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Tribuna:

Objetividad

Me acaba de llegar la carta de un lector al que no le gusta lo que escribo. No es la primera vez que alguien me critica, como es natural; y tampoco es la primera vez que formulan el rechazo de ese modo. La cosa consiste en decir: "He sido siempre un seguidor de sus artículos, etcétera, etcétera; pero últimamente está perdiendo usted la objetividad". Y entonces explican que les parece fatal mi opinión sobre la guerra de Kosovo o lo que sea. Eso, opinar distinto al lector o lectora sobre algo, es lo que el susodicho considera arbitrario. Antes, mientras nuestras maneras de ver las cosas eran coincidentes, mis textos le parecían de una objetividad a prueba de bomba, por más que hubieran sido escritos en pleno despendole de entusiasmo o iracundia, como me temo que en ocasiones sucede. Pero todos creemos que nuestras opiniones no son opiniones, sino limpias y secas constataciones de la realidad. Los que se equivocan son siempre los demás.

A medida que crezco voy desarrollando una percepción más aguda de la estupidez de los humanos. Tal vez esa sea la mayor lección que he aprendido hasta ahora: que los individuos no somos esencialmente malos, sino imbéciles. Contemplo a los demás y me contemplo a mí misma, y constato la poca cosa que somos. Pequeños botarates llenos de ínfulas.

Al igual que el lector que me critica, yo también tiendo a pensar que quien no está de acuerdo con mis ideas ha perdido la objetividad y la sesera. Creo que en esto, en la intolerancia frente a las ideas divergentes, los españoles somos especialmente bestias. Hijos y nietos del franquismo como somos, y educados por otra parte en una oposición izquierdista que tampoco era democrática (ni el fascismo ni el marxismo se han caracterizado por respetar las opiniones de las minorías), los españoles añadimos a la burricie natural del ser humano una predisposición cultural a la intransigencia. Y así, en vez de decir que Fulano no opina como nosotros y que le consideramos equivocado por tal o cual razón, dictaminamos sin más que ha perdido la objetividad. Porque las ideas de uno son como las tablas de la Ley, realidad divina e intocable, zarza ardiendo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de julio de 1999