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CARTAS AL DIRECTOR

El español de América

El domingo 2 de enero leí la entrevista al profesor Ilan Stavans. Y, claro, no estoy de acuerdo con el titular principal, El mundo hispánico hablará "spanglish", ni con lo que luego se lee en el artículo Creo que será una lengua franca en el mundo hispánico, algo más matizado. Yo creo que el señor Stavans sigue "desconectado de las cosas mexicanas" (sic), pero también de las venezolanas, colombianas, cubanas, chilenas, uruguayas, argentinas, nicaragüenses, etcétera, en lo que al habla se refiere. En ninguno de esos lugares se habla spanglish. Allí, como en España, se habla español (¿prefieren ustedes castellano?), con más o menos influencias del inglés (los venezolanos dicen "closet", y nosotros, "armario", pero nosotros decimos "marketing" y ellos "mercadeo". Y no creo que la influencia norteamericana vaya a ser tan fuerte como para variar tan profundamente las hablas locales. El spanglish podrá terminar siendo una forma dialectal muy concretamente localizada, pero poco más.No vengamos a querer cambiar un centralismo por otro; afortunadamente, un idioma es un ser vivo que depende de las gentes que lo manejan, y esas gentes son muy variadas. Yo también soy filólogo y profesor universitario, pero, aquí, me interesa destacar mi condición de cuentero, de narrador de historias, y con esta profesión me he recorrido buena parte de la América de habla hispana. Le puedo asegurar que en modo alguno tendemos a la uniformidad; antes al contrario, cada país, cada región, a veces, mantiene sus peculiaridades propias, hasta en los matices más sutiles. Ésa es, precisamente, la grandeza de una lengua. La defensa de su identidad -con todos los mestizajes que un mundo intercultural impone- es lo que nos puede salvar de semejante amenaza de globalización.

Yo le invitaría, mejor, a que se pusiera a confeccionar un diccionario comparativo, en el que aprendiéramos que en cada lugar las cosas se nombran de forma diferente y que una misma palabra no significa lo mismo en todos los sitios. Así, yo no me hubiera enfadado tanto cuando la primera vez que fui a México tardaron tres cuartos de hora en traerme un café, después de decirme: "Ahorita".- Antonio González Beltrán. Elche.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de enero de 2000