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Tribuna:

El Nobel

La China milenaria dio gran importancia al supremo despotismo azaroso del Emperador. A diferencia de los malos recuerdos que quedan en Occidente sobre los Gobiernos totalitarios o absolutos, en China persiste una mística respecto a las decisiones extremas y, además, arbitrarias. Más aún: la cúspide de un poder habría perdido credibilidad y eficacia si no se manifestara en ordenanzas absurdas, requerimientos veleidosos y obligaciones estrafalarias. Las sinrazones del poder imperial se constituyen, por sí, en la prueba implacable de su extraordinaria fuerza. Porque así como la Naturaleza, a través de sus cataclismos, es capaz de sembrar la destrucción total sin ofrecer la mínima justificación por sus obras, el Emperador encarna el sentido superior cuando es feroz o dulce, injusto o piadoso sin fundamento. Esta ecuación de poder basada en lo inescrutable es la misma que emplea de vez en cuando la Academia Sueca para repartir premios de Literatura. En general, la institución se mantiene, durante sucesivas ediciones, cultivando lo esperable pero, de pronto, como en la teoría del caos, elige a un poeta maorí o cheyén para mostrar, ante el asombro mundial, su poder infinito. El galardonado este año, Gao Xingjian, al que nadie, incluidos los vecinos, lo consideraba escritor, publicó tan sólo sus textos en una modesta editorial de Aix-en-Provence, y resulta ser a lo que parece, ante todo, un hacendoso pintor. En suma la Academia ha cumplido, mediante su extraña designación, la abstrusa ley imperial de la omnipotencia. Efectivamente este chino no ha hecho más que redactar lo que escriben desde hace siglos los chinos de su generación y las precedentes: el viaje hasta los orígenes de su cultura milenaria con Confucio al fondo. Lingshan (La montaña del alma), su obra mayor, brinda por ser tópicamente china un factor que le favorece. Lo chino se lleva ahora desde el perfume en L'Oréal a las geomancias del feng shui, la moral de Mencio o la ropa de David Tang. La Academia Sueca necesita estar al día, orientarse. ¿Y qué mejor coartada hoy, entre el caos, que una figuración de Oriente?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de octubre de 2000