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TRIBUNA

Neocaciquismo

No es ninguna novedad en la política española construirse desde un Gobierno débil una sólida posición de poder social. Se diría, por el contrario, que nuestros políticos cuentan en este asunto con una experiencia acumulada de más de un siglo. En los orígenes de nuestro Estado liberal, el Rey llamaba a presidir el Gobierno al jefe del partido político que no contaba con la mayoría de la Cámara. Con su nombramiento, el presidente del Consejo así designado obtenía el decreto de disolución de las Cortes y convocaba elecciones para fabricarse una mayoría por medio de una tupida red clientelar afincada en los distritos electorales. Tantos años de liberalismo introdujeron así en la política española la perversión radical que consiste en repartir cargos y prebendas con vistas a reforzar el gobierno. Aquellos políticos lo lograban a base de grandes caciques que distribuían entre su clientela puestos de trabajo, administraban favores, adjudicaban contratos, aligeraban trámites, concedían subvenciones, atendían a los familiares y cosas por el estilo. Era un Estado pobretón el de la Restauración y no había mucho que repartir, pero la técnica resultó eficacísima: mantuvo aquella sociedad en relativa paz durante 50 años, sólo interrumpida porque con la República llegaron unos políticos presumiendo de no tener amigos ni quererlos. Les crecieron, claro está, los enemigos como hongos y con su triunfo el sistema caciquil llegó a la máxima perfección: las clientelas no tenían siquiera que aparentar la competencia entre liberales y conservadores. El reino del favor imperó durante 40 años sin tapujos.

De casta le viene al galgo, podría decirse a la vista de las técnicas desplegadas por nuestros gobernantes durante los últimos años. Los socialistas, que tampoco fueron mancos en el cultivo de las prácticas familistas y clientelares, parecen unos aprendices ante los geniales artistas que han diseñado una estrategia de gran alcance, de esas que marcan para la historia las relaciones entre sociedad y Estado. Pues de lo que se trata desde que el PP alcanzó precariamente el Gobierno es de conquistar el poder por medio de una colosal transferencia de recursos del Estado a manos privadas sin que ni el acceso a la función ni el control de la gestión de lo transferido deban pasar por controles públicos. Los organismos autónomos, que en tiempos de la liberalización del régimen llamado anterior permitieron a los ministros disponer de cotos privados para el solaz de parientes y amigos, no son nada en comparación con la multitud de sociedades de derecho privado financiadas con dinero público que han florecido por doquier gracias a la oleada de liberalismo que nos invade.

Es evidente, decía Max Weber en 1919, que los funcionarios y empresarios de un partido esperan del triunfo de su jefe una retribución personal en cargos o en privilegios. Lo decisivo, añadía, es que "lo esperan de él, de que el efecto demagógico de la personalidad del jefe gane votos y mandatos, dándole así poder y aumentando hasta el máximo las posibilidades de sus partidarios para conseguir la ansiada retribución". Que Weber era un analista sagaz, siempre adelantado a su tiempo, lo comprobaremos otra vez en dos semanas: el inminente congreso del PP será el triunfo de Aznar, el de la exaltación de un jefe que ha sabido en tres años convertir una precaria llegada al Gobierno en una sólida conquista del poder, o sea, en una inagotable capacidad de retribuir a los partidarios con cargos o privilegios. Los funcionarios y empresarios del partido aplaudirán a rabiar y en cada palmada sonará como un eco la canción más entrañable de la política española: ¿y qué hay de lo mío, jefe? La diferencia es que "lo mío" a principios de siglo no era más que un contratillo, un favor, y hoy es la presidencia de alguna sociedad, empresa o fundación alimentada con recursos públicos pero administrada por gestores privados. Le dicen neoliberalismo; no es más que un neocaciquismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de enero de 1999