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Tribuna:

Ruidos populares

Pues bien, ya estamos en plena temporada de fiestas populares, que son -o eran- un elemento clave en la cultura de todos los pueblos del mundo, una antigua y persistente manifestación colectiva que, en el ámbito de la literatura, se corresponde con esa especie de celebración colectiva que era la existencia de la literatura oral, forma de celebración conjunta hoy prácticamente desterrada de nuestros usos.Las fiestas populares persisten, pero han cambiado mucho, sobre todo en lo que se refiere a la movilidad de los asistentes. Antes se circunscribían a los habitantes del lugar; luego, a los vecinos más cercanos. Hoy hay verdaderos expertos, auténticos consumidores itinerantes de festejos populares; no ya en aquellos que han adquirido rango nacional, como la Feria de Sevilla o los Sanfermines, sino entusiastas seguidores de fiestas de pueblo en pueblo, peinadores de zonas que duermen hoy aquí y mañana allá, siempre dispuestos a sumarse al jolgorio de una verbena o un certamen de canción regional. Pero, en sí mismas, las fiestas populares se nutren de la gente del lugar, cuyos ayuntamientos las pagan religiosamente y cuyos celebrantes se echan a la calle día y noche durante dos o tres días a tirar cohetes, hacer una procesión, organizar unas buenas comilonas masivas y bailar hasta las tantas al son de la orquesta Frenesí o del conjunto Los Terrícolas. Y todo ello teniendo detrás el indeclinable orgullo de superar a los del pueblo de al lado.

Las fiestas populares, sin embargo, ya no tienen el sabor y la raíz de aquellas que don Julio Caro Baroja estudiase en su impagable trilogía (El Carnaval -en el febrerillo loco-, La estación del amor -fiestas de primavera- o El estío festivo -fiestas del verano-. Ha desaparecido el sentido de lo ritual y sólo han quedado las formas externas desprovistas de sentido. E incluso, en su mayoría, se han convertido en un "más de lo mismo" que pasa por una tupida red de agentes de artistas y que se llenan de foráneos y veraneantes dispuestos a acostarse lo más tarde posible.

La cultura popular está medio muerta bajo este montaje, pero queda en pie, persistente como el rosario de la madre, un elemento decisivo: el ruido.

La instalación de carpas retumbantes en pueblos, villas y ciudades obliga, quieras que no, a sumarse a la fiesta a todos los habitantes del lugar. Da la sensación de que si no se impide dormir, descansar o, simplemente, retirarse a todo el que se encuentre en unos kilómetros a la redonda del centro festivo, la celebración ha sido un fracaso. Como en este país la gente es muy animada, nadie protesta y hasta los más reticentes se echan resignadamente a la calle, pues más vale participar que acabar perdiendo los nervios. Lo que yo me pregunto es por qué, en España, tan variopinta para otras cosas y tan uniforme en esto, no hay diversión si no hay molestia al prójimo.

Y no dejo de pensar que, si todas las fiestas populares se han vuelto tan iguales por mor de la modernidad, persiste ese ancestro que se llama la tribu y que consiste en que no existe el individuo, sino el grupo, y en que todo lo que es bueno para el grupo lo es, necesariamente, para el individuo.

Por unos días, indígenas y foráneos se convierten en tribu e implican a todo el mundo so pena de marcarlos con la señal infamante de los réprobos.

Es el uso de la bulla lo que está en cuestión. Yo estoy seguro de que la intolerancia y el rechazo social tienen mucho más que ver con el ruido que con la diversión. Porque la diversión integra a los distintos, y el ruido, en cambio, unifica en el aturdimiento. Así que cuando se ponga en marcha en tu lugar de veraneo, únete a ellos o escapa a las montañas. Intentar ser diferente y singular en esos momentos es jugarse el descanso y la tranquilidad. Y el ruido no es más que el principio, porque la brutalidad acostumbra a alimentarse de él.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 26 de julio de 1999