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De casa

Unos 12,5 millones de españoles, en su inmensa mayoría mujeres, planchan, lavan la ropa, fríen patatas, cuidan de los ancianos y de los niños, sacan el vaso de agua, preparan las camas, cosen un botón, quitan la mancha, repasan el cuello de la camisa, dan lustre a los zapatos, friegan los platos, limpian los cristales, quitan el polvo al aparador, dan sidol a la cubertería, ponen lejía a la colada, se ocupan de que no falte el nescafé, piensan qué se comerá mañana, llevan o traen a los chicos del colegio, cambian los pañales al bebé, guardan las sobras de la cena en un tupperware, hacen gazpacho para el verano, limpian la nevera, meten el caldo en el microondas, sacuden las alfombras, forran los armarios, ordenan los calcetines, llaman al electricista, acompañan a la niña al médico, acuden a las reuniones de comunidad y a las de padres de familia, dan el aguinaldo al portero, compran los regalos de cumpleaños, vigilan el gas. La catedrática de Sociología María Ángeles Durán, en una investigación sobre el trabajo del ama de casa, ha obtenido un censo de hasta 33 actividades distintas pero podrían subdividirse en más de cinco y convertirse en más de mil. Lo que hace el ama de casa en términos de contabilidad nacional equivale a un 123% del PIB, pero lo que aporta a la vida familiar es un universo completo. Hay una revolución feminista que alude a la independencia de la mujer en términos globales, pero hay también una mutación social aún en marcha que se concreta en la pérdida del ama de casa y con ello la despedida a las comidas tradicionales, el adiós a sentarse a la mesa con el guisado humeante, el fin de llegar a un hogar desde cuyo interior una persona ha dispuesto incontables aspectos para trasformar la casa en una vivienda bien nutrida. Sin ama, la vida es otra cosa para todos: Su trabajo se calcula en casi 60 horas semanales frente a las 35, contando vacaciones, que Durán atribuye a los varones en sus diferentes empleos. Pero no se trata sólo de trabajar más sino de pensar, de sopesar, de querer, de sorprender, de cuidar.Hace un par de semanas se celebró en Madrid el III congreso mundial del ama de casa, al que acudieron representantes de 22 países. La casi totalidad de las mujeres que se hallaban presentes eran mayores de 50 años. Una generación que nació en la posguerra -española o de la II Guerra Mundial- y que ha venido cargando sobre sus hombros con las heridas de la trasformación social más violenta de todos los tiempos. No son amas de casa porque no conozcan otra cosa sino porque han asumido esta dedicación conscientes de la abnegación que les requería. Entre las seis millones de amas de casa españolas puras no pocas se declaran felices y sienten que lo que hacen es lo mejor que pudieron hacer. No les han faltado satisfacciones ni tampoco es ajena su satisfacción al equilibrio y el bienestar que han podido procurar a su familia. Estas madres cincuentonas han cargado no sólo con los problemas de intendencia sino con el entendimiento de problemas enrevesados que los hijos o el marido afrontaban.

La creciente desaparición de esta figura constituye uno de los más grandes trastornos de la nueva vida cotidiana. El reparto de funciones que se extiende, aún con dificultades, entre los más jóvenes esposos y padres no suple al modelo. Ese reparto hace de la tarea un cometido instrumental y de la atención una misión laboral que trata de solventarse de la manera más simple. Nunca el hogar acogedor encontrará prolongación en la división de funciones porque su capacidad de asistencia y protección era incomparable al brindar una asistencia integral.

Habrá nuevas y buenas madres pero más prácticas y racionalizadas. Habrá nuevas y más diplomadas compañeras pero es dudoso que su modelo abastezca de la misma densidad la casa. ¿Habrá que volver atrás? Claro que no. Pero ante la magnitud del desplome que se anuncia, es dudoso que el inmediato porvenir sea inequívocamente más feliz para todos y para todas.

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