos invade?

No, no creo que esto te haya pasado. Nos conocemos desde hace ya ocho años. Hemos hablado de literatura, de política, de la vida, de nuestra familia. Me resulta extraño dirigirme a ti de esta manera, en público. Acabo de empezar esta carta y siento ya un cambio en el tono en que me dirijo a ti. Con los años fuimos abandonando la forma habitual en que un israelí y un palestino suelen dialogar, esa tendencia a convertirse cada uno en un "representante" de su pueblo; en cambio, ahora, la nueva situación puede llevarnos a volver a hablarnos así -a nuestro pesar-.

¿Sabes? Cuando veo las noticias en la televisión trato siempre de verlas también con tus ojos. Veo a un grupo de palestinos tirando piedras a un puesto militar israelí y observo atentamente a la multitud, pues tal vez me encuentre con el rostro de tu hijo. Yo sé que ese tipo de actos no te gusta, que te opones a cualquier forma de violencia, pero quizá, en esta nueva situación, te sea difícil controlar a tu hijo, un adolescente que sólo era un bebé cuando estalló la primera Intifada y que se ha criado escuchando las historias de las proezas de los jóvenes de entonces. Puede que ahora desee tomar parte en la violenta lucha por la independencia de su pueblo. Contemplo las imágenes de manos alzadas con piedras y unos rostros llenos de odio e ira. Contemplo a los soldados israelíes que apuntan y disparan. Entonces pienso en mi hijo, que dentro de poco tendrá que hacer el servicio militar. ¿También su rostro y su cuerpo se adaptarán a esos gestos de guerra y de odio? Miro, y de repente todos los jóvenes, los vuestros y los nuestros, tienen el mismo rostro y los mismos gestos y, de pronto, me doy cuenta de hasta qué punto este maldito conflicto ha logrado arrebatarnos a nuestros hijos. Todos, absolutamente todos, me parecen soldados de juguete, sin voluntad, al servicio de las manipulaciones de los políticos y del ejército de ambos lados.

Intento pensar qué pasa ahora en tu cabeza, en tu mente realista; trato de verte dentro de una sociedad que, desde fuera, me parece llena de deseos de venganza; te imagino dentro de un pueblo que ahora brama -aparentemente- con una única voz. ¿Tal vez me equivoco y algunos amigos comunes hacen que se escuche su voz? ¿Puede que no me entere porque los medios de comunicación de ambos lados y del mundo entero prefieren mostrar sólo las imágenes más duras con los sectores más extremistas para alimentar el odio entre los dos pueblos? Pero incluso si es por culpa de los medios de comunicación, como se suele decir en Israel, ¿cómo es posible que no haya oído ni siquiera un pequeño gesto auténtico de condena por parte palestina después del horrible linchamiento de los dos soldados israelíes en Ramala? Me refiero a una condena explícita, sin ningún "pero". ¿Y aún así hay que comprender las razones de la ira palestina?

¿Acaso te cuentan allí, al otro lado de la muralla de extrañeza, que aquí, en Israel, a pesar de todo lo ocurrido, aún se oyen voces de personas que se niegan a hablar en primera persona del plural y que se empecinan en preguntarse si realmente Israel ha hecho todo lo que debía por la paz; gente que se plantea qué clase de paz hemos impuesto a los palestinos y si no hemos vuelto a fracasar al mirar la realidad sin apartar nuestro miedo infinito? (Un miedo, en cualquier caso, justificado -grita una voz dentro de mí-, ante lo que vemos, ¡es tan lógico tener miedo!).

Sé que, a diferencia de mí, estás limitado en tu libertad de expresión. Si yo critico el consenso de la sociedad israelí, como mucho alguien escribirá contra mí un artículo de mal gusto en algún periódico, pero tú te arriesgas a que te amenacen físicamente. Aun así, me gustaría tanto hablar contigo y saber qué piensas en estos momentos, si es que se puede pensar algo en medio del ambiente tan revuelto que se percibe fuera y dentro. Todo el día es lo mismo: voy en coche y discuto conmigo mismo; los amigos me cuentan que en la cama con su pareja no hablan más que de política. El alma se contrae. Cualquier argumento que doy es enseguida rebatido con fuerza. La situación es tan complicada que, de repente, me siento oscuramente atraído por opiniones que siempre había criticado. En la calle la gente me increpa: "Lo que creías era sólo un sueño. No se puede hacer la paz con los palestinos. ¿Cómo se puede creer en Arafat, que ha firmado cuatro acuerdos donde se compromete a evitar el uso de la violencia? ¿Cómo se puede confiar en bestias como las que lincharon a los dos soldados israelíes? Fue un gran error darles armas a los palestinos, pues ahora nos disparan y nos matan con ellas".

