La catedral de la huerta

En el Mercado Central de Valencia es donde se sustancia el mito de la "lujuriante huerta" valenciana, que por supuesto es falso. De cualquier modo, hasta aquí llegan las cosechas de una huerta cuya fertilidad floral ha sido sobredimensionada por varias generaciones de poetas en base a una mala traducción del latín que dio por Turia lo que era Duria (Duero). El eco ditirámbico de aquella anomalía todavía inunda las instancias oficiales y nutre la retórica de los mantenedores, creando una burbuja fatua. Sin embargo, aquí, bajo el cimborrio de cristal casi catedralicio, los productos se muestran no solamente como si la leyenda fuese cierta, sino que la intensifican.De la misma forma que la eficacia de la huerta se logró más en base al aprovechamiento de los escasos recursos y al trabajo que a la predisposición natural del suelo, el secreto de la vistosidad de las cosechas está más cerca de la gestión que se hace de la mercancía que de otra cosa. La arquitectura lograda con las frutas, las veduras y las hortalizas por los vendedores en los escaparates de sus puestos resalta el producto con tanta eficacia que hasta logran emparentarlo con la joyería.
Pero este resplandor hortofrutícola es muy peligroso. La acumulación de perfumes y colores, condensada en una densidad formidable, nubla los sentidos, incluso a menudo provoca lipotimias y otras desgracias no menos truculentas. Le ocurrió sin ir más lejos al pintor cubano Mederos, quien visitó esta catedral acompañado por el también artista plástico Uiso Alemany. Acostumbrado a la escasez del bloqueo, le estallaron los sentidos, se desplomó sobre el suelo de baldosín hexagonal y quizá estuvo varios días delirando.
Este templo se construyó en 1928, catorce años después de ser colocada la primera piedra, siendo alcalde el marqués de Sotelo. Graves problemas presupuestarios dilataron sus obras. Al final, costó unos 19 millones de pesetas de la época, y sus arquitectos fueron Francisco Guardia Vidal y Alejandro Soler March, ambos procedentes del estudio barcelonés de Luis Doménech, que le dieron el toque genuino del modernismo catalán que resuelve su elegancia.
En la superficie de esta catedral huertana de algo más de 8.000 metros cuadrados, con dos naves de estructura metálica que se cortan en ángulo recto, se alojan unos 1.200 puestos de venta animan el ritmo de la ciudad. En sus mostradores se representa a diario una liturgia comercial envolvente que no repara en barras de labios ni alajas y despliega delantales almidonados como banderas. El espectáculo no defrauda al escenario que lo acoge, y conforma un todo muy vivo. Este mercado está considerado como uno de los más grandes de Europa y es a la huerta lo que el IVAM al arte moderno. Incluso más sabroso.
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