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Tribuna:

La prórroga

La vida discurre en una continuada interacción con el destino. Pero ¿qué pasa cuando el destino se detiene y la existencia, sin embargo, continúa? Empieza entonces un tiempo que se copia a sí mismo como una serie sin suceso ni fatalidad. Falto de destino, el tiempo se convierte en una especie de tumor sobre la última célula biografiada.El caso del poeta Rafael Alberti reproduce esta desconcertante ecuación que experimentan cada día un mayor número de personas. El destino del poeta -grande, universal- acabó hace años y con él habría concluido la partida, pero entonces, con la biografía completa, su existencia, no obstante, continuó avanzando.

Ahora ha muerto, pero su muerte no representa la auténtica noticia de su final. ¿Qué es, en realidad, lo que esta noticia finaliza? No, desde luego, su biografía, cuyo contenido se había cerrado en miles de necrológias archivadas por todos los periódicos y emisoras. No su trayectoria, que se había cumplido y rubricado hace varios años.

En estas condiciones, con la muerte, ahora sólo ha prescrito una inercia que se sumaba día a día a su fin tal como algunos apéndices del cuerpo siguen su marcha una vez que el corazón se ha detenido. Esta muerte de Alberti, como la de tantos otros longevos actuales, no ha acabado con él, sino sólo con la dilación de su fin real. O bien, lo que ha seguido al fin real, estos años de inercia, no son propiamente de un individuo concreto, sino raciones anónimas de la superabundancia de la vida general que circula hoy por el mundo gracias a los avances de la ciencia, y que se adhieren a las personas tal como las superofertas de objetos se agregan a los usuarios por los avances de la producción.

Pero también, de la misma manera que la adición de objetos superfluos ya no se corresponde con la ley de la necesidad, los años de más no se relacionan con la ley del destino. Son, de hecho, material neutro, inocuo, existencia sin biografía, pura materia prima: orgánica, biológica, sin azar. Transitar por ella es, sólo y exactamente, sobrevivir. Existir más allá de la vida, y coexistir, como Alberti, con un yo prorrogado, enajenado entre la simultaneidad de su presente y su ya iniciada posteridad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de octubre de 1999