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Tribuna:

¿Perú im-posible?

Las elecciones presidenciales peruanas han resultado fallidas. Cuanto antes se corrijan los perniciosos efectos, mejor será para el país. El candidato a la presidencia Alejandro Toledo hizo una carrera espectacular hacia la mayoría con su plataforma Perú Posible. Por primera vez desde el golpe de fuerza de 1992, parecía probable, incluso imparable, la derrota de Fujimori. Los observadores internacionales, sin excepción, insistían en la desigualdad de oportunidades con las que enfrentaba Toledo su campaña, en el control agobiante de instituciones básicas para el juego democrático y de medios de comunicación que venía realizando el Gobierno. Terminaron denunciando las graves irregularidades que cuestionaban el resultado de la primera vuelta.Como en un relato de intriga, durante horas, la candidatura del aspirante Toledo aparecía mayoritaria en el recuento, pero, a medida que avanzaba la madrugada, Fujimori recuperaba posiciones ante la desconfianza y alarma de todos los observadores. Finalmente, el milagro se produjo: décimas antes de la mayoría absoluta, con ocho puntos de ventaja, la máquina informática revolucionaria dio ganador, en primera vuelta, a Fujimori. Se había conseguido lo máximo que se podía esperar en esas circunstancias. Una segunda vuelta era necesaria.

Sin embargo, las condiciones de la segunda vuelta seguían siendo desiguales y carentes de garantías, lo que llevó a concentrar la presión interna y externa en el aplazamiento durante 15 días, hasta obtener, al menos, fiabilidad en los resultados del recuento. Pero esta vez no hubo cesión y la convocatoria del 28 de mayo se mantuvo... ¡con un solo candidato!

Toledo anunció su retirada para no legitimar lo que denunciaba como un fraude intolerable. Los observadores internacionales, incluida la OEA, la Fundación Carter, el Instituto Nacional para la Democracia, Transparencia y los demás, abandonaron el país para no validar, ni siquiera con su presencia, la que definían como inaceptable convocatoria de la segunda vuelta.

Me sumé, requerido por Transparencia, a la oleada de peticiones para que se retrasara un par de semanas la segunda vuelta y se ofrecieran las garantías pedidas por el candidato opositor y por todas las instancias internacionales. Debo confesar que con pocas esperanzas de obtener un resultado y con sumo respeto para que no se interpretara como injerencia lo que era preocupación por las consecuencias de unas elecciones fraudulentas.

Mi declaración del 20 de mayo terminaba afirmando: "La esencia de la democracia es la aceptabilidad de la derrota. Si no se produce, cualquier resultado será lesivo para Perú". Insisto en la misma idea, después de leer a Mario Vargas Llosa, el domingo 11 de junio en EL PAÍS, opinando sobre las elecciones peruanas pasadas y fallidas y las mexicanas, por venir y declaradas fallidas por el autor, salvo que gane un candidato opositor.

Como coincido plenamente sobre lo ocurrido con el proceso peruano y la necesidad de pronta corrección, he decidido insistir en la aceptabilidad de la derrota como elemento de definición de la democracia. El propósito, más que discrepar de Mario Vargas Llosa, es intentar avanzar en posiciones que sean convergentes en el objetivo que compartimos: la democratización del Perú, en este caso, de México o de otros países iberoamericanos.

Que gane uno u otro candidato, si las condiciones de competencia son razonablemente iguales, si las garantías de limpieza en el recuento son rigurosas, es menos significativo, para el sistema democrático, que el hecho de que el perdedor, o los perdedores, consideren aceptable su derrota y, como consecuencia de esta aceptabilidad, jueguen dentro del sistema por sentirse incluidos en él.

No es sólo un problema de tal o cual competidor (por eso hablo del sistema), sino de los electores, de los ciudadanos, sea cual sea la orientación de su voto. Porque, cuando esto falla, la representación deja de ser incluyente de un porcentaje creciente de la ciudadanía que se ve tentada, cuando no arrastrada, a favorecer alternativas al margen del propio sistema democrático.

No es la alternancia en el poder lo que define un sistema como democrático. La historia demuestra (en la España de la Restauración o en la Colombia de las últimas décadas) que esa alternancia -a veces pactada por las élites- ha dejado fuera a un porcentaje significativo de ciudadanos que terminan rompiendo las reglas que los excluyen.

He conocido a Toledo después de las fallidas elecciones y, más allá de la buena impresión que causa su personalidad, lo más preocupante no es su destino personal, sino la oleada de esperanzas que ha suscitado y la correlativa de frustración que la inaceptabilidad de su derrota va a producir en millones de peruanos, incluso más allá de sus votantes.

