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Reportaje:

"Samaritanos" en el Estrecho

Una red ciudadana en el litoral gaditano esconde a los inmigrantes que logran cruzar en patera

Paqui Gil nació hace 37 años en Tarifa, una localidad tan cercana a África que casi con tender la mano los inmigrantes podrían saltar de un continente a otro. Por eso es el trayecto que más usan para jugarse la vida en su huida hacia Europa y por eso los campos de Tarifa son un lugar abonado para ser solidario. Sobre todo cuando se tiene un corazón grande y una cabeza soñadora.En el verano de 1997, Paqui viajaba con su marido de Tarifa a Facina, una población cercana. A la altura de Bolonia aparece Hassan, un marroquí con el aspecto inconfundible de inmigrante ilegal que necesita que alguien, que no sea la policía, le eche una mano. Pero el Citroën BX pasa de largo. Al momento, Paqui piensa con sarcasmo: "Vamos a complicarnos el día", y da marcha atrás. "Lo alojamos en nuestra casa de campo, le llevábamos comida, ropa. Hacíamos vida familiar con él, aunque no entendíamos su idioma".

Hassan llegó a España de polizón en un transbordador. Entonces tenía "unos 26 años" y quería ir a Italia, pero al cabo de un mes de cuidados familiares acabó en el calabozo de Tarifa, y de allí, de vuelta a su país. "La culpa fue mía, la culpa fue mía", repite Paqui sin descanso. Hassan había tenido la oportunidad de hablar con su familia. Desde Marruecos le proporcionaron un contacto en España que le ayudara a escapar y la cita se concertó el 17 de septiembre. "Ese día, mi marido fue a buscarle para llevarlo hasta la gasolinera donde había quedado, pero yo no quería dejarlo marchar sin despedirme".

Paqui, pésima conductora, guía su coche aquella noche hasta el lugar acordado, pero en el camino ve las luces de la Guardia Civil. Hace un extraño con el automóvil, decide volver atrás, lo piensa mejor y continúa adelante, pero la Guardia Civil les estaba esperando en la gasolinera. "Nos detuvieron y nos llevaron al cuartel de Tarifa. A mi marido y a Hassan, los metieron en el calabozo, pero a mí me dejaron pasar la noche en otra sala. Fue humillante, porque yo conozco de toda la vida a los guardias civiles del pueblo y ellos sabían que no era una delincuente. Me pasé la noche llorando, con frío. Hassan me miraba con una cara de pena...".

Les acusaron de favorecer la inmigración ilegal, pero el juez archivó el caso porque no encontró "suficientes indicios de criminalidad para estimar la presencia de un delito o falta".

Sin embargo, la Subdelegación del Gobierno en Cádiz tramitó una multa de 250.000 pesetas, que se ha recurrido dos veces, ahora en el juzgado de lo contencioso del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía.

"Después de eso cogí un poco de miedo, pero seguiré ayudando a los inmigrantes. Si me multan, mala suerte. Y si me detienen, mala suerte otra vez".

La colaboración ciudadana con los inmigrantes en esta zona del litoral gaditano ha tejido una red invisible con nudos que son secretos a voces. Si alguien no puede hacerse cargo de un africano recogido, lo traslada a otros puntos para que logre su objetivo y no caiga en manos de la policía. Y aquí es donde entra en juego la parroquia del cura Andrés, en Algeciras. No es el único, pero sí el más famoso.

Más de dos décadas lleva el sacerdote ayudando a los inmigrantes desde el espacio intocable y clandestino de una humilde iglesia en el barrio de los pescadores. Desde la mirada humanitaria del cura es difícil trazar una línea clara entre lo legal y lo ilegal, pero Andrés Avelino sabe que las mafias son a veces la única salida.

En lo que va de año, la policía ha apresado a 4.779 inmigrantes en el litoral andaluz. Nadie podrá tener nunca datos exactos de los que han perdido la vida. Los que tienen más suerte conocen al padre Andrés.

"Al principio era un goteo, pero una noche llegó una patera y recogimos a 22". Los inmigrantes llegan mojados, desfallecidos, y todos traen un papelito enrollado y envuelto en mil capas de plástico: ahí está el número de teléfono del contacto en la Península que les ayudará a escapar. Cuando desembarcan en la parroquia, el teléfono es el objeto más codiciado. Hay que llamar a casa, decir que la aventura ha sido un éxito, hasta el momento. Jóvenes gran parte de ellos, lloran como niños cuando hablan con sus familias.

"Los marroquíes sólo se fían de su gente"; su objetivo es llegar hasta su contacto, un paisano que llegó antes, tuvo suerte y se compró un coche de tercera mano, con el que ahora ayuda a sus compañeros a escapar. La ayuda no es, desde luego, altruista. A veces son taxistas los que trasladan a estos hombres hasta el lugar acordado, pero el destino suele ser incierto y tampoco este medio de transporte hace rebajas con los espaldas mojadas, según cuenta el cura.

Así pasa un día y otro en la parroquia algecireña. Este último mes, el padre Andrés ha sabido que la policía le vigilaba. Nadie había metido nunca la nariz en sus asuntos, pero hace unas semanas se estrechó el cerco policial. No calcularon la repercusión que eso iba a tener entre los ciudadanos. La propia Iglesia ha dado su apoyo incondicional a estas tareas humanitarias. Y la Guardia Civil se apresuró a negar las supuestas pesquisas.

Algeciras, como buen paso fronterizo, es una maraña de intereses y conflictos de todo tipo. A veces, cuando se toca una tecla, suena otra. Hay redes de todas clases, también solidarias, en las que los ciudadanos se están enganchando por voluntad propia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de diciembre de 1999