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Una mujer paga a dos sicarios para matar a martillazos a su marido por serle infiel

Margarita J. H., de 41 años, ideó un plan para matar a su marido, Juan Galán Andrada, de 43, cuyo cadáver se halló calcinado el pasado día 10 en una casa en ruinas a las afueras de Alicante. Margarita, según confesó, contrató a Moisés M. V., de 19, compañero de instituto de su hijo, y aquél, a su vez, a Francisco Leonardo G. M., de 21. En la madrugada del día 9, ambos jóvenes irrumpieron en la habitación donde dormía Galán y le clavaron un martillo en la cabeza. Cuando le creían muerto, el hombre se incorporó y Margarita gritó a los sicarios: "Rematadlo". El pago convenido por el trabajo: seis millones de pesetas

Harta de las infidelidades de Juan y de sus malos tratos psíquicos e incluso físicos, Margarita planificó la forma de poner fin a la situación. En la noche del pasado día 9 suministró a su marido somníferos, "unas cápsulas blancas y un líquido", para dejarle indefenso. Luego, pese a que sabía que horas después llegarían los dos sicarios contratados para asesinarle, se quedó dormida. Cuando se despertó, eran las cinco de la madrugada. Margarita bajó corriendo a la calle del General Espartero, de Alicante, y comprobó que Moisés y Leonardo aguardaban pacientemente.Tras franquear el paso a los matones, Margarita les facilitó un martillo de carpintero y les dijo: "Ahí lo tenéis". Juan, que dormía en una de las camas del dormitorio conyugal, recibió un primer golpe en la cabeza. El martillo quedó incrustado en el cerebro de la víctima.

Acto seguido, los dos hombres salieron de la habitación y se reunieron con Margarita en otra estancia. "El trabajo está hecho", le dijeron. Pero en ese momento escucharon unos gemidos. Volvieron entonces sobre sus pasos y comprobaron que Juan aún vivía y que intentaba incorporarse de la cama pese a tener clavado el martillo. "Hay que rematarlo", les ordenó Margarita. Uno de los sicarios se dirigió al herido y le golpeó en la cabeza con otro martillo hasta darle muerte.

Faltaba deshacerse del cadáver y borrar las pistas. La mujer guardó en bolsas la ropa de cama, la almohada y el colchón. Todo ello acabó en un contenedor de la calle de la Primavera. Francisco Leonardo y Moisés introdujeron el cuerpo en dos grandes bolsas de plástico y lo envolvieron en una cortina cubierta con cinta aislante. Concluido el trabajo, colocaron a Juan sobre la cama y se marcharon a dormir a sus casas.

A las 9.30 horas del día siguiente, los tres presuntos autores del crimen bajaron el cadáver, con la ayuda de un carrito de hipermercado, al garaje del edificio, en el número 107 de la calle del General Espartero. Lo introdujeron en un Seat Córdoba, propiedad de Margarita, y emprendieron la marcha hacia el barrio alicantino de Villafranqueza. En el trayecto compraron tres recipientes de gasolina, que luego emplearían para prender fuego al cuerpo. Una vivienda en ruinas, conocida como la casa de Les Festetes, en el camino de Las Parras, fue el lugar elegido para deshacerse del mismo. Los dos sicarios lo sacaron del coche y procedieron a prenderle fuego.

Pocas horas después, la policía descubrió el cuerpo aún humeante de Juan. La caja de un reloj con su numeración, hallada junto al cuerpo, fue clave en la investigación.

De forma paralela, el director de una oficina bancaria denunció a la policía que un cliente suyo estaba siendo extorsionado por unas personas desconocidas que le exigían seis millones de pesetas. Si no los pagaba, le amenazaron, causarían graves daños a su hija y a sus nietos.

El cliente, ajeno a estos hechos, reside en Salamanca. Es el padre de Margarita. Aconsejado por su hija, se trasladó a Alicante y obtuvo un préstamo de tres millones para hacer frente a la extorsión en la creencia de que el marido de su hija era el autor del chantaje.

La policía identificó el cadáver de Juan tras localizar el establecimiento donde había adquirido su reloj hacía tres meses. La investigación dio un giro de 180 grados. Margarita ya era la principal sospechosa, sobre todo después de comprobarse que los días 9 y 10 de febrero había faltado a su trabajo de limpiadora en el hotel Cid.

Los tres presuntos coautores del crimen fueron detenidos el jueves en sus respectivos domicilios. La mujer se derrumbó ante la evidencia, cambió su versión inicial y reconoció los hechos. Uno de los hombres detenidos también los admitió. "Del otro no tenemos confesión", dijo ayer el comisario jefe de Alicante, Baldomero Araújo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de febrero de 1999

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