No sé cómo será allí, pero aquí, amigos y familiares que siempre creyeron en la paz y pensaban que esos deseos de paz habitaban igualmente entre la mayoría de los palestinos, sienten ahora que su corazón se ha roto y piensan: "¿Qué sentido tenía ofrecerle tanto a Arafat y hacer concesiones incluso con respecto a Jerusalén, cuando él anima una violencia como ésta, cuando no hay ninguna seguridad de que, en el caso de que quisiera, pudiera controlar a su gente y cuando en las escuelas de la Autoridad Palestina y en las mezquitas se sigue alentando la destrucción de Israel?".

Ahora los israelíes dicen -lo puedes oír en cualquier sitio- que, aunque se les devolvieran todos los territorios a los palestinos, se acabase con todos los asentamientos de colonos y se les diera todo Jerusalén Este, al día siguiente reclamarían el resto de Jerusalén, Haifa, Jaffa, y siempre tendrían otro pretexto para justificar la violencia, alimentar el odio y la voluntad de arrojar a todos los judíos al mar. Tengo respuestas a estas cuestiones, unas respuestas que creo que siguen siendo realistas; no obstante, ahora, en momentos tan llenos de odio, siento que mis respuestas -lógicas- han perdido mucha fuerza.

De pronto, en un arrebato de desesperación y de soledad, te llamo por teléfono. Enseguida reconoces mi voz. Siento un alivio en tu voz. Hablamos un buen rato. Tu familia está bien, pero en la casa de al lado ha muerto un niño. Yo te cuento que en Jerusalén, en el barrio donde vive mi hermano, se han oído disparos esta noche. Parece que los dos queremos mantener una cierta "simetría", un "equilibrio en la información", pero eso, ni equilibra ni consuela; aun con todo, actuamos todavía como "representantes". Noto tu voz alterada. Nunca te había oído así. Es como una pesadilla, dices, nunca la situación había estado tan mal y es imposible saber cómo, adónde, nos va a llevar todo esto. Culpas a Israel por el modo en que ha prolongado las negociaciones durante años, sin respetar los acuerdos de Oslo. Hablas de que es imposible alcanzar la paz si no se destruyen todos los asentamientos de colonos, y me dices que durante las conversaciones de paz Israel ha humillado a los palestinos y que se les ha exigido que considerasen la situación política interna de Israel, cuando Barak no tenía en cuenta para nada la difícil situación en la que se hallaba Arafat, por lo que Israel ha tratado de imponerles una paz con unas condiciones que ningún palestino, ni el más moderado, habría aceptado.

Tienes razón cuando dices que la forma en que Israel ha llevado las negociaciones ha sido prepotente y reflejaba un gran temor y la incapacidad de ver la situación también desde la perspectiva de los palestinos. Hace años que pienso que el acuerdo de paz, tal y como se trazó en Oslo, fue fruto de cierta imposición por parte israelí y que la realidad que sale de él no puede conducir a unas buenas relaciones de vecindad. No obstante, te digo que observes el cambio que se ha producido en Israel en relación con la paz desde Oslo y, sobre todo, durante el último año, bajo el Gobierno de Barak. No puedes negar el coraje de este hombre, su disposición -que maravilló y también enfadó a muchos israelíes- a entregar la mayor parte de los territorios ocupados y a renunciar a zonas de Jerusalén, el corazón del pueblo judío. ¿No sabes, como yo, que pasarán muchos años hasta que surja un dirigente israelí que sea tan valiente y que a la vez despierte la confianza de los israelíes? Sabes que, si desperdiciáis esta oportunidad, os tendréis que enfrentar a Sharón, o incluso a Netanyahu.

Yo conozco mis argumentos, y los tuyos me sirven de respuesta. Sé cómo piensas, pero aun así, ambos nos sentimos como si tuviéramos que repetir nuestras opiniones -a las que nos vemos atados- como si intuyéramos que nuestra forma de pensar nunca va a llevar a la solución del conflicto. Es una sensación humillante, en la que nosotros -el "israelí" y el "palestino"- sólo somos dos actores condenados a subir al escenario, generación tras generación, y representar una grotesca tragedia, cuya última escena nadie consigue escribir.

Lo que hoy me aterra, dices, es que ya no es un enfrentamiento entre políticos o entre el Ejército israelí y la policía palestina, sino entre dos pueblos, entre ciudadanos, y lo peor es que, tras la visita de Sharón a la Explanada de las Mezquitas, hemos vuelto a una lucha religiosa, tribal, salvaje.

