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Espía contra el servicio de Su Majestad

David Shayler, un ex agente británico que acusa al MI6 de intentar matar a Gaddafi, se entregó ayer en Dover

David Shayler, ex agente del servicio secreto británico, regresó ayer al Reino Unido sin retractarse de la serie de acusaciones contra la actuación de los servicios de espionaje (MI5 y MI6), donde trabajó durante cinco años y que le han costado la detención. El renegado espía acusa a sus antiguos jefes de organizar un fallido atentado contra el coronel Muammar el Gaddafi, de sendos fracasos en la lucha contra el IRA y de archivar información confidencial sobre miembros del Gabinete de Tony Blair. "Soy un patriota, no un traidor", protestó minutos antes de su detención en el puerto inglés de Dover.Shayler preparó con cautela su regreso voluntario del exilio parisino. Viajó con su familia, con su leal novia, la también ex espía Annie Machon, y una avanzadilla de los medios de comunicación británicos en un transbordador desde el puerto francés de Calais a la costa inglesa. "Amo mi país", dijo frente a los acantilados de caliza blanca de Dover, símbolo, como ningún otro enclave histórico, del patriotismo anglosajón. A sus 34 años, y con una orden de detención por violar la legislación sobre secretos del Estado, Shayler reiteró las alegaciones desveladas a la prensa sobre la responsabilidad de los servicios secretos en un fallido ataque con bomba contra Gaddafi en el que, alega, murieron personas inocentes.

Agentes de Scotland Yard aguardaban en Dover la llegada del ex empleado del MI5, la agencia de espionaje nacional, cuya insistente actitud de rebeldía coloca al Gobierno de Blair en la misma situación embarazosa que sufrió Margaret Thatcher con la publicación, en 1986, de las memorias del espía Peter Wright, Spycatcher. "Es pura fantasía", denunció en el Parlamento de Westminster el ministro de Exteriores, Robin Cook, respecto al presunto plan mortal contra el presidente libio.

Una vez en Londres, los detectives de Scotland Yard iniciaron el interrogatorio en relación con sendas infracciones a la Ley de Secretos Oficiales, de 1989, que prohíbe desvelar información o documentos internos a los empleados, presentes y pasados, de ambas agencias de espionaje.

Shayler confía en evitar la prisión preventiva en virtud a un acuerdo alcanzado días atrás con la fiscalía del Estado. Guarda también esperanzas de ganar el probablemente inevitable juicio con argumentos basados en la Convención Europea en Derechos Humanos, que se incorpora a la legislación británica a principios de octubre. La vista judicial será un embarazoso contratiempo para el Ejecutivo y una plataforma para airear una vez más las alegaciones de incompetencia e ineficacia que Shayler achaca a sus antiguos jefes. "Seré un prisionero de conciencia", dijo ayer ante la posibilidad de pasar hasta cuatro años entre rejas.

Shayler cuenta ya con un triunfo en la mano. En 1998, un tribunal de París rechazó extraditarle tras juzgar la petición británica como "políticamente motivada". Londres le perseguía desde el año anterior, cuando huyó del país tras divulgar en un rotativo que el MI5 guardaba archivos, por supuestas "acciones subversivas" en los años sesenta, del actual ministro del Interior, Jack Straw, y de su colega en Irlanda del Norte, Peter Mandelson. Los servicios de espionaje vigilaron también, de acuerdo con Shayler, al ex Beatle John Lennon o, entre otros, a los miembros del grupo Sex Pistols.

Las denuncias más controvertidas salieron a la luz en vísperas de su detención en Francia, en agosto de 1998. Shayler alegó que el MI6, la agencia de espionaje exterior, gastó más de 100.000 libras (unos 280 millones de pesetas) en un atentado con bomba contra Gaddafi. El domingo pasado acusó directamente a dos ex colegas de participar en la fallida operación. Al mismo tiempo, el renegado espía sugiere que la falta de coordinación entre las diferentes agencias impidió frustrar la acción mortal del IRA en la City de Londres en 1993 y, un año más tarde, un ataque contra la Embajada de Israel en la capital británica. "Es un escándalo que le detengan por decir la verdad", dijo ayer su novia. El resto de sus admiradores confían en que el llamado caso Shaylergate sirva, al menos, para reformar los servicios de espionaje y enmendar una legislación que consideran obsoleta y contraria a la libertad de expresión.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de agosto de 2000