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Tribuna:

Madrid-Tombuctú

París-Tombuctú será el último periplo cinematográfico de Luis Berlanga si el genial director y erotómano valenciano no se retracta de su decisión de abandonar el cine y abandonarnos, dejando a sus fieles en el desamparo, ahora cuando más falta nos hace, cuando más necesitamos el punzón de su ironía barroca para destripar un poco los entresijos de la España negra que revienta por las costuras de la otra España, esa presunta España que va bien, e iría mucho mejor si no apestara a lino quemado, corrupción y xenofobia, a mafia, zafiedad y escándalo.Nadie como Luis Berlanga para el retrato de familia de esta villa y corte cada vez más austrohúngara. Berlanga que apuntó su certera escopeta nacional al mismo corazón de la Cibeles desde el tronado y fantasmal palacio de Linares, hoy rehabilitado y exorcizado, por el que ya sólo deambulan los discretos fantasmas de la cultura.

Los descendientes del marqués de Leguineche, las nuevas camadas de presa, no han perdido la pista del dinero fácil y del poder obsceno que marcaron sus padres.

Esos ágiles atletas financieros acostumbrados a saltar de las páginas de economía a las de sucesos y de la crónica social a la de tribunales ostentan muchas veces apellidos con pedigrí consagrados en el grotesco Gotha del caudillismo.

Esa fauna está pidiendo a gritos un Berlanga, el único capaz de dar voz y figura a los corifeos de la antigua y renovada farsa, a sus antihéroes y a sus bacantes.

Una labor ímproba sólo accesible para un maestro de lo coral y de lo oral, como Federico Fellini, como Luis García Berlanga. La villa y corte de los milagros ofrece enormes argumentos, intrigas picarescas, sectas destructivas de obras ajenas, peligrosas bandas de funcionarios de Hacienda asaltando a los contribuyentes, siniestrillos golpistas que antes de tirarse al monte necesitan renovar sus existencias de cocaína, cadáveres exquisitos perseguidos en los bajos fondos de las criptas por celosos sabuesos municipales a la caza del hueso y un coro de zíngaros infelices y errabundos vagando por los vertederos, acorralados tras las alambradas, nómadas rumanos en las transilvánicas llanuras de Valdemingómez hostigados por la sombra del vampiro sonriente de la cara de luna, Álvarez, el empalizador, espurio heredero de Vlad Dracul, El Empalador, príncipe de Valaquia, sanguinario déspota inspirador de la saga vampírica de los Cárpatos. Los ingredientes de la olla podrida, del bullidor puchero madrileño están servidos, cuadros disolventes, escenas de malas costumbres y de malas maneras, esperpento sainetesco, o sainete esperpéntico cuyo escenario transitan estos días personajes con tanta enjundia y gracejo como Mariano el de los dossieres y sus alguaciles alguacilados, los cazaprimas y los primos inocentes que descubrimos cada día que nos ha vuelto a dar el timo de la estampita otro listillo encaramado a la cúpula del circo tal vez por razones de consanguinidad y nepotismo en la más pura tradición endogámica del poder.

Sobre las ruinas de la pagoda abolida por las maquinaciones de una secta destructiva, la incompetencia o el afán de lucro, tal vez por las tres cosas al tiempo, desde las simas, las criptas y las catacumbas, los fieles de L.G.B. lamentamos su ausencia.

Ahora que ya no existen el cielo ni el infierno como lugares físicos por prescripción pontificia y jesuítica se va Berlanga y nos deja en el limbo, desamparados en este Madrid que cada día está más lejos de París y más cerca de Tombuctú.

B. dejará de glosar los vicios ajenos para dedicarse a cultivar los propios, que son el ciclismo, el Valencia CF y la literatura erótica, materias que sin duda le mantendrán entretenido largos años, aunque no sé..., tal vez una película sobre un ex ciclista transexual que ficha por un equipo de fútbol, cualquier cosa, maestro...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 28 de julio de 1999