No obstante, me parece que la vuelta al conflicto religioso no se debió a la visita de Sharón, sino a Arafat, ya que, hace unos tres meses, en las conversaciones de Camp David, dijo que no podía firmar un acuerdo sobre Jerusalén, porque él representaba no sólo a los cinco millones de palestinos, sino a todos los musulmanes del mundo. A partir de ese momento, creo que empezó a desvanecerse la posibilidad de alcanzar la paz, al introducir Arafat el factor religioso en el conflicto. Tú y yo sabemos que el fanatismo religioso -ya sea judío o musulmán- es nuestro verdadero enemigo. Ninguno de los dos podría vivir en libertad bajo un régimen fundamentalista; de hecho, lo que separa, en realidad, a la mayoría de los israelíes y de los palestinos no es el pertenecer a dos pueblos distintos, sino el extremismo religioso, que marca la diferencia entre los moderados y los fundamentalistas de ambos lados. Por eso, ése ha de ser uno de los motivos principales para llegar a un acuerdo -casi a cualquier precio-, para debilitar el fanatismo religioso que ahora ha resurgido con tanta fuerza.

De toda formas, nosotros no podemos aceptar las soluciones que nos ofrecéis, me dices. No, mientras haya asentamientos de colonos, mientras lo que recibamos, después de una lucha tan prolongada, sea un Estado pequeño donde no tengamos control sobre el agua, un Estado despiezado por cientos de carreteras israelíes y puestos de control del Ejército; no puede haber paz cuando cada vez que subo la persiana por la mañana tengo que ver un asentamiento judío en la cima de una montaña. ¿Sabes que los colonos me llaman por teléfono cada noche y me exigen que me vaya de mi ciudad? Ellos, que vinieron aquí hace tan sólo veinte años.

Seguimos hablando, compartiendo una misma sensación, asustados de lo que pasa a nuestro alrededor. Es como si quisiéramos pasarnos una vela encendida en medio de una gran tormenta. Intento convencerte de que a los palestinos les conviene aceptar ahora el acuerdo, a pesar de sus carencias. Soy consciente de la contradicción moral que esconden mis palabras, pero la otra alternativa es mucho más peligrosa. Recuerdo que, cuando Naciones Unidas hizo en 1947 la famosa "propuesta de partición", los judíos la aceptaron pese a que eso suponía tener un Estado diminuto, fragmentado e ilógico desde un punto de vista estratégico, pero gracias a eso se creó el Estado de Israel; en cambio, los palestinos no aceptaron la partición: el resto de la historia ya lo conocemos.

No será una paz justa -lo reconozco-, pero por ahora no se puede desear más. Tal vez, después, con el paso de los años, cuando remita el odio, cuando se empiece a consolidar la convivencia, cuando los dos pueblos confíen el uno en el otro...

Quiero que sepas, me dices, lo mucho que me estremecí al ver el linchamiento de los soldados israelíes. Fue espantoso. La culpa es de la policía palestina -me dices-, pues no importa cómo llegaron hasta allí los israelíes: desde el momento en que personas desarmadas están bajo tu protección, debes protegerlas. No debe de ninguna manera repetirse un hecho tan horrible como ése. A pesar de nuestra lucha -me dices-, debemos mantener el respeto a la dignidad humana.

Te pregunto si hay otra gente que piensa como tú y me respondes que la mayor parte de los palestinos condenaron el linchamiento. Pero a mí me cuesta creerte. Aún están muy recientes en mi memoria la imagen del rostro de los asesinos, vuestros aullidos salvajes y esas manos manchadas con la sangre de las víctimas y alzadas con orgullo. De repente, me acuerdo de aquella conversación que mantuvimos en una cafetería de Jerusalén no hace mucho tiempo, antes de que el mundo se volviera loco. Entonces comentábamos que el acuerdo de Oslo fue posible porque tanto Rabín como Arafat comprendieron finalmente, tras muchos años de lucha, que este conflicto mina los cimientos fundamentales de los dos pueblos, pues despierta la violencia y la brutalidad y, al final, eso puede destruirlos por completo. Entonces me recuerdas que dijimos una cosa más: sabíamos que el proceso de paz sería muy "amargo" y que se toparía con muchos actos de violencia, por ambas partes, con muchos enfrentamientos que harían que israelíes y palestinos clamaran al cielo con ira y dolor: "¡Veis cómo no podíamos confiar en ellos! ¡Para esto hicimos concesiones! ¡Nunca podremos vivir en paz con ellos!".

