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Tribuna:LA CRÓNICA

Llamadas a la selva IMMA MONSÓ

En la sección de confección de unos almacenes, un hombre pide que le enseñen camisetas. "Lo siento", dice el empleado. "No es aquí: es en la planta baja donde no tienen camisetas. Aquí lo que no tenemos son camisas".Sirva este chiste, que antaño circulaba por la Alemania del Este, para ilustrar la pequeña odisea que supone llamar a una dependencia de la Administración. Da lo mismo que se trate de la Administración local, central o autonómica. El problema es el hilo telefónico. El hilo. Y también nosotros. Nosotros y nosotras.

Ayer, por lo pronto, tuve suerte: a la tercera llamada y sin audición musical, conseguí respuesta. Relaté prolijamente el motivo de mi llamada. Suelo ser prolija con el fin de dar los detalles indispensables para que en lugar de pasarme con el que no lleva el tema me pasen con el que lo lleva. Sin embargo, invariablemente, se repite el chiste de las camisetas. De desvío en desvío, cortes de comunicación aparte, el efecto escalera nos conduce hasta la persona que lleva el tema, a quien para abreviar llamaremos peqlet. Nos conduce o no nos conduce. Porque, a menudo, una peqlet está desayunando, reunida, haciendo fotocopias. También es frecuente que haya estado aquí ahora mismo, pero ahora (mismo) no se la puede divisar. Lo comprendo. Si yo llevara un tema, ¿creen ustedes que me pasaría el día sentada ante el aparato como una obsesa? No. Lo que pasa es que al no saber nada de provecho, jamás nadie me ha llamado con la pretensión de que le despeje una duda. ¡Pero yo no soy una peqlet! Y, bueno, sería muy deseable que desde el principio pudiéramos saber que la peqlet no está disponible. Porque lo que nos pone un poco nerviosos es que nunca lo sabemos al principio, sólo lo sabemos al final. Esta vez, mi peqlet estaba en otra planta. Espero. Cuelgo. Repito. Insisto. Y dado que mi peqlet no baja (o no sube), desisto y paso a la siguiente llamada.

A diferencia de la anterior, ésta tiene como objetivo una dependencia pequeña y simple, elemental como una ameba: un ayuntamiento rural donde el efecto escalera no puede darse, creo. Sin embargo, no todo son escaleras, la naturaleza genera un sinfín de caprichosas formas hábilmente diseñadas para hacer perder la chaveta al llamante más juicioso. Lo que yo deseo es información sobre un concierto organizado por el ayuntamiento del municipio. Al primer timbrazo, un rotundo "igui!" me llena de gozo. Pero, ¡ay!, mi interlocutor dice no saber nada y lanza al viento la pregunta: "Algú sap res d'un concert que organitza l'ajuntament?". A lo lejos, una señorita dice que ni idea. Lo único bueno es que en lugar de amenizarme la espera con un solo de armónica del secretario, puedo oír su diálogo en directo. Y puesto que todos se comportan como si el ayuntamiento no fueran ellos, me veo obligada a preguntar: "¿És l'ajuntament?". Y sí, lo es, pero nada saben del concierto. Me remiten a la oficina de turismo. En la oficina de turismo se asombran (no veo por qué). Me remiten a la cámara agraria, donde me dicen que aceitunas y almendras, o que llame a la farmacia. La farmacéutica, en cambio, no se asombra (¡cuando bien pudiera hacerlo!). Me dice que fue mecenas en su día. Pero ya no lo es. Me aclara que el concierto al que me refiero lo ha organizado el ayuntamiento. Regreso al punto de partida: "Igui!". Pregunto por el concierto. Y de repente, aparece una peqlet. O, mejor dicho, la señorita que estaba ahí en mi anterior llamada se ha transmutado en peqlet por obra y gracia de un papelucho, si se me permite libre traducción de lo que ella llama "paperot": "Sí, ara he trobat un paperot aquí que ho diu". En mi imaginación surge de un rincón polvoriento un póster arrugado, manchado de bifidus y de carmín, metáfora del maltrato general al que la cultura se ve sometida por parte de las instituciones.

Habrá quien piense: la burocracia, los funcionarios, lo público. Se equivocan. A continuación, realicé tres llamadas a organismos privados que resultaron tan terribles tan terribles, que para el cuarto organismo, decidí remontarme a un bucólico pasado. En el baúl, hallé unas cuartillas rosa salmón con cenefa de dalias, a juego con los sobres. Redacté una cariñosa misiva exponiendo prolijamente mi duda: "Será igual de lento", me dije, "¡pero cuánto más hermoso!". Luego me dispuse a escribir la dirección en el sobre. Pero, cielos, ¡no la sabía!. Sólo tenía el teléfono, facilitado por el 1003 (que, como saben, no facilita direcciones). ¿Qué hacer? Llamé. Solicité la dirección. Y el organismo privado me replicó (¡lo juro sobre las Páginas Azules!): "No se retire que le paso con la persona que lleva el tema".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de abril de 2000