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Tribuna:

Flores enfermas

La prostitución no es un oficio tan bueno como otro cualquiera. Es mucho menos que eso, es un trabajo humillante que consiste en ponerle precio a lo único que de verdad nos pertenece: nosotros mismos. ¿Es, además, algo necesario? Puede que sí. ¿Es algo inevitable? Quizá. ¿Es algo que alivia y da placer a mucha gente? Seguro. Pero también debe de ser, en la mayoría de los casos, algo terrible, degradante. Desde luego, no existen cosas sobre el mundo, salvo el mítico círculo euclidiano, que tengan una sola cara y, por lo tanto, se puedan ver desde un ángulo único. De hecho, la prostitución provoca en nuestra época una extraordinaria dosis de demagogia -cuando no de hipocresía-, lo mismo que siempre dio mucho juego literario. Manuel Machado llegó a escribir que "hetairas y poetas somos hermanos" en un poema llamado Antífona: "Ven, reina de los besos, flor de la orgía, / amante sin amores, sonrisa loca... / Ven, que yo sé la pena de tu alegría/ y el rezo de amargura que hay en tu boca./ Yo no te ofrezco amores que tú no quieres;/ conozco tu secreto, virgen impura;/ amor es enemigo de los placeres/ en que los dos ahogamos nuestra amargura./ Amantes... ¡Ya no es tiempo de que me ames!/ A ti y a mí nos llevan olas sin leyes./ ¡Somos a un mismo tiempo santos e infames,/ somos a un mismo tiempo pobres y reyes!/ ¡Bah! Yo sé que los mismos que nos adoran,/ en el fondo nos guardan igual desprecio. / Y justas son las voces que nos desdoran.../ Lo que vendemos ambos no tiene precio".El poema es un extraordinario ejemplo de señor acomodado capaz de convertir sus deslices en lecciones morales. Y es también una muestra de la fascinación por lo marginal y lo oscuro que atrapó a escritores como Valle-Inclán, Villaespesa o Emilio Carrere, que llegó a publicar un Elogio de las rameras que empieza de esta forma: "¿Qué busco yo en los ojos de las tristes rameras/ que cantan en las calles saetas taciturnas?/ ¿Por qué amo yo esos rostros de trágicas ojeras/ que son flores monstruosas de mis rondas nocturnas?/ Esas bocas que tienen hálitos de hospital,/ son vampiros que absorben con besos macerantes,/ y son sus almas vírgenes cisternas inquietantes,/ igualmente impasibles ante el Bien que ante el Mal". Ya lo ven: alabanza y censura, atracción. Metáforas aparte, la prostitución, casi siempre controlada por desalmados y mafias de la peor calaña, ya parece un oficio lo suficientemente duro como para que las mujeres y hombres que lo practican tengan que hacerlo, por añadidura, a la intemperie, expuestos cada día a lo peor. Se discute si hay que trasladar el problema del principio del parque del Oeste hacia el fondo, de la calle Orense o la Castellana a otros lugares menos visibles o de una zona de la Casa de Campo a otra. Es lógico en un país acostumbrado, por regla general, a esconder los conflictos, en lugar de resolverlos. A mi juicio, lo que sería sensato plantear con respecto a la prostitución es que, si es un trabajo igual que otro cualquiera, también se llevase a cabo como el resto de los empleos: en un local con condiciones sanitarias y de seguridad, no en una esquina, en medio de un bosque, en la cuneta de una carretera. Puede que el Ayuntamiento, rotundo e inconmovible a la hora de acometer algunas cosas y cobarde o indeciso con respecto a otras, piense en la posible impopularidad de una política de esa clase, en el coste económico o el desgaste electoral que podría suponerle, a este gobierno municipal o a cualquier otro, enfrentarse a una cuestión que sería utilizada en su contra.

Mientras cruzo la Casa de Campo en automóvil o vuelvo por las noches a casa atravesando calles heladas, siento la misma inquietud de siempre al ver a todas esas chicas vestidas con colores chillones y zapatos brillantes que se acercan a los conductores con movimientos de seducción, abriéndose la camisa, intentando provocar en el presunto cliente algo que no sea lástima. Son seres humanos igual que los demás, sólo que con una vida el doble de mala. Deberían tener el derecho de todos a una existencia digna. Se puede ayudarlas o se puede uno sentar a leer, por ejemplo Las dos hermanas, un maravilloso y estremecedor poema de Baudelaire: "A quienes mi alma quiso seguir en vuestro infierno,/ mis hermanas, os amo igual que os compadezco,/ por vuestro dolor mudo, vuestra sed insaciable/ y las urnas de amor que guardan vuestros pechos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de diciembre de 1999