_
_
_
_
Tribuna:
Tribuna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las tribunas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Alivio

FÉLIX BAYÓN Sé que está feo reconocerlo, pero confieso que me encuentro entre los marbellíes que gozan con el sainete político que se vive en Ceuta y Melilla desde las elecciones del 13 de junio. Hay algunos que se alegran porque son devotos de Gil. No es ciertamente mi caso, pero reconozco que esta comedieta me produce bastante alivio. Por un lado, porque me quita el miedo a haberme portado como un paranoico ante lectores y amigos al hablar y escribir sobre las sombras de Gil cuando éste era todavía un simpático personaje, siempre presente en todas las radios y televisiones. Algún día, quizá no muy tarde, se conocerá que no sólo era simpático, sino muy generoso con más de un famoso periodista. Aunque esté feo reconocerlo, debo admitir que gozo como esos malasombras que, ante cualquier desgracia, sentencian: "Ya lo decía yo". Aún así me sorprende la ingenuidad -si es que es sólo ingenuidad- del PSOE, que no blindó sus listas en Ceuta y Melilla a pesar de los sospechosos casos de transfuguismo que se produjeron en las listas socialistas del pueblo malagueño de Casares, hace cuatro años, y después de haber reconocido, al disolver la agrupación de Marbella, la infiltración del gilismo en sus agrupaciones. Sé que está feo reconocerlo, pero me parto de risa al ver al PP agobiado por el grave problema que se le ha creado en Ceuta y Melilla, un problema que el propio PP ayudó a financiar, a partir de 1995, al dejar al GIL la Mancomunidad de Municipios de la Costa del Sol a cambio de que le apoyara en la Diputación malagueña. Reconozco que gozo también comprobando que la gravedad del fenómeno GIL ha sido advertida al fin -aunque un poco tarde- por los grandes partidos políticos, que comienzan a darse cuenta de que el asunto no era una broma, ni la fábula de un grupo de paranoicos. Hasta la sesteante fiscalía de Málaga se ha puesto a desempolvar denuncias de hace dos años, garantizándose así unos buenos titulares. Pero aún hay quienes parece que no se han enterado. La Junta de Andalucía, sin ir más lejos, sigue tratando a Gil con unos mimos que jamás usaría, por ejemplo, con el PP. Gil viene haciéndose el remolón para evitar cumplir el mandato hecho hace más de un año por la comisión provincial de urbanismo de Málaga que le obligaba a reformar el Plan General de Marbella. Ahora va a presentar un documento que no es sino otra broma, un nuevo ardid para seguir ganando tiempo. No puede hacer otra cosa: si modifica el plan como le piden, estaría declarando ilegales buena parte de las licencias que él mismo ha concedido en los últimos años e, incluso, en las últimas semanas. El tiempo ha ido pasando, Gil siguió concediendo licencias contrarias a lo indicado por la comisión provincial de urbanismo, los edificios ilegales continuaron creciendo y aún se anuncian algunos nuevos. Ya hay, incluso, cientos de familias viviendo sobre lo que debían de ser zonas verdes. A pesar de que la tomadura de pelo de Gil es evidente, la Junta sigue dejando que corra el tiempo, sus dirigentes no se atreven a dar carpetazo al asunto ni se ponen a elaborar de una vez el Plan de Marbella dando la espalda a las burlas del alcalde.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

Regístrate gratis para seguir leyendo

Si tienes cuenta en EL PAÍS, puedes utilizarla para identificarte
_

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_