Reportaje:

"Okupa" se escribe en femenino

"La rehabilitación empieza aquí. En Lavapiés. Sólo por mujeres". Es la idea que proclaman en sus paredes las mujeres que gestionan desde hace tres años el centro social okupado Eskalera Karacola. Con esta proclama han logrado atraer a 17 extranjeras que desde el 1 de julio pican paredes, cambian el tejado, apuntalan muros o revisan la instalación eléctrica bajo la supervisión de un grupo de arquitectas. Y la mirada curiosa de los vecinos.La Karakola -el nombre viene de la escalera de caracol que une sus dos pisos- no es una casa okupada al uso. Está pensada por y para mujeres. El campo de trabajo que han puesto en marcha es también singular. Y no sólo por razón de sexo. Sustituye el cielo abierto por los muros de una panadería; el aire puro del campo, por el mismísimo centro de Lavapiés. Sus impulsoras, las alrededor de 20 mujeres que organizan las actividades de la casa, han tenido éxito. Han atraído a mujeres de Austria, Bélgica, Escocia, Finlandia, Italia, Polonia y EEUU. Todas las mujeres, las que han venido de fuera y las que viven en Madrid, trabajan siete horas al día por techo y comida. El dinero escasea, a pesar de la ayuda de un grupo de mujeres de la Casa de la Moneda, algunos particulares y un préstamo. Como no sobra, se buscan alternativas. Una consiguió cemento en una obra cercana; otros centros ayudan con lo que pueden; las mujeres venden bocatas o camisetas en algún concierto y un supermercado les ayuda con la comida.

El aumento de actividad en el edificio no ha provocado protestas en el barrio. La mujer que despacha en el bar más cercano asegura que las chicas de la casa no han dado problemas desde que decidieron echar la puerta abajo en 1996.

Las obras se han convertido en un batiburrillo de inglés, italiano, gestos. María, 27 años, ha cambiado este mes a su marido, su casa y el paro de Turín (Italia) por la mezcla del cemento y los enchufes de la Karakola. "Si hubiera chicos en la casa no haríamos nada", dice.

No todo es trabajo. Las mujeres del centro se han preocupado por llenar de actividades la estancia de sus compañeras: charlas sobre violencia, taller de acrobacia, noche de meigas o fin de semana en La Pedriza. La Karacola es un centro abierto. Sus ocupantes, ninguna de las cuales no duermen entre sus paredes, huyen del tópico que intenta definir al movimiento okupa. La mayoría vive de alquiler; algunas, aún con sus padres; las menos, en casas okupadas; unas son lesbianas, otras no; estudian, trabajan, viven.

El objetivo es acondicionar la casa para mantenerla viva. Es una estrategia defensiva que consiste en recuperar los espacios que más utilizan y cerrar los abandonados. La decoración vendrá luego.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0017, 17 de julio de 1999.

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