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Tribuna:

La enseñanza de las (bellas) artes en España

Las actuales facultades de Bellas Artes españolas son centros de formación e investigación inadaptados. Renovadas o creadas en los años de bonanza del mercado artístico, permanecen ajenas al cambio de paradigma según el cual desde hace ya unos años comenzamos a entender la inscripción social del arte. En tanto la consolidación y el refinamiento del capitalismo especulativo desplaza la producción artística hacia los ámbitos del protocolo, la educación o la industria del ocio, las nuevas academias, alejadas de la realidad, se resisten a las transformaciones esgrimiendo armas inútiles contra las implacables imposiciones del mercado. No se trata de que la Universidad asuma como tarea exclusiva la formación de profesionales adaptados a las demandas de la sociedad productiva (entre otras cosas, porque el concepto de productividad, como el de progreso, admiten definiciones alternativas), sino de que sea capaz de plantear conceptos de productividad alternativos, para lo cual no puede ignorar las funciones que le asigna el sistema.Las licenciaturas en Bellas Artes constituyen un eslabón intermedio en la cadena que arranca con los estudios medios de bachillerato artístico y debería concluir con los estudios avanzados de doctorado. Lo cierto es que tal continuidad no existe. La experiencia demuestra que, por el momento, el bachillerato artístico está haciendo llegar a la Universidad estudiantes con mejor preparación en determinadas técnicas, pero con una formación teórica y crítica muy deficiente; por otra parte, está creando una demanda creciente de plazas universitarias como continuidad de unos estudios cuyos objetivos no aparecen claramente definidos.

Es responsabilidad de las facultades de Bellas Artes atender a esa demanda de plazas universitarias, pero al mismo tiempo es preciso que se clarifique su función. Resignarse a formar anualmente a cientos de pretendidos artistas visuales no sólo es ilusorio e irresponsable, sino que, además, degrada la enseñanza hasta el punto de que resulta imposible para alguien que realmente quiera ser artista encontrar en las facultades un lugar formativo adecuado. Una clarificación de objetivos podría traducirse en la definición de itinerarios curriculares que funcionan desde hace años en otros países, tales como Educación Artística, Artes Plásticas, Comunicación Integral, Diseño y Dirección Artística, Ilustración y Animación, Medios Interactivos y Televisivos, Fotografía, Estudios del Entorno, Diseño Gráfico, Diseño Tridimensional e Interiorismo, Artes Escénicas, Artes del Cuerpo, Historia del Arte y el Diseño, Museología, Arquitectura del Paisaje, Medios Impresos, Moda y Textiles... Éstas son las especialidades que podrían sustituir a nuestras antiguas y sobre el papel desaparecidas especialidades de Escultura, Pintura y Dibujo, sin que ello implique la creación de nuevos compartimentos estancos, sino antes bien, líneas formativas que se entrecrucen y tejan redes coherentes con la naturaleza interdisciplinar de la práctica artística contemporánea.

El doctorado es tal vez el más degradado de los tres ciclos, siendo precisamente el espacio en que sería posible plantear una formación artística más eficaz: cabría pensar que la Universidad española albergara centros de especialización, con un número muy reducido de estudiantes seleccionados en función de su memoria de trabajo, disponibilidad de estudios y talleres, y un grupo de profesores-artistas que tutorizaran los proyectos individuales de los estudiantes e impartieran seminarios periódicos en sustitución de los manidos cursos de doctorado. El punto final del doctorado, la tesis, debería ser, obviamente, un trabajo eminentemente práctico y no, como suele ocurrir en la actualidad, el resultado de una investigación historiográfica o estética por lo general poco rigurosa.

Que la práctica artística lleva implícitos sus propios modos de pensamiento y conocimiento, no coincidentes con los de la ciencia ni con los de la historia o la filosofía, es lo que justifica su presencia en la Universidad. La investigación surgida de las facultades de artes debería traducirse no sólo en la producción de objetos artísticos, sino en la generación de modelos culturales nuevos con garantía de supervivencia en el nuevo contexto socioeconómico.

Así, del mismo modo que a nadie se le ocurre concebir una Facultad de Letras como una escuela de idiomas, tampoco nadie caería en la tentación de identificar las de artes con escuelas de pintura, diseño o televisión. Establecidos los objetivos productivos, será preciso recuperar aquello que justifica la investigación universitaria y que hace posible la crítica: la pretensión de universalidad. La especialización no debe impedir completamente el juego, sin el cual la cultura desaparece. Y este juego no puede limitarse al intercambio con los amigos, es decir, a las colaboraciones interdisciplinares entre áreas afines: es preciso que la Universidad recupere la fascinación por el conocimiento y que mediante un ejercicio atrevido de la transdisciplina pueda proponer a la sociedad no sólo patentes y resultados de investigaciones aplicadas para las empresas e instituciones, sino también imágenes renovadas del mundo. Las facultades de artes sólo cumplirán su verdadera función en el marco de universidades que se rebelen contra el sometimiento total de su capacidad investigadora a la industria y las instituciones públicas y sean capaces de asumir su función de sujeto social autónomo, sin olvidar nunca la pregunta por el sentido.

José A. Sánchez es decano de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 21 de febrero de 2000