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Tribuna:

Precisiones a un recorrido gráfico

JOSÉ LUIS MERINOLlegaron de Barcelona y montaron la exposición con obra gráfica de artistas de renombre. Allí están los Picasso, Miró, Tàpies, Chillida, Francis Bacon, Clavé, Giorgio de Chirico, Lichtenstein, Andy Warhol, Rotella, Miquel Barceló, entre otros, en torno a modalidades de aguafuerte, litografías y serigrafías. Se trata de la Galería 33, transformada durante el mes de agosto en la galería bilbaína Abad Agirre (Ajuriaguerra, 23).

Sobre ser una muestra interesante, hay algunos puntos que conviene desbrozar. Por ejemplo, el que siendo, como es, una galería catalana no hayan presentado obras gráficas de Tàpies de mayor esplendor y enjundia. Lo mostrado es decepcionante, excepto una litografía en tono rojos y amarillos. Por otro lado, lo que da nombre a Francis Bacon parece ajeno a su peculiarísima estética. Es una pieza confusa y hasta insuficientemente próvida. En cuanto a la presunción de que sea grabado, quienes saben de esto aseguran que la obra gráfica de Bacon se ha cimentado toda ella únicamente en la técnica del offset, de muy alta calidad, eso sí.

En cuanto a las dos serigrafías de Warhol, al no llevar los números de la tirada de la edición ni la firma correspondiente del autor, siempre crea interrogantes sobre genuinidad originaria. Pese a que se argumente que esto era una norma establecida por el artista y su marchantería, no deja de ser chocante. Respecto al grabado de Giorgio de Chirico, nos hace pensar que sea del metafísico italiano tan sólo por el tema, puesto que la factura enseña unos trazos pedestres y no poco balbucientes.

De los dos grabados de Picasso, uno de ellos recuerda a la Suite 156, aquella serie tan hermosa, vitalista y procaz que hiciera el malagueño con noventa años cumplidos. Es una obrita deliciosa. Como lo son algunas litografías de Joan Miró. También nos gustó el décollage de Mimmo Rotella, quien en su Manifesti lacerati aseveró lo siguiente: "Arrancar carteles de las paredes es el único recurso, la única protesta contra una sociedad que ha perdido su gusto por el cambio y las transformaciones chocantes".

Eduardo Chillida está representado con aguafuertes, litografías y serigrafías, siempre con ese grado de perfección y rotundidad en la ejecutoria que imprime a todas sus creaciones el escultor donostiarra. Añadamos que por las paredes cuelgan cinco serigrafías del simplista, gélido e irónico artista pop americano Roy Lichtenstein. Se dejan ver con agrado. No pasa lo mismo con el aguafuerte de Miquel Barceló, dado que es muy poco relevante, o, por mejor decir, viene a ser una obra del montón. Como lo son la mayoría de las que llevan la firma de Rafael Canogar, un artista cambiante y disperso como pocos.

Un aparte merece lo que se puede encontrar fuera de las obras enmarcadas y colgadas. En una carpeta se guardan unas cuantas piezas de enorme interés. Allí están algunas serigrafías de Karel Appel. Sobre detonantes colores primarios, completamente planos, el artista holandés, miembro del otrora famoso Grupo Cobra, pone en el papel serigráfico sus trazos gestuales tan peculiares. Recuerda a obras suyas tituladas, Pareja de circo y Buenos días (las dos de 1969) y Cabeza en las nubes (1972). Son como gritos lúdicos de alto voltaje. Una litografía de Marc Chagall, de corta tirada, otorga a la carpeta una gran prestancia, sin olvidarnos de un espléndido aguafuerte de Roberto Matta Echaurren y unas solventes litografías de Antonio Saura. A esa carpeta hay algo que la contamina, y es un dibujo de Dalí que tiene todos los visos de ser presuntamente inauténtico.

Este acontecimiento expositor debe animar a los bilbaínos que sean coleccionistas de obras gráficas a visitar otras galerías de aquí. Encontrarán en ellas piezas de gran calidad, de autores de gran nombradía, además de artistas de nuestro entorno. Más de una sorpresa llegarán a toparse quienes por ese cosmos gráfico deambulen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de agosto de 2000