Como la democracia es un sistema imperfecto, que sólo se salva por ser mucho mejor que todos los demás que se han inventado y ensayado, a todos los que aspiramos a vivir en él nos conviene librarnos de dictadores y autócratas camuflados en falsos procesos electorales. Pero el fundamentalismo democrático, al uso de conversos, ayuda a los anteriores e impide, con frecuencia, recorrer el camino del perfeccionamiento del sistema democrático, inherente a su misma imperfección.

Tengo la convicción de que Fujimori ganó, con amplitud, las primeras elecciones en las que compitió. No me siento en condiciones de evaluar su gestión en ese primer periodo, a pesar de haber coincidido con él en las responsabilidades de gobierno, pero lo ocurrido en 1992, de manera innecesaria y arbitraria, fue el comienzo de la regresión del sistema democrático (imperfecto) que lo llevó al poder. Esta regresión no puede considerarse compensada por los éxitos en otros terrenos y sí agravada por los abusos cometidos.

Así hemos llegado a la confrontación electoral del 2000, en la que, por primera vez y más allá de los instrumentos empleados para impedirlo durante la década de los noventa, un candidato alternativo tenía una posibilidad clara de vencer a Fujimori. Es decir, una mayoría de peruanos parecía desear un cambio democrático y se han visto frustrados y excluidos por una actuación irregular.

Esto no augura nada bueno para Perú, porque administrar la frustración, en una situación social y política como la que se está viviendo, es una operación mucho más difícil que haber aceptado el resultado de una confrontación limpia.

Es casi imposible para Fujimori, que sentirá la tentación de convertir toda protesta cívica en amenaza para la paz y la estabilidad. Pero no es lo mismo combatir a Sendero Luminoso que reprimir a millones de electores. La justicia, las Fuerzas Armadas, la policía, se verán cada día más lejos de sus funciones institucionales y la gobernabilidad se fundamentará en un creciente autoritarismo. A la vieja crisis de las fuerzas políticas tradicionales se sumará la de los medios de comunicación con cierta independencia, para ahogar toda discrepancia.

Es muy difícil para Toledo, que concita la simpatía de su electorado y la de los electores de otros candidatos que lo apoyan como salida a la deriva autoritaria en la que se encuentra su país. Tiene la responsabilidad de convencer a estos ciudadanos de que es posible lo que ahora les parece imposible. Tiene la firme voluntad de hacerlo pacíficamente, pero sabe que el incremento de las tensiones puede escapar de sus manos y de las de sus seguidores, manipuladas de forma espuria.

Por eso clama ante la opinión pública internacional para que se repita el proceso cuanto antes y con garantías. Por eso sigue en campaña cívica para que los electores sigan confiando en Perú Posible. Debe ser escuchado, dentro de Perú y fuera.

También tiene razón Vargas Llosa en lo que pide, aunque no sea posible compartir todos sus argumentos o calificaciones personales e institucionales.

Por citar un solo ejemplo, la crisis de la OEA tiene su origen, como el de otros organismos internacionales, en la guerra fría. En esos años en que EE UU anteponía tantas veces la balanza de poder con la URSS a los principios democráticos. Recordará Mario la frase famosa: "Sabemos que Somoza es un hijo de p..., pero es nuestro hijo de p...".

Me siento cercano a una buena parte de los mencionados y conozco sus compromisos democráticos. Por eso me gustaría convencerlo, tanto si habla de Perú como si lo hace de México. Porque lo más interesante de México, hoy, es que nadie sabe lo que va pasar el 2 de julio, cuando voten para elegir al próximo presidente. Esta incertidumbre significa mucho, casi todo en una confrontación democrática. Desde luego, más que quién vaya a ganar el proceso. Eso dependerá de las preferencias de los ciudadanos que vayan a votar. Para nosotros, amigos del México que ha acogido a tantos trasterrados de nuestros países sin libertad, lo que puede esperarse es que la derrota sea aceptable, para que el final de la incertidumbre electoral convierta a la democracia en un sistema incluyente. El Instituto Federal Electoral de México, ante el que expuse la tesis de la "aceptabilidad de la derrota", es un organismo independiente y creíble, con poderes más que suficientes para garantizar la limpieza del resultado.

Peruano de nación, que diría Cervantes, y español de adopción, Mario Vargas Llosa grita la necesidad de corregir rápidamente el fiasco democrático de su país. Lo comparto. La espera de cinco años que algunos de sus amigos recomiendan, apelando a la prudencia como virtud, para evitar el compromiso de la respuesta, no hará más que agravar la situación de Perú y contaminar a su entorno político.

Compartir el objetivo nos obliga a afinar los instrumentos, para que las disonancias no introduzcan ruidos que aprovechen a los que tienen propósitos oscuros.

Felipe González Márquez ha sido presidente del Gobierno español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de junio de 2000