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Tribuna:

La herencia

Durante la guerra, en el invierno de 1991, con más de un tercio de Croacia ocupado por las fuerzas serbias, Franjo Tudjman, el presidente croata fallecido ayer, era uno de los pocos en Zagreb que nunca desesperó. Siempre dijo que se tornaría la suerte de la guerra. Ese día llegó en 1995 aunque no, como pretendía él, por su propio genio militar, sino porque su enemigo, y sin embargo colega, Slobodan Milosevic, abandonó a los serbios de la Krajina, a quienes había incitado a rebelarse.Tudjman ha sabido capitalizar como nadie unos éxitos que en gran parte le fueron concedidos por Belgrado, desde la proclamación de la independencia a la toma de la ciudad de Knin y la ofensiva que expulsó a varios cientos de miles de serbios de unas tierras que habitaban desde hace cuatro siglos. Muchos han infravalorado a este producto de la combinación de una formación bolchevique con una posterior pasión por la redención nacionalista y la exaltación del mito de la raza. Tudjman, al contrario que Milosevic, sí se creía hasta los más absolutos disparates que proclamaba sobre origen y destino de la nación croata. Podía ser, por supuesto, tan cínico y calculador como el presidente serbio. Pero al mismo tiempo estaba convencido de que había sido encumbrado al caudillaje de Croacia por instancia divina. Su retórica engolada, su grotesca estética, su falta absoluta de humor y su crispada apariencia le hacían parecer a ojos de quienes lo trataban como mucho más limitado de lo que era. Cuando se reunía con Milosevic, éste parecía Maquiavelo y Tudjman un militar de opereta. Pero fue Tudjman al fin quien logró todos sus objetivos, salvo el de la inmortalidad.

Suerte de Croacia

Croacia ha tenido suerte, dentro de la desgracia de haber perdido casi una década en el proceso de democratización por culpa del fallecido. No estaba claro que Tudjman fuera a aceptar una hipotética victoria de la oposición sobre el HDZ, el partido formado a su capricho, que todos estos años se ha adueñado de la vida política, de los medios de comunicación y, sobre todo, de la economía. El caudillo ha dirigido Croacia como un cortijo y lo ha repartido sin el menor pudor entre familiares y sus seguidores más dóciles y aduladores. De haber ganado la oposición en enero, con Tudjman vivo, Europa podría haber sido testigo de una involución en Croacia. Ahora, huérfano, el HDZ va a tener más problemas para defender su obsceno control sobre todo el Estado y la economía. Croacia siempre ha estado con un pie en los Balcanes y otro en Centroeuropa. Tudjman era el factor balcanizador más poderoso. Las fuerzas de vocación europeísta tienen ahora una opción real de imponer una nueva cultura política. Pero tendrán que vencer a los herederos del caudillo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 1999