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Contra ETA, sin perder el norte JOAN B. CULLA I CLARÀ

Sostuve el pasado viernes, en este mismo espacio, que entre otros muchos efectos, todos ellos perniciosos, el terrorismo de ETA hipoteca y sabotea la posibilidad de un debate ideológico-político sereno sobre cualquier asunto que, de cerca o de lejos, pueda relacionarse con la situación en Euskadi. Antonio Elorza, con su airada réplica (Terrorismo y nacionalismo, EL PAÍS, 5 de septiembre) a una respetuosa alusión mía, ha venido a darme una razón que hubiese preferido no tener. Se convendrá conmigo en que cuando, al rebatir tus opiniones sobre la problemática vasca, alguien arguye verosímilmente que, por defender las suyas, pueden matarle, la continuación del diálogo resulta bastante incómoda. ¿Acaso por el mero hecho de discrepar de ciertos juicios del profesor Elorza estaré siendo cómplice de los pistoleros? Después de detenido examen, creo honestamente que no y, desde esta convicción, me atrevo a prolongar la polémica.Como otras plumas mucho más reputadas que la mía (Haro Tecglen, Solé Tura, Vázquez Montalbán...) han tenido ocasión de comprobar sin salir de las páginas de este diario, la divergencia siquiera menor respecto del "pensamiento único antiterrorista" acuñado tras la reanudación de los crímenes etarras resulta últimamente un ejercicio arriesgado, pues los celadores de ese dogma que tienen por oráculos a Aznar y a Mayor Oreja te pueden llamar cualquier cosa excepto guapo. Por mi parte, no debo quejarme: Elorza me acusa sólo de cultivar el "pensamiento reaccionario", de escribir disparates y de proyectar contra él mi "inseguridad". Podría haber sido peor.

Si de los piropos pasamos a las ideas, Antonio Elorza cree haber encontrado la clave de mi heterodoxia en el "catalanismo" y en los vínculos de éste no sólo con los "primos" del PNV, sino también con los "sobrinos de ETA-EH-HB" (sic). En cuanto a lo primero, si es evidente desde hace largos meses que la estrategia de la Declaración de Barcelona no rige ya para Convergència Democràtica ni para Unió Democràtica, mucho menos va a regir para este modesto articulista, que nada ha tenido que ver con ella. Lo de los "sobrinos" es, corto y claro, una insidia. Establecer cualquier clase de parentesco entre el nacionalismo democrático catalán -que, afortunadamente, lo es en su totalidad- y el conglomerado terrorista vasco resulta tan burdo como si yo quisiera emparentar a Felipe González, Enver Hoxha, Nicolae Ceausescu... y Antonio Elorza sobre la base de que todos ellos se han reclamado del socialismo y todos leyeron a Marx. Jamás me atrevería a hacerlo porque eso sí sería recurrir a la amalgama típicamente reaccionaria que Elorza denuncia y en la que incurre.

Salta a la vista que el profesor Elorza quiere castigarme, pues me prescribe, entre otras arduas lecturas para este final de verano, a Sabino Arana y a Hitler. Por fortuna, y por imperativo profesional, están leídos desde tiempo atrás, y en múltiples ocasiones he citado el célebre texto de Arana Errores catalanistas (1894) para ilustrar la distancia sideral entre dos culturas políticas nacionalistas coetáneas, la vasca y la catalana; creo que el propio Xabier Arzalluz se encargó de reiterar esa diferencia en recentísimas declaraciones a un semanario austriaco. Sin veleidad filosabiniana de ninguna especie, pues, sigue pareciéndome insostenible en términos históricos considerar a Arana Goiri un nazifascista avant-la-lettre, y no creo que la difusión de sus ideas sea equiparable en tiempo, forma ni contexto a las de Hitler o Mussolini. Pero supongamos que yo esté equivocado y Elorza tenga razón, que el legado de Arana sea una "religión política" -una doctrina y un partido- "de signo totalitario" que es preciso desarticular. Entonces, ¿qué han estado haciendo todos los demócratas y progresistas de España, desde 1976 acá, junto a ese PNV intrínsecamente "totalitario" de Arana y Arzalluz? ¿Cómo han podido compartir con él plataformas unitarias, organismos preautonómicos, consejos de gobierno, pactos municipales y mayorías parlamentarias hasta hace cuatro días?

En otro pasaje admonitorio de su réplica, el profesor Elorza me recomienda que, tratándose de asunto tan delicado, "piense dos veces lo que "escribo". Es un buen consejo, aunque reversible. Por mi parte, le invito a reflexionar acerca del efecto que frases suyas como la del "imaginario contencioso montado en cartón piedra por Sabino Arana", o la de "las fieras que salen de las ikastolas" tienen sobre lectores de Madrid, Cáceres o Alicante, personas sin ninguna experiencia de la realidad vasca, que no han visto jamás una ikastola ni siquiera han leído ninguno de los libros de mi distinguido colega. ¿Cree que tales expresiones mejoran en algo los datos del problema, o contribuyen más bien a enconarlo y acentúan la visión caricaturesca del País Vasco desde el resto del Estado?

Para no ser menos que mi contraopinante, tampoco yo quisiera terminar sin antes sugerir alguna lectura complementaria. Poca cosa, no teman, apenas un artículo. Un excelente artículo, ponderado y lleno de matices, que apareció en EL PAÍS el 21 de febrero de 1984 bajo el título Euskadi, la nación y la historia, donde la génesis del nacionalismo vasco se explica históricamente, sin analogías hitlerianas ni acusaciones de superchería -"las naciones no vienen dadas ni pueden ser producto de una mente cargada de pasión", "Sabino Arana no inventa apenas nada. Tiene los sumandos y da el total"- y que concluye con la glosa de "un proceso de construcción nacional, cuya voluntad de realización, por encima de todas las carencias y fracturas internas, resulta patente en la sociedad vasca de hoy". El autor del artículo es un tal... Antonio Elorza.

Joan B. Culla i Clarà es profesor de Historia Contemporánea de la UAB.

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