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Reportaje:

San Fermín de los cohetes

Una explosión pirotécnica sobre el público causa heridas a seis personas que festejaban al patrón de Pamplona

La víspera del 7 de julio -San Fermín- se celebra en Madrid con centenares de pañuelicos rojos. Pero sin encierros a la pamplonesa. Ni toros. "Aunque ayer vimos aquí un buen capotazo", dice el abogado navarro Javier Lizarza. "Fue el capotazo que nos echó san Fermín, porque, si no nos lo echa, aquí habría habido una tragedia", comenta. Se refería así a un hecho cargado de riesgos, acaecido muy poco antes. Seis adultos fueron heridos, dos de ellos de gravedad, por la explosión incontrolada de media docena de cohetes en medio de un grupo abigarrado de personas, entre ellas una decena de niños, que asistía a un festejo sanferminero.El escenario era el pórtico de la iglesia de San Fermín de los Navarros, un templo del barrio de Chamberí regentado por frailes franciscanos en la calle de Eduardo Dato. Los hechos ocurrieron de la siguiente forma: Nieves Covarrubias, de Pamplona, provista de un cigarro habano encendido acababa de prender la mecha del chupinazo. Tal es el nombre del cohete cuyo estallido marca el comienzo de los sanfermines. El artefacto pirotécnico lo portaba Cruz Baleztena, de Pamplona, sobre una plataforma de madera. Cruz mantenía en su otra mano un manojo de media docena de cohetes.

Entonces, fray Daniel Elcid, de Olite, con su hábito marrón y su pañuelico al cuello, se acercó a Nieves, tomó el cigarro encendido y prendió otro cohete. La escena la contemplaba a escasa distancia Antonio Ezcurra, superior de los franciscanos de la iglesia, con camisa a rayas y pañuelo rojo en la garganta. El explosivo alzó el vuelo, pero fue a dar sobre la fachada y comenzó a dar tumbos. Cayó sobre el público. Al mismo tiempo, Cruz Baleztena intentaba prender otro cohete más, pero, atento a los tumbos dados por el anterior, encendió la mecha de otro artefacto sin separar su otra mano cargada de cohetes. Por un fenómeno denominado simpatía, según algunos; por mero despiste, según otros, ardieron las mechas de hasta seis cohetes que Baleztena asía con fuerza.

Los explosivos comenzaron a reventar en su mano y salieron luego enfilados en dirección al público. Algunos niños, vestidos de blanco y con sus pañuelicos rojos, se llevaron las manos a la cara y la volvieron hacia sus madres, que los estrecharon contra su pecho.

La pirotecnia zigzagueba entre el público, que, a la carrera, intentaba protegerse en el vallado y angosto atrio exterior del templo.Una nube de humo cubrió a los congregados. Al despejarse, el humo dejó ver el cuerpo del superior Antonio Ezcurra. Acababa de caer de espaldas, pesadamente, sobre la escalinata del templo. Estaba aturdido. Los reunidos contemplaron con horror que en su garganta no sólo era rojo su pañuelico sanferminero: con la camisa quemada a la altura del hombro, Ezcurra trataba de detener la hemorragia que brotaba de su cuello. Sus gafas se habían roto y yacía boca arriba, consciente y con fortísimos dolores provocados por las quemaduras. Apenas dijo un ay. Estoicamente aguantaba el dolor que tajaba su garganta.

En el tumulto, un camarógrafo de la cadena de televisión Antena 3 sufrió un empellón. Su cámara cayó con estruendo sobre la espalda de una mujer que lanzó un grito de dolor. Begoña de Jiménez, que huía igualmente de las explosiones, sufrió entonces una caída y se hirió en la pierna izquierda, mientras Pilar Aiso, de Pamplona, que asistía al chupinazo con un par de sobrinos pequeñitos, muy juiciosos, recibió una herida en la nalga derecha. Luis Magán, periodista gráfico de EL PAÍS, que se hallaba con su cámara a un metro de los cohetes, sufrió una herida incisa en el brazo izquierdo.

Cuando intentaba hallar una explicación a lo sucedido, Cruz Baleztena descubrió que tenía la mano izquierda prácticamente desollada por el estallido de los cohetes. "Esto de los cohetes es un misterio, como una aventura", aún bromeaba. No se daba cuenta de la gravedad de su herida hasta que comenzó a dolerle rabiosamente.

Había gente que se levantaba del suelo, con un sofoco tremendo. "Joder con los cohetes", farfullaba por el suelo un anciano que aseguraba ser de Tafalla. "Y menos mal que no han traído los misiles, que si no...", bromeaba.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 2000