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Tribuna
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Paradojas del PE

¿Por qué la elección de una institución tan importante como el Parlamento Europeo (PE) no suscita por doquier, y especialmente en España, mayor interés "europeísta" y se riñen con candidaturas, con argumentos e incluso, cuando los hay, con programas fundamentalmente nacionales? A mi juicio, por lo paradójico que el propio PE es. Porque llegó a elegirse por sufragio universal antes de tiempo, cuando no había un electorado idóneo para ello, y el incremento y madurez de sus competencias son paralelos a su relativo alejamiento de la realidad política, tanto la que hay que representar como la que hay que decidir. Me explico.El PE es una Cámara de poderes crecientes. De la reforma institucional, culminada en el Tratado de Amsterdam, si algo ha quedado claro es el mayor poder de la Eurocámara en el campo presupuestario, en el control político de la Comisión, desde la investidura a la investigación, y en la toma de decisiones, así como la simplificación y consecuente mayor efectividad de sus procedimientos de intervención: la consulta, el dictamen conforme y la codecisión. Simultáneamente, en los últimos años, y de la mano experta de un presidente español, José María Gil-Robles, el Parlamento ha desarrollado, como nunca lo había hecho antes, un mayor protagonismo político frente al resto de las instituciones, en especial la Comisión, pero también ante los Estados miembros e, incluso, la ciudadanía europea. El tratado y su práctica, en consecuencia, han aumentado de derecho y de hecho los poderes del Parlamento, aunque, claro está, no sean las propios de una legislatura estatal, puesto que la UE no es un superestado compuesto.

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Sin embargo, esa tendencia coincide con una tentación estamental, entendiendo que se estamentaliza una función cuando se monopoliza y patrimonializa de manera que, también, se independiza respecto de terceros. Y ello es evidente en diversos aspectos del PE y, por reacción, de otras importantes instituciones comunitarias. Así se ha visto en cuanto al Estatuto del Eurodiputado se refiere, y su resistencia a desprenderse de una situación económica que, con las cifras en la mano, puede calificarse de privilegiada. Pero esto es mera anécdota comparado con la tendencia al alejamiento de los eurodiputados respecto de su base electoral. Si indudablemente tiene inconvenientes la actual situación de sistemas electorales diferentes en los países miembros, el intento de generalizar en todos ellos -incluido el Reino Unido- la representación proporcional y la incompatibilidad de su mandato con el de parlamentario nacional -que hoy sólo existe en cuatro países sobre quince- llevará a la consolidación de euro-oligarquías partidistas, que se reproducirán por cooptación -fórmula preferida del estamentalismo- y que no contribuye a la cercanía del elector y el elegido. Así ha ocurrido en los respectivos ámbitos nacionales con el Estado de partidos, y si se sigue el mismo camino, ocurrirá también en la Unión.

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Significativamente, esta tendencia a la estamentalización de la representación parlamentaria europea y a su mayor poder va en paralelo con la configuración, como parcelas inmunes a su control, de aquellas cuestiones especialmente importantes y delicadas como es el caso de la política monetaria, encomendada a un superindependiente Banco Central Europeo. Una vez más, como ha ocurrido en el ámbito intraestatal, cuanto más crece el poder de los partidos, mayor es la importancia de las administraciones independientes, porque no se deja jugar a los políticos con las cosas más serias.

Por último, y en paralelo al creciente poder del Parlamento Europeo, también se trata desde Amsterdam de intensificar el protagonismo de las Asambleas estatales en el control de la política y aun del derecho comunitario. Y esta sana tendencia revela que, a la altura de nuestro tiempo, las bases de la participación democrática siguen siendo las sociedades nacionales, únicas en que el cuerpo político es suficientemente homogéneo y solidario como para poder decidir por mayorías y compartir. Así lo subraya un europeísta de pro como el ex presidente alemán Richard von Weizsäcker. Ésta es, sin duda, la mayor carencia del Parlamento Europeo, más allá de los poderes que se han incrementado y que incluso pueden aumentar, más allá de la perfección técnica del sistema electoral que se sigue o se adopte: la inexistencia de un cuerpo político europeo y de una opinion pública europea que poder representar.

Miguel Herrero de Miñón es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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