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Editorial:

Del cielo y del infierno

EL PAPA ha hablado sobre las grandes cosas de su ministerio; de la sanción final al término de nuestra vida que, según la doctrina católica, ha de revestir la forma de la salvación o de la condenación eternas, sin olvidar esa tercera y astuta posibilidad de un tránsito intermedio hacia los cielos que es el purgatorio. Y lo ha hecho para aclararnos que ni cielo ni infierno son lugares físicos, paraísos o centros de tortura reducibles a representación antropomórfica, sino estados del alma en los que el ser humano goza o no de la comunión con Dios. Pero eso ya lo sabíamos, porque la doctrina católica, a diferencia de ciertas autoridades escolares protestantes de Estados Unidos, se halla desde hace mucho tiempo reconciliada con Darwin y el devenir de las especies, entre otros frutos de la ciencia, y no pinta en su saber cromos de colores para describir el más allá. Pero es oportuno, significativo y acertado que el jefe de la grey religiosa más numerosa de la Tierra, junto con el islam, invista con su autoridad un mensaje apaciguador y sereno que se quiere hacer, así, masivo, a nivel casi de catecismo, y no sólo de conocimiento académico del corpus doctrinal católico.

Entendemos la creencia católica de que la imposibilidad de ver a Dios para quienes se sienten parte de la Iglesia es un castigo inigualable en su dureza, como es también sublime recompensa la contemplación del Ser Supremo. Pero este Papa, tan polaco y tan político, ha querido templar el juego, subrayar ante todos que es al espíritu, y no a la carne, a lo que se apela en ese longevo sistema de premios y castigos. Quizá es que a la muerte del comunismo, que tanto hizo Wojtyla por batir, sobran ya el Dante y las visiones escatológicas para tener a raya al ser humano, o que en este fin de milenio hay que combatir, precisamente, los milenarismos con la desdramatización inteligente y la proclamación de unos valores alejados de cualquier pasado fanatismo de cruzada.

La Iglesia ha sido siempre una institución profundamente política. El papado, más o menos como hoy lo conocemos, sólo existe desde el invento de la Donación de Constantino, en el siglo VIII, con la que se fundamentaba el poder temporal de los obispos de Roma. El purgatorio es, por su parte, otra creación, muy política también, de la Baja Edad Media para reconciliar salvación eterna y capitalismo comercial creciente, de acuerdo con la idea de la época del lucrum cesans.

Esta declaración, nuevamente tan política, es hoy por ello un signo de los tiempos que proviene de un Pontífice -y no creemos que en el término quepa menoscabo- abrumadoramente terrenal. La Iglesia se desenvuelve mejor sin el miedo, propio o inducido, entre sus fieles, para cumplir un cometido que en lo laico es de socorro y compasión para el desfavorecido, como corresponde a la mayor y primera ONG de todos los tiempos, y en lo espiritual, una guía de salvación a seguir por quien crea en su doctrina. Para que, así, católicos y no católicos, creyentes y no creyentes, estén por siempre en paz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de septiembre de 1999