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Una constructora derriba una alquería medieval de Valencia mientras la fiscalía investigaba su valor

Las excavadoras madrugaron ayer para derribar tres alquerías en la huerta de Campanar, en Valencia. La primera que redujeron a escombros fue la alquería de Barberá, la que tiene más valor histórico y artístico, según los informes de la Universidad Politécnica de Valencia y los arqueólogos municipales. El derribo se produce cuando la fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana acababa de abrir diligencias, por decisión propia, para investigar si la demolición suponía un delito contra el patrimonio. El concejal de Esquerra Unida-Els Verds (EU-EV), Francisco Díez, se presentó en el lugar, en la partida del Pouet, para intentar detener las obras. Uno de sus asesores se encaramó a las ruinas de una alquería y obligó a las excavadoras de la constructora Onofre Miguel a detenerse unos minutos. Antes de marcharse le recriminaron al director de la obra, Alejandro Escribano, su cambio de actitud: fue el arquitecto municipal que redactó el plan de urbanismo de Valencia en 1989 y protegió las alquerías. Los representantes de EU-EV se marcharon al juzgado de guardia a denunciar a la empresa Onofre Miguel por el derribo. Tras escucharles, el titular del juzgado número 12 les dijo que no podía detener la demolición antes de estudiar el caso, pero ordenó a la policía autonómica que se presentara en el lugar para tomar fotografías y declaraciones de los afectados. Junto a la alquería de Barberá, las piquetas derribaron las de Barraca y Tonet. La del Foraster sólo la tumbaron a medias porque su propietario, Manuel Balaguer, de 49 años, se puso delante de las máquinas. Pero Escribano confirmó que la demolerán en los próximos días, junto a la alquería de Bandera. El dueño de ésta, Ramón Doménech, de 61 años, perdió los nervios ante el derribo de las alquerías cercanas y se encaró con los obreros, pero sus familiares le sujetaron. Ha pasado toda su vida como agricultor en el Pouet y dice que sólo le sacarán por la fuerza. Mientras, Escribano repetía que las alquerías no tienen valor y las pinturas medievales halladas por los arqueólogos en la alquería de Barberá son "grafitis de hace unos días". Por una ironía del destino, casi todos los propietarios comparten apellido con la alcaldesa que dio luz verde al derribo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 26 de mayo de 1998