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Tribuna:

Cataluña y el cambio

La decisión de Pujol de agotar la legislatura abre una larga y exigente campaña electoral en Cataluña. Los candidatos tendrán que mostrar habilidad en el uso del tiempo político. Maragall ya no puede aspirar a ganar pasando lo más desapercibido posible. Pujol corre el riesgo de que la bola de nieve del cambio crezca y octubre sea ya tarde para pararla. En cualquier caso, la reacción conservadora de Pujol (no regalar ni uno solo de los meses de mandato a los que tiene derecho) fomenta la idea de que el presidente no las tiene todas consigo. Pero la expectativa de cambio en Cataluña ¿es fundada? Y, en caso que lo sea, ¿qué cambio puede ofrecer Maragall? Cataluña afronta el año electoral en un clima general de estabilidad. Ni en lo político, ni en lo económico, ni en lo social se puede hablar de una situación de crisis que explicara de por sí un vuelco electoral de las dimensiones requeridas para que Pujol pierda la presidencia de la Generalitat.

En un cuadro de estas características es difícil imaginar que una sociedad que electoralmente ha tenido un comportamiento tan conservador (lleva veinte años votando siempre lo mismo) decida cambiar. Sin embargo, para este conservadurismo connatural, que esté descartada cualquier hipótesis de inestabilidad puede ser un factor favorable para dar un paso que tarde o temprano será inevitable. Dieciocho años son muchos años.

¿Qué factores hacen verosímil la hipótesis del cambio? De una parte, el desajuste electoral que se produce en Cataluña según que las elecciones sean legislativas, municipales o autonómicas. La mayoría de izquierdas socialmente existente no ha conseguido nunca hacer la transformación de voto necesaria para plasmar en el Parlamento catalán la hegemonía que tiene en las otras vías representativas. De otra parte, el peso de los largos años de pujolismo. No hay crisis ni inestabilidad, pero sí que hay cierto agobio y cierta fatiga de los mismos tics, de los mismos tópicos, de las mismas cantinelas de siempre. Tantos años de poder crean inevitablemente un sistema clientelar y una cierta degradación burocrática, con sus propios signos y códigos de comportamiento. Y aunque la gente con el tiempo ha aprendido a manejarse en este cerrado espacio político-social, acaba siendo una carga porque la ciudadanía constata que se ha perdido flexibilidad, eficiencia y capacidad de adaptación. De ahí que la retórica nacionalista empiece a fatigar incluso a gentes procedentes de esta tradición ideológica. Es ridículo que ante la muerte de un poeta el principal mérito que se le reconozca desde la Generalitat sea su patriotismo.

El objetivo de la política es conseguir el poder y conservarlo. Con suma facilidad los políticos prisioneros de esta lógica olvidan que de ellos se puede esperar algo más. De lo atrapado que esté Maragall por este razonamiento dependerá que su propuesta sea la simple alternancia o una real alternativa. Karl Popper hizo de la alternancia la esencia de la democracia. Después de dieciocho años, por simple higiene social, el cambio de mayoría debería ser ya de por sí un factor positivo. Pero la ciudadanía tiene derecho a esperar algo más. ¿En qué puede concretarse este algo más? En cosas tan elementales como priorizar la atención a la ciudadanía y no la supeditación a lo simbólico, que es la manera de que Cataluña sea realmente de todos; crear una relación más amable, que no quiere decir menos exigente, con el resto de España, porque hay una lealtad exigible mutuamente por encima de la cicatería; abrir una dinámica cultural menos idiosincrática, acabando con la confusión entre política cultural y política lingüística; y dar mayor naturalidad, despojándola de la retórica patriotera, a la relación de Cataluña con el mundo.

Cataluña tiene una atmósfera con sobrecarga de lo nacionalistamente correcto. El cambio que necesita tiene que ver con las mentalidades. Y estos cambios no se hacen desde los Gobiernos, pero los Gobiernos pueden favorecerlos o frenarlos. El problema de Cataluña es que una nube contaminante superideológica cubre el cielo en tiempos ideológicamente escépticos. Lo cual favorece dos conductas: la cínica y la ciega. ¿Puede Maragall contribuir a disipar esta nube? En cualquier caso, si llegara al poder sería porque la ciudadanía espera de él que lo haga. Quizás entonces en Madrid descubrirían que la retórica nacionalista de la confrontación era más cómoda que la lealtad cooperativa. La gota malaya puede llegar a ser un gran incordio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de enero de 1999