Y así ha sido. Pero nunca se había llegado hasta este punto.

Por un momento interrumpes nuestra conversación y le dices a tu mujer que saque lo que has metido en el horno. Oigo de fondo las risas de tus hijos. Eso no sale en televisión.

Después me dices: mira, nosotros y vosotros somos dos pueblos demasiado sentimentales, y nos dejamos llevar fácilmente por las emociones. Por eso dependemos tanto de cómo nos guíen nuestros líderes. Yo creo, dices, que los palestinos deberíamos cambiar nuestra forma de luchar. No es bueno mandar a los niños a tirar piedras, ni tiene sentido que lo hagan los adultos. Los palestinos debemos luchar sin utilizar la violencia, para evitar la pérdida de vidas humanas, pero también porque nuestro comportamiento hace que os sintáis amenazados, y entonces reaccionáis con más violencia y no queréis escucharnos. Por ese motivo los palestinos tenemos que empezar a manifestarnos de forma pacífica y tal vez así podamos hacer que comprendáis lo que sentimos

Pero también vosotros debéis cambiar: no podéis exagerar diciendo que esta situación supone un riesgo para la existencia del Estado de Israel. En eso llevas razón, te digo, aunque no hay que olvidar la violencia que empleáis contra los soldados israelíes. Pero es verdad lo que dices. Creo que este conflicto ha sacado a la luz el profundo miedo que siente Israel a dejar de existir. Puede que ésa sea vuestra tragedia, pues los palestinos tenéis que tratar con un partner complicado (aunque crea que es el más dócil, flexible y clemente que existe), un partner con una historia larga y trágica que hace que no existan en el universo instrumentos suficientes para hacer que se sienta seguro y sin el miedo a dejar de existir.

-Si estuvierais más seguros de vosotros mismos -dices-, no habríais disparado contra la multitud de palestinos. Fíjate en toda la fuerza que habéis empleado contra nosotros.

- "La paz de los valientes"- te digo

-¡Ah! -suspiras de pronto-, Politicians are ruthless.

-¿Eres capaz de hacer algo estos días?- te pregunto.

-Cómo. ¿Quién puede pensar ahora?

-Por lo menos, podrás comentar lo que piensas en público, con otra gente.

-No, y desde luego no como antes. Pero estoy seguro de que la mayoría de los palestinos piensa como yo. Mira, la gente aquí sabe que la paz es necesaria. No todos están conformes con lo que está pasando. Hemos perdido a más gente que vosotros. Debemos cambiar. A fin de cuentas, tendremos que convivir, no vamos a estar siempre matándonos los unos a los otros.

-Viviremos juntos -digo- y al final habrá paz entre nosotros, pero siempre será una paz frágil, siempre habrá un volcán a punto de estallar bajo nosotros.Tendrán que pasar tal vez cien años hasta que vivamos en paz, como Inglaterra y Francia, o como Francia y Alemania. Pero hasta entonces, ¿qúe podemos hacer hoy?

-Hoy no podemos hacer nada -dices-, hoy la sangre se vierte entre vosotros y entre nosotros. Hay que esperar unos días y esperar que las aguas se tranquilicen. Entonces, decidiremos qué hacer.

Y así, quedando en hablar más a menudo, nos despedimos.

Querido amigo:

Al final de nuestra charla dijiste lo mucho que te alegrabas de haber hablado conmigo. A mí también me ha alegrado y me ha aliviado por primera vez desde este último estallido de violencia. Pero no creo que tus opiniones moderadas representen la opinión de la mayoría de los palestinos, del mismo modo que yo no represento hoy en día la postura de la mayoría de los israelíes. No obstante, no cabe la menor duda de que opiniones como la tuya y la mía son las que durante todos estos años han impulsado el proceso de de paz. Creo también que finalmente estas opiniones se impondrán sobre el fanatismo, que ahora parece tan fuerte. Tal vez hablar ahora de paz resulte hablar de una ilusión, pero frente a esta quimera sólo hay un camino: el camino del odio y del derramamiento de sangre; por ese camino ya hemos andado muchas veces durante los últimos cien años y ya sabemos adónde nos conduce; en cambio, apenas hemos caminado por el sendero de la paz. Quizá en el futuro, cuando las heridas hayan cicatrizado un poco, nos atrevamos a volver a caminar por la senda de la paz.

David Grossman es escritor israelí, autor, entre otros libros, de Presencias ausentes: conversaciones con palestinos en Israel. Próximamente se publicará en la editorial Tusquets El libro de la gramática interna.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de octubre de 2000