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Tribuna:ISLA DE LOBOS

Cuestión de identidad

EN EL MISMO LUGAR. Círculo de Bellas Artes. Una cámara negra, unas velas, música de fondo. Aparece el poeta con chistera, como un mago. Lee un poema y llama a sus amigos - Almudena Grandes, Soledad Puértolas, Coque Malla, etcétera- para que lean otros con él. Todos nosotros (Hiperión) se titula el poemario. Y Benjamín Prado, mago del verso, evocando a sus padres, lee: «No importa dónde llegues porque siempre estarás / a la misma distancia del sitio en que has caído». Por las palabras que escuché esa mañana a Eliseo Alberto y a Sergio Ramírez -recibían el Premio Alfaguara- tuve la impresión de que sentían haber llegado a alguna estación y continuaban, sin embargo, donde habían caído.POBREZA PERFUMADA. Por la tarde oí hablar de gente con un camino hecho, dicen que duro, desde la nada al éxito, que es otra vez la nada. Abundan mucho las memorias con escenarios prestigiosos y grandes cortinajes y cornucopias, quizá porque los pobres sólo pueden hacer acopio de recuerdos cuando dejan de serlo y alguien se interesa por ellos. La sociedad española parece más dispuesta ahora a algo tan abundante entre los anglosajones y a lo que hemos sido nosotros muy renuentes: la confesión. Además, parece que nos ha llegado el prestigio de la pobreza del que los norteamericanos han usado y abusado tanto: tal vez por eso los españoles instalados no la ocultan como antes en el trastero o en el cuarto de servicio. Hay pocos en América que sean algo ahora y no empezaran vendiendo periódicos, o algo así, en la calle 42 de New York o en un poblado de California. No sé si por eso trataba de venderlos Terenci Moix el día en que vio y no vio a Luis Mariano, antes de que lo hechizara Isabel Preysler.

LAS MADRES. Juan Cruz recordó el escenario de su pobreza, a falta de contrastes, como una situación natural. Quizá eso es lo que a La Chunga le haga recordar su infancia como un tiempo muy feliz en A partir de cero (Temas de Hoy), de Rosa Villacastín; un libro que subtitula El duro camino hacia el éxito. Le bastaba a la bailaora con el cariño de los suyos, aunque le faltaran unos zapatos que fueron para ella su sueño de chiquilla. A Rocío Jurado, en cambio, la muerte temprana de su padre fue la que la puso en el camino duro, con su madre al lado. Las madres españolas han sido las mejores alentadoras de sus crías, más ambiciosas muchas veces que el hombre, como si en sus hijos se redimieran del esclavismo de una sociedad de desigualdades y penurias. Francisco Ayala sostiene con acierto que la revolución de este siglo ha sido la de la mujer.

DESFILE DE MODELOS. Sin embargo, hay un testimonio en A partir de cero que me desmiente: el camino de Joselito hasta una plaza de toros empieza con la historia de una madre que abandona a su hijo con sólo tres años y un padre que fallece al poco. Y no es el único de los que el azar descubre: tal es el caso del niño Toral, que vivió en una choza con su padre. Dibujaba para entretenerse y un buen día unos cazadores descubrieron cómo lo hacía y le abrieron camino. Lo mismo que a Lina Morgan, a la que un cazador de talentos la pilló en una academia de baile y la presentó a la fama. Son efectos de la suerte que escapan a cualquier reflexión sobre el progreso. A esa suerte se acoge Joan Manuel Serrat, un niño del Poble Sec, para que nadie lo tome por modelo de nada. Él, como La Chunga, recuerda el territorio de pobreza como el cálido paisaje del cariño. Es posible que la patria verdadera de un hombre sea su infancia, como se le ocurrió decir a Rilke para que no dejáramos de citarlo. Pero uno se mantiene en ella o se desarraiga, vuelve o se exilia de un modo radical, según sea el cariño que la alimente. No fue el caso del diseñador Elio Bernhanyer, que cambió su apellido por despecho, por el maltrato que le dispensaba su familia. Otro caso de corredor de fondo que empezó el camino en alpargatas. Oí de nuevo a Prado: «La gente quiere saltar, pero no sabe desde dónde hasta dónde».

UN EJEMPLO DE PIJO. Para que se vea que hay esfuerzos notables, aunque no se sea pobre, Villacastín presenta uno de pura chulería: el de Fernando Fernández Tapia. Retó a su padre y se ganó la vida por un sueño: llegar a un escaparate -no el de una librería, por supuesto-, ver algo que le gusta y decir: «Esto es mío y me lo compro». Salió un día de su casa a comprar un yogur y volvió con un Ferrari. ¿Hacia qué meta?

P D. Un cuadro de Genovés podría presentarse a las primarias socialistas en Valencia: una multitud de sombras eleva sus manos reclamantes. Mientras, Carmen Alborch medita ante el Guernica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de mayo de 1998